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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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  CRISTO, MAESTRO DE LIBERTAD

En la encarnación, Dios asume sobre sí el destino del hombre. Para realizarlo no cede ni siquiera frente a la muerte. La actitud que Dios asume frente al hombre es fruto del amor. En la persona de Cristo, Dios habría podido presentarse a los hombres en su majestad y poderío infinitos. Esto habría obligado a la humanidad entera a caer de rodillas para adorarle. Sin embargo, Dios para poder establecer intimidad con el hombre e inmolarse por él, se despoja de su gloria y toma la naturaleza humana con sus debilidades. Con esto Dios patentiza la estimación por la libertad humana y el amor por el hombre.

A pesar de este inmenso sacrificio y sumo interés, Cristo no fuerza al hombre a nada. Al tomar sobre sí el destino humano Dios procura entrar en la intimidad del hombre, respetando, al mismo tiempo, al máximo su libertad. ¿Cuál es la consecuencia para el hombre de este respeto de Dios por la libertad humana?: la responsabilidad. Dios ofrece al hombre toda la riqueza de su propia vida. Del hombre, en su individualidad y en su sociabilidad, depende aceptar o rechazar su libertad responsable. Si la acepta, se eleva al nivel de Dios. Queda adoptado definitivamente en la familia divina. Si la rechaza, permanece en la pequeñez humana. Dios no fuerza ni violenta nunca al hombre pero si le exige ser responsable de sus actos libres.

Dios quiere hombres libres y no máquinas ni animales guiados por el instinto. La gran dignidad, la mayor dignidad del hombre, radica en su libertad y responsabilidad interior. Tanto más digno cuanto más libre y responsable. Dios tiene tal estimación de la libertad humana, que llega a respetarla aún en todas sus posibilidades perversas.

Cabe ahora la pregunta: ¿porqué Dios respeta tanto al hombre? Dios actúa así, por ser el hombre imagen y semejanza de Dios. El hombre al entregarse a Dios, sella definitivamente su suerte. Se inscribe en la dimensión de la plenitud del ser, y el parámetro para el hombre no es la humanidad sino Dios mismo.

El hombre puede, y de hecho frecuentemente lo hace, dar la espalda a Dios: rechazarlo a El y a sus proyectos. Lleno de sí mismo, el hombre no permite que Dios penetre en él. Al rechazar a Dios, crea sus propios dioses para satisfacer las tendencias que anidan en su corazón y ocupan su mente, porque el hombre no puede vivir sin puntos de adoración y sometimiento absolutos. La lucha entre la invitación amorosa de Dios a una alianza de amistad con el hombre y las exigencias de los “otros” dioses que dominan el corazón del hombre, creados por él mismo, lo acompaña durante toda su vida. Cuando el hombre, lleno de orgullo, rechaza a Dios, cae bajo el peso de sus propias debilidades. Saquemos algunas consecuencias que fluyen de lo que acabamos de decir:

1. La primera consecuencia que salta a la vista, es que la auténtica religiosidad no oprime ni puede oprimir al hombre sino que lo libera y eleva. Dios no reprime coercitivamente, sino que exige un ejercicio responsable de la libertad. Dios quiere una relación adulta con el hombre y no puede haber relación adulta sin un respeto absoluto y máximo de la libertad y la responsabilidad del otro.

2. Nadie se sentirá oprimido por tener que aceptar la evidencia lógica de que 22 = 4. Las verdades que Dios revela al hombre superan en muchos casos la inteligencia humana. Son verdades de fe. Pero ninguna de ellas contradice la inteligencia humana. Aceptar o rechazar las Verdades reveladas por Dios es un acto libre y así mismo responsable. En la mano del hombre está aceptarlas o rechazarlas, pero de igual modo en su mano está el asumir con plena responsabilidad las consecuencias de tal opción.

Hoy más que nunca es necesario afirmar el principio evangélico que “La Verdad (y solo la Verdad con mayúsculas) os hará plenamente libres y gozosamente responsables”. En esto consiste la verdadera dignidad del hombre. Y de esto Cristo es EL MAESTRO ABSOLUTO
 

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