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CRISTO,
MAESTRO DE LIBERTAD

En la
encarnación, Dios asume sobre sí el destino del hombre. Para
realizarlo no cede ni siquiera frente a la muerte. La actitud
que Dios asume frente al hombre es fruto del amor. En la
persona de Cristo, Dios habría podido presentarse a los
hombres en su majestad y poderío infinitos. Esto habría
obligado a la humanidad entera a caer de rodillas para
adorarle. Sin embargo, Dios para poder establecer intimidad
con el hombre e inmolarse por él, se despoja de su gloria y
toma la naturaleza humana con sus debilidades. Con esto Dios
patentiza la estimación por la libertad humana y el amor por
el hombre.
A pesar de este
inmenso sacrificio y sumo interés, Cristo no fuerza al hombre a
nada. Al tomar sobre sí el destino humano Dios procura entrar en la
intimidad del hombre, respetando, al mismo tiempo, al máximo su
libertad. ¿Cuál es la consecuencia para el hombre de este respeto de
Dios por la libertad humana?: la responsabilidad. Dios ofrece al
hombre toda la riqueza de su propia vida. Del hombre, en su
individualidad y en su sociabilidad, depende aceptar o rechazar su
libertad responsable. Si la acepta, se eleva al nivel de Dios. Queda
adoptado definitivamente en la familia divina. Si la rechaza,
permanece en la pequeñez humana. Dios no fuerza ni violenta nunca al
hombre pero si le exige ser responsable de sus actos libres.
Dios quiere
hombres libres y no máquinas ni animales guiados por el instinto. La
gran dignidad, la mayor dignidad del hombre, radica en su libertad y
responsabilidad interior. Tanto más digno cuanto más libre y
responsable. Dios tiene tal estimación de la libertad humana, que
llega a respetarla aún en todas sus posibilidades perversas.
Cabe ahora la
pregunta: ¿porqué Dios respeta tanto al hombre? Dios actúa así, por
ser el hombre imagen y semejanza de Dios. El hombre al entregarse a
Dios, sella definitivamente su suerte. Se inscribe en la dimensión
de la plenitud del ser, y el parámetro para el hombre no es la
humanidad sino Dios mismo.
El hombre puede,
y de hecho frecuentemente lo hace, dar la espalda a Dios: rechazarlo
a El y a sus proyectos. Lleno de sí mismo, el hombre no permite que
Dios penetre en él. Al rechazar a Dios, crea sus propios dioses para
satisfacer las tendencias que anidan en su corazón y ocupan su
mente, porque el hombre no puede vivir sin puntos de adoración y
sometimiento absolutos. La lucha entre la invitación amorosa de Dios
a una alianza de amistad con el hombre y las exigencias de los
“otros” dioses que dominan el corazón del hombre, creados por él
mismo, lo acompaña durante toda su vida. Cuando el hombre, lleno de
orgullo, rechaza a Dios, cae bajo el peso de sus propias
debilidades. Saquemos algunas consecuencias que fluyen de lo que
acabamos de decir:
1. La primera
consecuencia que salta a la vista, es que la auténtica
religiosidad no oprime ni puede oprimir al hombre sino que lo
libera y eleva. Dios no reprime coercitivamente, sino que exige un
ejercicio responsable de la libertad. Dios quiere una relación
adulta con el hombre y no puede haber relación adulta sin un
respeto absoluto y máximo de la libertad y la responsabilidad del
otro.
2. Nadie se
sentirá oprimido por tener que aceptar la evidencia lógica de que
22 = 4. Las verdades que Dios revela al hombre superan en muchos
casos la inteligencia humana. Son verdades de fe. Pero ninguna de
ellas contradice la inteligencia humana. Aceptar o rechazar las
Verdades reveladas por Dios es un acto libre y así mismo
responsable. En la mano del hombre está aceptarlas o rechazarlas,
pero de igual modo en su mano está el asumir con plena
responsabilidad las consecuencias de tal opción.
Hoy más que
nunca es necesario afirmar el principio evangélico que “La Verdad
(y solo la Verdad con mayúsculas) os hará plenamente libres y
gozosamente responsables”. En esto consiste la verdadera dignidad
del hombre. Y de esto Cristo es EL MAESTRO ABSOLUTO
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