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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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DE LA HISTORIA CELESTIAL

(Parábola oriental del siglo XIV)

El veinticuatro de diciembre subí al Paraíso. En él vi a Dios en el esplendor de su gloria, resplandeciente de benignidad, como un Padre tan bueno, tan bueno... y tan hermoso y lleno de excelencia que era mucho para admirarse y no hartarse de mirar.

No sé como me encontré andando por el cielo, y entre tantas cosas bellas, la más bella fue un niño tan precioso, tan excesivamente precioso, que al verlo estuve a punto de perder la vida, y se parecía a Dios tanto que era maravilla. Yo estoy seguro que sin milagro no puede vivir hombre que lo haya visto.

Un angelito chiquito y parlanchín que por allí trasteaba me contó que el niño era Hijo del Señor y que no tenía más hijo que éste y que así lo quería tanto que no podía vivir sin él. Añadió que no sabía cuando había nacido, porque cuando él vino al cielo, ya estaba aquel niño allí; y se entretenía tanto su Padre con él y él con su Padre que nunca se cansaban aunque estuvieran solos; y que había oído a un serafín muy sabio que no se imaginaba cómo Dios había podido vivir alguna vez sin aquel niño; y que así el serafín pensaba que siempre lo había tenido consigo, aunque no entendía cómo.

Yo no me hartaba de mirar aquel encanto, cuando hete aquí que el Niño pasa por donde está su Padre, y éste lo llama, corre a él el Niño, cae de un brinco en sus brazos y se dan los dos un beso tan divino, tan suave, tan dulce, que...¡qué sorpresa!, de entre los labios o del beso, no sé cómo, salió otro Niño hermosísimo, si hay algo que lo sea. (1)

Al pronto creí que era hermoso más que el Niño primero, pero fijándome bien advertí que no sabría en hermosura quién vencía a quién; lo extraño era que distinguiéndose muy bien el uno del otro, se parecían tanto que yo estaba pasmado sin saberme explicar estos extremos. Y otra cosa me llamaba la atención, y era que queriendo Dios al segundo Niño lo mismo que al primero, sin embargo nunca le llamaba Hijo, ni el Niño nacido del beso le llamaba Padre; y siendo amigos los dos Niños, muy más que hermanos, nunca se llamaban hermanos. Y yo no sabía cómo podía estar aquel Niño sin Padre, porque bien veía yo que fuera de Dios, nadie podía ser padre de cosa tan bella. (2)

Varios días me pareció estar en el cielo y los dos Niños andaban siempre juntos y se asomaban muchas veces a una ventana. Allí el Niño Hijo, que debía ser listísimo, le iba señalando a su compañerito las estrellas que por delante pasaban y las que estaban más lejos y le contaba muchas cosas. Una vez los vi más absortos que de costumbre mirando por la ventana; esta vez hablaba el Niño nacido del beso, señalando con el dedito alguna estrella que yo no veía, y el Niño Hijo estaba muy seriecito y pensativo; me parecía evidente que le estaba persuadiendo de algo. Yo, por más que agucé el oído, no cogí nada. ¡Ah, si! Sólo una palabra sin sentido: "La tierra". Y nada más.

Estando así tan pensativo el Niño Hijo, su amiguito se retiró con cautela, cogió una lanza de oro preciosa, con la punta sutil como un rayo de luz, se iluminó su rostro como para una travesura, y le dio a su amiguito con la punta de la lanza en el pecho. (3). En el corazón quedó una herida que ni echaba sangre ni causaba dolor, sino una dulzura indecible. Esta dulzura despertó al Niño de sus pensamientos; con una gran presteza se fue a un armario, descolgó unas alas y se las puso, dio un abrazo muy fuerte a su amiguito y de pié sobre la ventana se echó a volar por los espacios. Su amiguito, apoyado en el alféizar, le hacía con la manecita adiós, hasta que se perdió de vista.

Al anochecer noté gran revuelo en el cielo. ¿Qué pasará? Por fortuna encontré al angelito parlanchín y me contó lo que sucedía: que no sabían dónde estaba el Hijito divino y que Dios había mandado buscarlo por todo el cielo; y el caso es que no aparecía; otras veces todo se solucionaba pronto, porque el Niño perdido era quien orientaba y aconsejaba a todo el cielo, pero ahora andaban como perdida la cabeza y sin entendimiento. Yo no le dije nada de lo que sabía pues era secreto natural y aún de cuenta de conciencia.

Corrí a la Sala Real para ver en qué pararía aquello. Al cabo de un rato Dios mandaba que, puesto que nadie encontraba a su Hijo, trajeran a su otro Niño, que sería una travesura de éste o, al menos, el corazón le diría lo que no decía a ninguno el entendimiento.

Se presentó el Niño, yo creía que asustado o temeroso, pero nada de eso: al principio, sí, puso los ojos bajos, pero como un hipocritilla, pero luego los alzó furtivamente hacia el Padre, con una mirada tan picaruelo y alegre que bien vi que no estaba arrepentido de lo hecho y que sabía que el Padre no se podía disgustar con él; desarmado el Padre y enterado con esta mirada reveladora, tomóle cariñosamente en sus brazos y le preguntó con dulzura:

  • ¿Dónde está?

