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DEFORMACIONES DE LA AMISTAD
No todo lo que llamamos amistad
lo es verdaderamente. La verdadera amistad se conoce en la
adversidad. Aristóteles decía que a un verdadero amigo se le
reconoce después de haber comido con él mucha sal. No es fácil
llegar a ser amigo de alguien, a ello se llega trabajosamente y con
mucha perseverancia. No es un bonito sentimiento romántico. Es una
verdadera aventura existencial en la que ponemos en juego todo
nuestro potencial humano. Y siempre sometida a la debilidad de la
naturaleza humana a la que la fidelidad es siempre una tarea por
concluir. La amistad no se concluye nunca. Cada día hemos de
estrenar nuestra amistad con el amigo.
Por
eso, contemplando tantas caricaturas de amistad, uno se pregunta
donde termina el amiguismo superficial e interesado y dónde empieza
la verdadera amistad. Porque duele ver como se ha vanalizado,
frivolizado, trivial izado la palabra “amigo” en nuestra sociedad
postmoderna. Le hemos echado tanta agua el vino de la amistad que la
hemos desvirtuado y desnaturalizado.
Pero
lo más grave es que se menosprecia y minusvalora el verdadero
sentido de la amistad y la nobleza de su contenido. Como ha ocurrido
con tantas otras palabras esenciales de la vida, como por ejemplo la
palabra “Amor”. Y de tal manera se ha desvirtuado por exceso de uso
que ya no se sabe lo que es el amor porque llamamos amor a cualquier
relación humana, incluso a la mera lujuria.
Hemos
de hacer, desde el Evangelio, una recuperación del verdadero sentido
de amistad. Lo primero recuperar su valor sagrado y hondamente
humano. Desvanalizarla.
Con
frecuencia llamamos “amigo” a quienes son una clara y grotesca
caricatura de lo que es verdaderamente un amigo. Llamamos “amigo” a
la persona con la que mantenemos una buena relación, pero que dista
mucho de la verdadera amistad.
La
palabra amistad se ha convertido en una fórmula con la que
designamos cualquier relación más o menos cercana o conveniente. La
utilizamos muchas veces para utilizar a las personas a nuestra
conveniencia. Se toma pose de amigo, se usan formulismos de amigo,
expresiones de amistad, pero hay en ello una actitud inconsciente, o
consciente, de utilización y manipulación del otro a nuestro favor.
Esta actitud grotesca de “amigo” tiene muchas máscaras con las que
se disfraza.
Se
busca amigos como público que aplauda, se recurre a él para recibir
la ansiada palmada en el hombro, se sale del escondrijo como la
sabandija para recibir los rayos de sol de una alabanza y luego se
vuelve al escondite a regodearse en la propia complacencia. Esto es
habitual en el mundo de la política, del espectáculo, del poder.
Se
consideran amigos aquellos que nos aguantan, que nos sufren a la
fuerza, porque de lo contrario perderían los privilegios que les
concedemos por ello, se llaman nuestros amigos. Y aquellos que se
acuerdan de nosotros cuando necesitan vomitar sus enojos contra
alguien comúnmente conocido y llamado también “amigo”, o quienes
necesitan vomitar sus indigestiones psicológicas y afectivas. Nos
convierten en cubos de basura: “necesito hablar contigo... porque
eres mi amigo”, “tenemos que vernos... porque tengo que contarte una
cosa...”. Buscan o buscamos a alguien sobre quien exhibir los
“triunfos”, o sobre quien llorar nuestros fracasos.
Llamamos amigo al bufón al que se le busca para que mate nuestros
ratos de ocio, o para que nos distraiga con sus chistes e
historietas cuando nos sentimos aburridos, solos o deprimidos, o
para que llene el vacío de un silencio o una soledad insoportables.
Los humoristas, los simpáticos, los dicharacheros, los de
conversación fácil y entretenida, están siempre rodeados de
“amigos”. Pero bien perciben ellos que esas “amistades” son de
circunstancia, y que en el fondo están profundamente solos.
Llamamos amigos a quienes hemos convertimos en un número para hacer
fuerza con un sentido combativo o fruitivo; los utilizamos como
ladrillo más para construir nuestra muralla.
Otras
veces se cultiva a relación con el inferior y desvalido con sentido
paternalista, porque sirve para llenar los vacíos de la propia vida.
Con
demasiada frecuencia llamamos amistad nuestra relación, aunque sea
de un saludo de protocolo, a quien es más en algo que nosotros, al
poderoso, al famoso, al que tiene un grado más de jerarquía que
nosotros, al que tiene influencia social “porque algún día me será
útil”. A quienes utilizamos como escalera para trepar y ascender a
puestos más altos (estos son los repugnantes trepadores) que
utilizan todo cuanto se les pone delante para conseguir sus fines y
una vez conseguidos los arrojan a la basura como un pañuelo de papel
usado. Es lo que en el lenguaje social se llama “amiguismo”, tan
corrupto y tan corruptor. El amiguismo es una amistad deformada por
el interés. La amistad “utilitaria” es una contradicción en sí
misma, como lo es el amor egoísta e interesado.
Las
caricaturas de la amistad son numerosas. En todas ellas, más que
amistad, lo que hay en realidad es coincidencia y acoplamiento de
egoísmos.

Es saludable que los jóvenes se
agrupen en pandillas para afirmarse mutuamente, para vivir la
camaradería. Pero eso no es amistad.
Las
personas mayores se reúnen y se buscan para apoyarse mutuamente, y
es hermoso que así sea, llevar la cruz de la limitación y los
achaques agarrados a una mano solidaria que nos ayuda a caminar y
nos consuela es necesario, ¡hacen falta tantas manos solidarias que
ayuden a nuestros mayores a caminar hacia la otra orilla!, pero eso
solo no es amistad.
Los
ricos y poderosos de este mundo están rodeados de “amigos”, les
llueven los “amigos” en la medida que ascienden y acumulan poder?
¿Y porqué los pobres y los que caen en desgracia tienen tan pocos y
los pocos que tienen les dan la espalda?.
Y así
podríamos seguir indefinidamente, la lista es interminable. Hay
muchos, muchísimos, que rodeados de “amigos” son como la Samaritana
del Evangelio: están llenos de contactos, de relaciones, pero en
realidad están totalmente solos, porque en esas relaciones y
contactos, no existe comunión humana. Igual que a la Samaritana
también a nosotros, si sabemos y queremos escuchar, Cristo nos hace
ver la soledad en la que muchos de nosotros vivimos, porque aún no
hemos encontrado al “amigo del alma”, al amigo de verdad. Y Jesús
hoy nos brinda su Amistad. Y estemos seguros que desde ella
encontraremos a muchos con los que compartir, de verdad, la vida en
comunión.
No
todo lo que se llama amistad lo es. Y por eso es necesario que en
nuestro itinerario de madurez humana vayamos aprendiendo a detectar
los verdaderos de los falsos amigos, el oro de la amistad de la
ganga de los compañerismos y amiguismos falsos.
Jesús, en el Evangelio, con su Palabra y con su ejemplo, nos ofrece
todo un tratado sobre la verdadera y la falsa amistad.
Pero
esto lo dejamos para otro día.
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