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Cristo,
maestro de amor (I)

El amor
dimana de la naturaleza misma del hombre que es un ser social.
La sociabilidad nace de la limitación misma del ser humano. El
yo encerrado en sus estrechos límites siente una serie de
ansias y exigencias imposibles de ser realizadas en el mismo
sujeto. El yo sale entonces al encuentro del tú en busca de su
complemento.
Sin embargo, la
experiencia enseña que, a pesar de las profundas comunicaciones
entre las personas y a pesar de su mutua y total entrega, ningún ser
humano puede satisfacer plena y definitivamente todas las
aspiraciones del otro. El descubrimiento de un defecto, una
infidelidad o tantos otros azares de la vida, echan por tierra las
esperanzas concebidas en el corazón del hombre.
Frente a este
amor de “indigencia”, pues deriva de la limitación humana, surge el
deseo de un amor de plenitud. En este caso la persona sale al
encuentro del otro, pero no buscándose a sí mismo en el otro, sino
entregándose al otro, con todo lo que tiene y es sin esperar nada a
cambio. Este amor es imposible entre seres humanos. Y sin embargo el
ser humano lo busca y lo necesita para poder llegar a su plenitud.
El hombre no es pleno hasta que no se siente amado con ese amor
benevolente. Este amor benevolente se realiza desde la entrega
libre, voluntaria y generosa al otro sin buscarse a sí mismo y
poniendo el bien del amado por delante y por encima del propio bien
y necesidad.
Este es el caso
de Cristo. El sale al encuentro del hombre, no porque necesite al
hombre, sino por el solo y puro bien del hombre. Se dá totalmente
sin buscarse a sí mismo, perdiéndolo todo por amor al hombre. Si nos
detenemos en el concepto del amor concebido por las mentes más
preclaras de la humanidad: Platón, Aristóteles, Plotino, vemos que
ellos llegan solo al amor de “indigencia”, “concupiscente”. Para
Platón el amor implica una aspiración hacia lo moralmente bello. Es
el afán del amante por la excelencia y perfección del amado. Este
amor implica la búsqueda de parte del ser inferior de su complemento
en algo superior.
Para Aristóteles
el amor es una atracción por la forma pura de la divinidad. Aquí se
cumple la forma universal: “el ser perfecto ejerce una atracción
sobre el ser imperfecto”.
Para Plotino el
amor es la expansión de la bondad. Es una efusión amorosa. Es un
rebasar de la plenitud por necesidad intrínseca.
Cristo no
necesita, en absoluto, expandirse y comunicarse para ser la plenitud
y vivir en la plenitud del amor. El no ama porque necesita algo de
alguien. Ama por pura gratuidad. Por pura benevolencia, olvidándose
de sí y volcándose totalmente en el otro, buscando solo el bien del
otro aún a costa del suyo propio. Ese es el amor que resulta de su
entrega sacrificial en la Cruz.
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