San Atanasio dijo que "Jesucristo tomó la
naturaleza humana para que nosotros pudiéramos divinizarnos".
San Pablo pone en evidencia este mismo concepto
al decir: "Dios nos ha mostrado su Amor haciendo morir a Cristo por
nosotros cuando aún éramos pecadores. Con mayor razón pues a quienes
ha puesto en camino de salvación por medio de su sangre, los salvará
definitivamente del castigo" (Rom 5,8-9)
El amor de Dios queda manifestado en el don de
Cristo. El es principio de un mundo nuevo. Mundo fundado sobre su
acto de amor, acto de entrega total hasta la muerte. Acto salvífico
universal y para siempre.
Dios no ha entregado cualquier cosa al hombre
para salvarlo, sino que ha entregado lo más amado, lo más íntimo. Se
ha entregado a sí mismo como ofrenda y acto de amor al hombre. Para
el Padre amar hasta el extremo significa entregar a su Hijo muy
amado, lo más amado. El Padre ama al Hijo más que se ama a sí mismo,
en esto está la gran manifestación del amor del Padre, en que
entregó a su Hijo muy amado para nuestra salvación. De este modo el
Padre ha revelado la hondura, altura y largura de su amor: es
infinito y eterno.
En cuanto a Cristo, él se entrega a la muerte
como un débil ser humano que da su supremo testimonio de amor al
Padre con su muerte.
El amor es la fuente de toda vida, de todo cuanto
existe. El amor gobierna y dirige la historia humana. Antes de la
creación del mundo, antes de que comenzaran los tiempos, Dios había
envuelto a los hombres en su amor.
Cristo, a lo largo de todo el Evangelio, se
manifiesta como Aquel que ha venido al mundo para manifestar, con
palabras y con obras, el Amor del Padre. Ha venido para enseñarme a
amar, a Dios por encima de todas las cosas, a mí mismo como Dios me
ama, y mis semejantes como Cristo me ha amado. Educar es una
expresión del amor. La palanca más poderosa en las manos de todo
educador es el amor. Pero amor en el sentido de Cristo significa
entrega, sacrificio, donación.
Cristo es el modelo de pedagogo para todo hombre.
Pero de un modo especial para aquellos que han asumido la
impresionante tarea de la paternidad y la maternidad. Ser padre o
madre es lo más grande e importante que un hombre y una mujer pueden
hacer en esta vida, porque es participar de la dimensión paterna de
Dios. Los padres lo son en verdad en la medida en que aman a sus
hijos, con un amor oblativo, sacrificial, hasta la muerte. El
verdadero amor paterno es benevolente, es decir no se busca en nada
a sí mismo, sino solo el bien de sus hijos.
Jesús nos dá la mayor lección de amor "entregando
su vida para que sus hermanos vivan", El Padre ha manifestado su
amor entregando a su propio Hijo, al más amado, para nuestra
salvación.
El amor-sacrificio elimina, necesariamente, las
actitudes de amor gelatinoso, complaciente y débil de los padres con
los hijos. Como igualmente suprime las actitudes totalitarias que
aplastan al hijo en lugar de elevarlo y levantarlo de sus complejos,
egoísmos, y despistes. El amor-sacrificio de los padres sabe
sobrellevar, hasta con alegría, las negras sombras de la
incomprensión de los hijos. Las lágrimas silenciosas de la madre o
el callado sufrir del padre son la lluvia salvadora para la aridez
del corazón del hijo, cuando se produce. El amor-sacrificio hace que
la envidia y el odio no prendan en el corazón del desvalido, sino
que da la fuerza necesaria para luchar con armas limpias y correctas
de tal modo que la justicia pueda al fin brillar entre los hombres.
El amor de Cristo, injertado en el corazón de los
hombres es el bálsamo vivificador que impide que los corazones
humanos se sequen por el odio, el orgullo, la soberbia, la venganza.
El amor de Cristo hace la vida del hombre florezca en autenticidad,
en verdad, en justicia y paz para todos los hombres.
Entrar en la escuela del amor de Jesús, es entrar
en la escuela de la vida, de la paz de la armonía. En la escuela de
la felicidad sin límites, porque solo aquellos que aman como ama
Cristo son plenamente felices y dan felicidad a raudales a los
demás.