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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

"ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO"

 

DAR VIDA ES UN ACTO DE FE

Dar vida a un hijo es lo más absoluto que hay en este mundo. Por eso es también una responsabilidad muy grande. Junto a ilusiones hay también dudas y miedos. Y, cuando ya convives con un nuevo ser, supone aceptar el riesgo de que esa criatura no responda a nuestras expectativas y que incluso nos haga sufrir (enfermedad, problemas de estudios, etc).

Por todo esto pensamos que dar vida a un nuevo ser es un acto de fe, un acto de fe en nuestra pareja, un acto de fe en la vida y, por descontado, un acto de fe en Dios. Además, cada vez nos asalta con más fuerza un sentimiento de admiración y misterio, sobre todo cuando contemplamos a esos seres tan pequeños y tan indefensos que son nuestros hijos. Es como si fuera todo y nada al mismo tiempo. Esto nos lleva a ver toda la creación como un cierto misterio, el misterio de Dios.

Ver a nuestros hijos que, desde que nacen, lo necesitan todo: nuestros cuidados, atenciones, desvelos y, sobre todo, nuestro cariño. Y verlos, al mismo tiempo, como algo muy grande. Lo son para todos nosotros. Nos condicionan a nosotros dos y condicionan nuestros presentes y nuestros futuros. Nunca más vamos a dejar de ser sus padres. Es algo extraordinario, encerrado en una cosa tan normal como es tener un hijo. Es sentirse corresponsable, junto con Dios, de la creación.

Nos parece comprender algo de que lo que es ese Dios: amor, relación, cercanía. Si nosotros significamos tanto para nuestros hijos y dependemos tanto de él, ¿cómo tiene que ser Dios para nosotros, sus hijos? Queremos decir que en ese niño, tan frágil e inmenso, en su grandeza y en su pequeñez a la vez, estamos viendo una revelación de Dios. Es algo extraño. Es como si detrás de cada biberón y de cada pañal cambiado estuviésemos percibiendo la necesidad de que Alguien nos ayude, que vele por ese niño. Porque nosotros no vamos a poder hacerlo todo por él. Vamos a meterlo en una sociedad y en un mundo hostil, y nosotros solos no vamos a conseguir todo lo que queremos para él. ¿Cómo vamos a conseguir que sea el chico mayo y feliz que hemos soñado? ¿Cómo vamos a conseguirlo nosotros dos solos? Por eso estamos aprendiendo a rezar. Bueno, no sabemos si es rezar. Pero, entre dar gracias a Dios por esa vida frágil y maravillosa y ese pedirle que sepamos desarrollar su misterio, vamos encontrando la presencia de Dios más cercana a nosotros. La vida de nuestros hijos supone darle muchos nacimientos. Nacimientos que hemos de querer alumbrar y alimentar, sin esperar a que ellos nos los pidan. Esperar a que nuestro hijo decida cuando sea grande es la más tonta excusa para justificar nuestra ignorancia e incoherencia.

Hablar a los hijos de nuestro mundo interior, de su mundo interior, descubrirles poco a poco el Amor de Dios, hablarles de nuestros y de sus sentimientos y emociones, de nuestras creencias y esperanzas... todo esto se aprende con la práctica.

 

(De Rev. Catequética, ST. 3, 1999)

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