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DE LA HISTORIA CELESTIAL
(Parábola
oriental del siglo XIV)

El
veinticuatro de diciembre subí al Paraíso. En él vi a Dios en el
esplendor de su gloria, resplandeciente de benignidad, como un Padre
tan bueno, tan bueno... y tan hermoso y lleno de excelencia que era
mucho para admirarse y no hartarse de mirar.
No sé como me
encontré andando por el cielo, y entre tantas cosas bellas, la más
bella fue un niño tan precioso, tan excesivamente precioso, que al
verlo estuve a punto de perder la vida, y se parecía a Dios tanto
que era maravilla. Yo estoy seguro que sin milagro no puede vivir
hombre que lo haya visto.
Un angelito
chiquito y parlanchín que por allí trasteaba me contó que el niño
era Hijo del Señor y que no tenía más hijo que éste y que así lo
quería tanto que no podía vivir sin él. Añadió que no sabía cuando
había nacido, porque cuando él vino al cielo, ya estaba aquel niño
allí; y se entretenía tanto su Padre con él y él con su Padre que
nunca se cansaban aunque estuvieran solos; y que había oído a un
serafín muy sabio que no se imaginaba cómo Dios había podido vivir
alguna vez sin aquel niño; y que así el serafín pensaba que siempre
lo había tenido consigo, aunque no entendía cómo.
Yo no me
hartaba de mirar aquel encanto, cuando hete aquí que el Niño pasa
por donde está su Padre, y éste lo llama, corre a él el Niño, cae de
un brinco en sus brazos y se dan los dos un beso tan divino, tan
suave, tan dulce, que...¡qué sorpresa!, de entre los labios o del
beso, no sé cómo, salió otro Niño hermosísimo, si hay algo que lo
sea. (1)
Al pronto
creí que era hermoso más que el Niño primero, pero fijándome bien
advertí que no sabría en hermosura quién vencía a quién; lo extraño
era que distinguiéndose muy bien el uno del otro, se parecían tanto
que yo estaba pasmado sin saberme explicar estos extremos. Y otra
cosa me llamaba la atención, y era que queriendo Dios al segundo
Niño lo mismo que al primero, sin embargo nunca le llamaba Hijo, ni
el Niño nacido del beso le llamaba Padre; y siendo amigos los dos
Niños, muy más que hermanos, nunca se llamaban hermanos. Y yo no
sabía cómo podía estar aquel Niño sin Padre, porque bien veía yo que
fuera de Dios, nadie podía ser padre de cosa tan bella. (2)
Varios días
me pareció estar en el cielo y los dos Niños andaban siempre juntos
y se asomaban muchas veces a una ventana. Allí el Niño Hijo, que
debía ser listísimo, le iba señalando a su compañerito las estrellas
que por delante pasaban y las que estaban más lejos y le contaba
muchas cosas. Una vez los vi más absortos que de costumbre mirando
por la ventana; esta vez hablaba el Niño nacido del beso, señalando
con el dedito alguna estrella que yo no veía, y el Niño Hijo estaba
muy seriecito y pensativo; me parecía evidente que le estaba
persuadiendo de algo. Yo, por más que agucé el oído, no cogí nada.
¡Ah, si! Sólo una palabra sin sentido: "La tierra". Y nada más.
Estando así
tan pensativo el Niño Hijo, su amiguito se retiró con cautela, cogió
una lanza de oro preciosa, con la punta sutil como un rayo de luz,
se iluminó su rostro como para una travesura, y le dio a su amiguito
con la punta de la lanza en el pecho. (3). En el corazón quedó una
herida que ni echaba sangre ni causaba dolor, sino una dulzura
indecible. Esta dulzura despertó al Niño de sus pensamientos; con
una gran presteza se fue a un armario, descolgó unas alas y se las
puso, dio un abrazo muy fuerte a su amiguito y de pié sobre la
ventana se echó a volar por los espacios. Su amiguito, apoyado en el
alféizar, le hacía con la manecita adiós, hasta que se perdió de
vista.
Al anochecer
noté gran revuelo en el cielo. ¿Qué pasará? Por fortuna encontré al
angelito parlanchín y me contó lo que sucedía: que no sabían dónde
estaba el Hijito divino y que Dios había mandado buscarlo por todo
el cielo; y el caso es que no aparecía; otras veces todo se
solucionaba pronto, porque el Niño perdido era quien orientaba y
aconsejaba a todo el cielo, pero ahora andaban como perdida la
cabeza y sin entendimiento. Yo no le dije nada de lo que sabía pues
era secreto natural y aún de cuenta de conciencia.
Corrí a la
Sala Real para ver en qué pararía aquello. Al cabo de un rato Dios
mandaba que, puesto que nadie encontraba a su Hijo, trajeran a su
otro Niño, que sería una travesura de éste o, al menos, el corazón
le diría lo que no decía a ninguno el entendimiento.
Se presentó
el Niño, yo creía que asustado o temeroso, pero nada de eso: al
principio, sí, puso los ojos bajos, pero como un hipocritilla, pero
luego los alzó furtivamente hacia el Padre, con una mirada tan
picaruelo y alegre que bien vi que no estaba arrepentido de lo hecho
y que sabía que el Padre no se podía disgustar con él; desarmado el
Padre y enterado con esta mirada reveladora, tomóle cariñosamente en
sus brazos y le preguntó con dulzura:
- ¡Dios mío, a la tierra! Si
allí manda el demonio y todos son tan malos! Me lo van a matar.
