Dar vida a un hijo es lo
más absoluto que hay en este mundo. Por eso es también una
responsabilidad muy grande. Junto a ilusiones hay también dudas y
miedos. Y, cuando ya convives con un nuevo ser, supone aceptar el
riesgo de que esa criatura no responda a nuestras expectativas y
que incluso nos haga sufrir (enfermedad, problemas de estudios,
etc).
Por todo esto pensamos
que dar vida a un nuevo ser es un acto de fe, un acto de fe en
nuestra pareja, un acto de fe en la vida y, por descontado, un
acto de fe en Dios. Además, cada vez nos asalta con más fuerza un
sentimiento de admiración y misterio, sobre todo cuando
contemplamos a esos seres tan pequeños y tan indefensos que son
nuestros hijos. Es como si fuera todo y nada al mismo tiempo. Esto
nos lleva a ver toda la creación como un cierto misterio, el
misterio de Dios.
Ver a nuestros hijos que,
desde que nacen, lo necesitan todo: nuestros cuidados, atenciones,
desvelos y, sobre todo, nuestro cariño. Y verlos, al mismo tiempo,
como algo muy grande. Lo son para todos nosotros. Nos condicionan
a nosotros dos y condicionan nuestros presentes y nuestros
futuros. Nunca más vamos a dejar de ser sus padres. Es algo
extraordinario, encerrado en una cosa tan normal como es tener un
hijo. Es sentirse corresponsable, junto con Dios, de la creación.
Nos parece comprender
algo de que lo que es ese Dios: amor, relación, cercanía. Si
nosotros significamos tanto para nuestros hijos y dependemos tanto
de él, ¿cómo tiene que ser Dios para nosotros, sus hijos? Queremos
decir que en ese niño, tan frágil e inmenso, en su grandeza y en
su pequeñez a la vez, estamos viendo una revelación de Dios. Es
algo extraño. Es como si detrás de cada biberón y de cada pañal
cambiado estuviésemos percibiendo la necesidad de que Alguien nos
ayude, que vele por ese niño. Porque nosotros no vamos a poder
hacerlo todo por él. Vamos a meterlo en una sociedad y en un mundo
hostil, y nosotros solos no vamos a conseguir todo lo que queremos
para él. ¿Cómo vamos a conseguir que sea el chico mayo y feliz que
hemos soñado? ¿Cómo vamos a conseguirlo nosotros dos solos? Por
eso estamos aprendiendo a rezar. Bueno, no sabemos si es rezar.
Pero, entre dar gracias a Dios por esa vida frágil y maravillosa y
ese pedirle que sepamos desarrollar su misterio, vamos encontrando
la presencia de Dios más cercana a nosotros. La vida de nuestros
hijos supone darle muchos nacimientos. Nacimientos que hemos de
querer alumbrar y alimentar, sin esperar a que ellos nos los
pidan. Esperar a que nuestro hijo decida cuando sea grande es la
más tonta excusa para justificar nuestra ignorancia e
incoherencia.
Hablar a los hijos de
nuestro mundo interior, de su mundo interior, descubrirles poco a
poco el Amor de Dios, hablarles de nuestros y de sus sentimientos
y emociones, de nuestras creencias y esperanzas... todo esto se
aprende con la práctica.