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EDUCAR PARA LA
PAZ EXIGE EDUCAR PARA LA MISERICORDIA

Desde que el
Papa Pablo VI instituyó la Jornada Mundial de la Paz en el 1 de
enero de 1968, el Santo Padre envía a la Iglesia, a los Jefes de las
Naciones y a todos los "hombres de buena voluntad" un mensaje sobre
el supremo valor de la Paz. Todos los temas tratados en estos
mensajes son de gran actualidad. Y juntos forman un hermoso glosario
sobre la Paz, muy útil para todos aquellos que, como los miembros
del Movimiento Apostólico de la Divina Misericordia, queremos
colaborar con Dios en el establecimiento de su Paz entre los
hombres. Sabemos muy bien que no podrá darse la Paz sin
reconciliación, y esta no es posible sin misericordia.
Este año el
Papa Juan Pablo II nos ha llamado, en su Mensaje de la Jornada de la
Paz el 1 de enero, a ser constructores de Paz, educando, a todos los
niveles, para la Paz. "Esta educación es hoy, dice el Papa en
su discurso,
más urgente
que nunca porque los hombres, ante las tragedias que siguen
afligiendo a la humanidad, están tentados de abandonarse al
fatalismo, como si la paz fuera un ideal inalcanzable".
La Iglesia,
maestra de paz, ha enseñado siempre y sigue enseñando una evidencia
muy sencilla: "La paz es posible", porque es necesaria
para la vida y el desarrollo integral del hombre.
Para conseguir
la paz nos vuelve a recordar el Santo Padre las cuatro bases
necesarias, indicadas por el Beato Juan XXIII, en su Encíclica "Pacem
in terris": la Verdad, la Justicia, el Amor y la Libertad. Y
son estos cuatro ideales los que hay que desarrollar en el corazón
de la juventud para una adecuada "educación para la Paz".
Solo así será posible esperar una era mejor para toda la humanidad.
Al final de su
espléndido mensaje, Juan Pablo II concluye diciendo: "Considero
obligado recordar que, para instaurar la verdadera paz en el mundo,
la justicia ha de complementarse con la caridad... Los
pueblos deben ser formados en el respeto del derecho. Pero no se
llegará al final del camino si la justicia no se integra con el
amor. A veces, justicia y amor aparentan ser fuerzas antagónicas. Y
verdaderamente no son más que las dos caras de una misma realidad
que deben complementarse mutuamente. La historia nos enseña, a
menudo, que la justicia no consigue liberarse del rencor, del odio e
incluso de la crueldad de la venganza. Por sí sola la justicia no
basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a
la fuerza más profunda que es el amor."
Pero el Papa
sabe muy bien que para que el amor pueda echar raíces en el corazón
del hombre es necesaria una labor de reconciliación previa, muy
profunda. El perdón y la misericordia son necesarios para solucionar
de raíz los problemas, tanto de los individuos como de los pueblos.
"¡No hay paz sin perdón!". Afirma rotundamente el Santo
Padre: "El
mundo no encontrará soluciones verdaderas a los graves problemas que
lo aquejan hasta que no se decida superar la lógica de la estricta
justicia para abrirse a la del perdón."
Perdonar para
poder ser perdonados (Lc 6,37).
"Bienaventurados
los misericordiosos porque ellos alcanzarán Misericordia" (Mt
5,7). Pero no podemos perdonar con misericordia sin la Gracia de
Dios. Es Él quien nos hace capaces de reconciliarnos con nuestros
enemigos, de amarlos y de firmar la paz con ellos. Cuando el hombre
rompe la comunión con su Creador rompe la comunión con las criaturas
y con sus semejantes. Por eso el gran drama del hombre moderno es el
darle la espalda a Dios. Vivir como si Dios no existiera. Porque de
ese modo el hombre sin Dios se queda encerrado en sus propias
limitaciones y egoísmos incapaz de perdonar con misericordia y por
lo tanto de amar a sus enemigos.
"Solo en una
humanidad en la que reina la
civilización
del amor,
podrá gozar de una paz auténtica y duradera".
El Papa
termina su mensaje llamándonos a todos los hombres y mujeres de
buena voluntad, pero de modo especial a los cristianos a colaborar
en esta tarea de establecer en todos los corazones la Paz y el Amor
de Cristo, el único que puede salvarnos de la corriente de violencia
que atormenta al mundo. Y para esta tarea la labor educadora es
primordial y necesaria a todos los niveles. He aquí una grande,
inmensa, tarea que se nos encomienda en este inicio del año 2004.
Diego Martínez, Pbro. |