¿Qué se ha llevado para el viaje?
- De aquí no se llevó nada
sino unas alas, pero no hay miedo de que lo maten, porque se va de
incógnito; al llegar al suelo se ha puesto unos harapos que
encubran su hermosura y una gorra que tape su melena de oro (4);
lo que no sabíamos él y yo era cómo disfrazar los ojos y yo le di
un frasco con un agua que llaman lágrimas, pero me parece que nos
hemos equivocado, porque con esas gotas se le ponen los ojos más
hermosos.
- ¡Ea, hay que ir enseguida
por él!.
Un serafín,
que era el cornetín de órdenes, dio la señal y Miguel y sus ángeles
se presentaron a recibirlas.
- Hay que bajar a la tierra
y buscarlo y traerlo - fueron las órdenes divinas.
- Señor
– preguntó Miguel- la tierra desde lo del Paraíso está
sumergida en las tinieblas más espesas y, además, tiene tantos
rincones que considero imposible dar con el Niño.
- No es tan difícil - repuso
el Señor- porque ya sabes que él es la luz y aunque ha tratado de
taparla con ropas humanas, por fuerza ha de dar algún resplandor;
así que recorred la tierra y cuando veáis una luz que brilla, no
dudéis, ése es mi Hijo.
Dio el
clarín el toque de marcha y millares de ángeles volaron a la
tierra.
Eran las once de
la noche.
A las doce un
angelito vio la luz. Corrió la noticia como reguero de pólvora
y, poco después, una lluvia de ángeles saltaban, brincaban y
alborotaban por los aires; un racimo de querubines se cayó entre
unos pastores y los despertó. Para que no se enfadaran les
pidieron que dispensaran y, para dejarlos más contentos, les
contaron el suceso.
Pero con
tanto saltar y bailar, a ninguno se le ocurrió subir a avisar al
Padre. Por fin, un ángel más formal, Azael, subió al cielo y dio
parte al Señor.
- En una cueva, sobre un
montoncito de pajas limpias: parece más precioso que antes.
- Ea, Azael, baja y tráetelo
al cielo, que no puedo vivir sin él.
- Señor – dijo el ángel –
está dormidito y si le cojo se va a despertar.
- Bueno, pues iré a verlo
mientras se despierta.
El Niño
nacido del beso estaba como unas castañuelas y se asomó con el Padre
a ver la escena ¡qué gracioso estaba el Niño con los harapos
humanos! Los ojos estaban cerrados, pero estaban alertas unas
pestañitas que atravesaban el alma, como la lanza de oro que a él le
traspasó.
Estaba
arrullado en el regazo de una mujercita... El Padre se quedó
mirándola, mirándola... ¿Aquello era de la tierra?. Le contó el Niño
de la lanza dorada:
- Como iba a ser huérfano,
esta niña aceptó hacer las veces de su Padre del cielo y como se
quedaba sin amiguito, también quiso hacer mis veces y con ella se
entretiene; el Niño se tendrá que quedar en la tierra, porque si
viene al cielo, se quedará esta reinecita sin su hijo.
- Dijo el Padre: - Pues que
se vengan los dos.
El niño se
quedó mirando pensativo, con el corazón en los ojos; movió
negativamente la cabeza, y exclamó:
- Ha renunciado a su corona
de oro y a su escolta de arcángeles porque hay muchos en la tierra
que no tienen corona y él se la quiere poner, no tienen arcángeles
y él se los quiere ofrecer. ¿Te importará, me decía, que
repartamos con ellos nuestros tesoros del cielo?
- Lo pasaría mal si se
quedara – comentó el Padre.
- No le importa ¡tiene tanta
ilusión!
- Ya ves con qué delicia se
ha acurrucado en sus brazos y qué golosamente luego se pega a su
pecho. Un saco escondido se ha llevado de milagros para repartir;
¡cupieron muchos! "Mucho me apena" suspiraba, "qué desgraciados
son; verás cómo cesan de serlo". No le importa pasarlo mal.
- No le importa pasarlo mal
– repitió el Padre como un eco. Y volviéndose rápido hacia el niño
nacido del beso:
- ¿Y a él solo se le ocurrió
esta aventura? ¡Oh, Amor, Amor! – amenazó con un dedo - ¿Y la
culpa de todo, quién?
Y el
Amor brincó a su cuello y gritó abrazado:
- ¡La tienes tú, porque de
ti tenemos el corazón!.
Un grito de
alegría se escapó de todos los ángeles: "Gloria, gloria". El Padre y
el encanto de Niño que le acompañaba se acercaron y besaron al
tiempo al hijito en la carnecita blanca dulcemente, lentamente,
divinamente: El Niño, al sentir aquellos labios tan infinitamente
suaves, tan conocidos de la eternidad, se despertó temblando de
alegría y se encontró con que los labios arrimados a los suyos
eran...los de su Madre querida.
Anónimo del
Siglo XIV
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