  • Se ha ido a la tierra.

  • ¡Dios mío, a la tierra! Si allí manda el demonio y todos son tan malos! Me lo van a matar. ¿Qué se ha llevado para el viaje?

  • De aquí no se llevó nada sino unas alas, pero no hay miedo de que lo maten, porque se va de incógnito; al llegar al suelo se ha puesto unos harapos que encubran su hermosura y una gorra que tape su melena de oro (4); lo que no sabíamos él y yo era cómo disfrazar los ojos y yo le di un frasco con un agua que llaman lágrimas, pero me parece que nos hemos equivocado, porque con esas gotas se le ponen los ojos más hermosos.

  • ¡Ea, hay que ir enseguida por él!.

Un serafín, que era el cornetín de órdenes, dio la señal y Miguel y sus ángeles se presentaron a recibirlas.

  • Hay que bajar a la tierra y buscarlo y traerlo - fueron las órdenes divinas.

- Señor – preguntó Miguel- la tierra desde lo del Paraíso está sumergida en las tinieblas más espesas y, además, tiene tantos rincones que considero imposible dar con el Niño.

  • No es tan difícil - repuso el Señor- porque ya sabes que él es la luz y aunque ha tratado de taparla con ropas humanas, por fuerza ha de dar algún resplandor; así que recorred la tierra y cuando veáis una luz que brilla, no dudéis, ése es mi Hijo.

Dio el clarín el toque de marcha y millares de ángeles volaron a la tierra.

Eran las once de la noche.

A las doce un angelito vio la luz. Corrió la noticia como reguero de pólvora y, poco después, una lluvia de ángeles saltaban, brincaban y alborotaban por los aires; un racimo de querubines se cayó entre unos pastores y los despertó. Para que no se enfadaran les pidieron que dispensaran y, para dejarlos más contentos, les contaron el suceso.

Pero con tanto saltar y bailar, a ninguno se le ocurrió subir a avisar al Padre. Por fin, un ángel más formal, Azael, subió al cielo y dio parte al Señor.

  • ¿Dónde está?

  • En una cueva, sobre un montoncito de pajas limpias: parece más precioso que antes.

  • Ea, Azael, baja y tráetelo al cielo, que no puedo vivir sin él.

  • Señor – dijo el ángel – está dormidito y si le cojo se va a despertar.

  • Bueno, pues iré a verlo mientras se despierta.

El Niño nacido del beso estaba como unas castañuelas y se asomó con el Padre a ver la escena ¡qué gracioso estaba el Niño con los harapos humanos! Los ojos estaban cerrados, pero estaban alertas unas pestañitas que atravesaban el alma, como la lanza de oro que a él le traspasó.

Estaba arrullado en el regazo de una mujercita... El Padre se quedó mirándola, mirándola... ¿Aquello era de la tierra?. Le contó el Niño de la lanza dorada:

  • Como iba a ser huérfano, esta niña aceptó hacer las veces de su Padre del cielo y como se quedaba sin amiguito, también quiso hacer mis veces y con ella se entretiene; el Niño se tendrá que quedar en la tierra, porque si viene al cielo, se quedará esta reinecita sin su hijo.

  • Dijo el Padre: - Pues que se vengan los dos.

El niño se quedó mirando pensativo, con el corazón en los ojos; movió negativamente la cabeza, y exclamó:

  • Ha renunciado a su corona de oro y a su escolta de arcángeles porque hay muchos en la tierra que no tienen corona y él se la quiere poner, no tienen arcángeles y él se los quiere ofrecer. ¿Te importará, me decía, que repartamos con ellos nuestros tesoros del cielo?

  • Lo pasaría mal si se quedara – comentó el Padre.

  • No le importa ¡tiene tanta ilusión!

  • ¿Les quiere mucho?

  • Ya ves con qué delicia se ha acurrucado en sus brazos y qué golosamente luego se pega a su pecho. Un saco escondido se ha llevado de milagros para repartir; ¡cupieron muchos! "Mucho me apena" suspiraba, "qué desgraciados son; verás cómo cesan de serlo". No le importa pasarlo mal.

  • No le importa pasarlo mal – repitió el Padre como un eco. Y volviéndose rápido hacia el niño nacido del beso:

  • ¿Y a él solo se le ocurrió esta aventura? ¡Oh, Amor, Amor! – amenazó con un dedo - ¿Y la culpa de todo, quién?

Y el Amor brincó a su cuello y gritó abrazado:

  • ¡La tienes tú, porque de ti tenemos el corazón!.

Un grito de alegría se escapó de todos los ángeles: "Gloria, gloria". El Padre y el encanto de Niño que le acompañaba se acercaron y besaron al tiempo al hijito en la carnecita blanca dulcemente, lentamente, divinamente: El Niño, al sentir aquellos labios tan infinitamente suaves, tan conocidos de la eternidad, se despertó temblando de alegría y se encontró con que los labios arrimados a los suyos eran...los de su Madre querida.

Anónimo del Siglo XIV

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