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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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DEFORMACIONES DE LA AMISTAD

 

         No todo lo que llamamos amistad lo es verdaderamente. La verdadera amistad se conoce en la adversidad. Aristóteles decía que a un verdadero amigo se le reconoce después de haber comido con él mucha sal. No es fácil llegar a ser amigo de alguien, a ello se llega trabajosamente y con mucha perseverancia. No es un bonito sentimiento romántico. Es una verdadera aventura existencial en la que ponemos en juego todo nuestro potencial humano. Y siempre sometida a la debilidad de la naturaleza humana a la que la fidelidad es siempre una tarea por concluir. La amistad no se concluye nunca. Cada día hemos de estrenar nuestra amistad con el amigo.

         Por eso, contemplando tantas caricaturas de amistad, uno se pregunta donde termina el amiguismo superficial e interesado y dónde empieza la verdadera amistad. Porque duele ver como se ha vanalizado, frivolizado, trivial izado la palabra “amigo” en nuestra sociedad postmoderna. Le hemos echado tanta agua el vino de la amistad que la hemos desvirtuado y desnaturalizado.

         Pero lo más grave es que se menosprecia y minusvalora el verdadero sentido de la amistad y la nobleza de su contenido. Como ha ocurrido con tantas otras palabras esenciales de la vida, como por ejemplo la palabra “Amor”. Y de tal manera se ha desvirtuado por exceso de uso que ya no se sabe lo que es el amor porque llamamos amor a cualquier relación humana, incluso a la mera lujuria.

         Hemos de hacer, desde el Evangelio, una recuperación del verdadero sentido de amistad. Lo primero recuperar su valor sagrado y hondamente humano. Desvanalizarla.

         Con frecuencia llamamos “amigo” a quienes son una clara y grotesca caricatura de lo que es verdaderamente un amigo. Llamamos “amigo” a la persona con la que mantenemos una buena relación, pero que dista mucho de la verdadera amistad.

         La palabra amistad se ha convertido en una fórmula con la que designamos cualquier relación más o menos  cercana o conveniente. La utilizamos muchas veces para utilizar a las personas a nuestra conveniencia. Se toma pose de amigo, se usan formulismos de amigo, expresiones de amistad, pero hay en ello una actitud inconsciente, o consciente, de utilización y manipulación del otro a nuestro favor. Esta actitud grotesca de “amigo” tiene muchas máscaras con las que se disfraza.

         Se busca amigos como público que aplauda, se recurre a él para recibir la ansiada palmada en el hombro, se sale del escondrijo como la sabandija para recibir los rayos de sol de una alabanza y luego se vuelve al escondite a regodearse en la propia complacencia. Esto es habitual en el mundo de la política, del espectáculo, del poder.

         Se consideran amigos aquellos que nos aguantan, que nos sufren a la fuerza, porque de lo contrario perderían los privilegios que les concedemos por ello, se llaman nuestros amigos. Y aquellos que se acuerdan de nosotros cuando necesitan vomitar sus enojos contra alguien comúnmente conocido y llamado también “amigo”, o quienes necesitan vomitar sus indigestiones psicológicas y afectivas. Nos convierten en cubos de  basura: “necesito hablar contigo... porque eres mi amigo”, “tenemos que vernos... porque tengo que contarte una cosa...”. Buscan o buscamos a alguien sobre quien exhibir los “triunfos”, o sobre quien llorar nuestros fracasos.

         Llamamos amigo al bufón al que se le busca para que mate nuestros ratos de ocio, o para que nos distraiga con sus chistes e historietas cuando nos sentimos aburridos, solos o deprimidos, o para que llene el vacío de un silencio o una soledad insoportables. Los humoristas, los simpáticos, los dicharacheros, los de conversación fácil y entretenida, están siempre rodeados de “amigos”. Pero bien perciben ellos que esas “amistades” son de circunstancia, y que en el fondo están profundamente solos.

         Llamamos amigos a quienes hemos convertimos en un número para hacer fuerza con un sentido combativo o fruitivo; los utilizamos como ladrillo más para construir nuestra muralla.

         Otras veces se cultiva a relación con el inferior y desvalido con sentido paternalista, porque sirve para llenar los vacíos de la propia vida.

         Con demasiada frecuencia llamamos amistad nuestra relación, aunque sea de un saludo de protocolo, a quien es más en algo que nosotros, al poderoso, al famoso, al que tiene un grado más de jerarquía que nosotros, al que tiene influencia social “porque algún día me será útil”. A quienes utilizamos como escalera para trepar y ascender  a puestos más altos (estos son los repugnantes trepadores) que utilizan todo cuanto se les pone delante para conseguir sus fines y una vez conseguidos los arrojan a la basura como un pañuelo de papel usado. Es lo que en el lenguaje social se llama “amiguismo”, tan corrupto y tan corruptor. El amiguismo es una amistad deformada por el interés. La amistad “utilitaria” es una contradicción en sí misma, como lo es el amor egoísta e interesado.

         Las caricaturas de la amistad son numerosas. En todas ellas, más que amistad, lo que hay en realidad es coincidencia y acoplamiento de egoísmos.

        
        Es saludable que los jóvenes se agrupen en pandillas para afirmarse mutuamente, para vivir la camaradería. Pero eso no es amistad.

          Las personas mayores se reúnen y se buscan para apoyarse mutuamente, y es hermoso que así sea, llevar la cruz de la limitación y los achaques agarrados a una mano solidaria que nos ayuda a caminar y nos consuela es necesario, ¡hacen falta tantas manos solidarias que ayuden a nuestros mayores a caminar hacia la otra orilla!, pero eso solo no es amistad.

         Los ricos y poderosos de este mundo están rodeados de “amigos”, les llueven los “amigos” en la medida que  ascienden y acumulan poder? ¿Y porqué los pobres y los que caen en desgracia tienen tan pocos y los pocos que tienen les dan la espalda?.

         Y así podríamos seguir indefinidamente, la lista es interminable. Hay muchos, muchísimos, que rodeados de “amigos” son como la Samaritana del Evangelio: están llenos de contactos, de relaciones, pero en realidad están totalmente solos, porque en esas relaciones y contactos, no existe comunión humana. Igual que a la Samaritana también a nosotros, si sabemos y queremos escuchar, Cristo nos hace ver la soledad en la que muchos de nosotros vivimos, porque aún no hemos encontrado al “amigo del alma”, al amigo de verdad. Y Jesús hoy nos brinda su Amistad. Y estemos seguros que desde ella encontraremos a muchos con los que compartir, de verdad, la vida en comunión.

         No todo lo que se llama amistad lo es. Y por eso es necesario que en nuestro itinerario de madurez humana vayamos aprendiendo a detectar los verdaderos de los falsos amigos, el oro de la amistad de la ganga de los compañerismos y amiguismos falsos.

         Jesús, en el Evangelio, con su Palabra y con su ejemplo, nos ofrece todo un tratado sobre la verdadera y la falsa amistad.

         Pero esto lo dejamos para otro día.

 

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