La sociabilidad del hombre no es algo accesorio a la vida del ser
humano. Todo hombre por el hecho de serlo está llamado a ser social.
La sociabilidad es algo inherente a su naturaleza misma. Ninguna
persona humana puede y debe desentenderse de los demás seres que le
rodean.
La sociedad se constituye
–afirma Juan Pablo II- con el trabajo de todos los hombres
sintiéndola como propia, los individuos tienen para con la sociedad
una doble relación, buscando con lealtad el bien común; y de
participación, siendo artífices de su desarrollo y grandeza.
Estas exigencias de la vida
social rigen para toda la humanidad. Pero el cristiano, en función
de su doble vocación histórico-trascendental, debe ampliar su
convivencia social. El cristiano por un lado ha de desarrollar su
dimensión espacio-temporal y por otra ha de proyectarse hacia Dios.
Pero siendo dos dimensiones distintas han estar guiadas y ordenadas
por la misma ley. La ley suprema del cristiano es el Amor: "Un
solo mandamiento os doy, que os améis unos a otros como yo os he
amado" (Jn 13,34). Amor que va más allá de los límites del ego,
de los que nos aman, amor que se transforma en Caridad universal
(1Cor 13,1ss).
Sostiene San Juan: "Dios
es caridad y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios
en él" (1Jn 4,16). En otra parte dice Cristo: "En esto
conocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis" (Jn
13,15)
El Concilio Vaticano II
dice que La presencia de los cristianos en los grupos humanos ha de
estar animada por la caridad con que Dios nos amó, que quiere que
también nosotros nos amemos unos a otros con la misma caridad.
La caridad cristiana o es
universal o no es cristiana. Se extiende a todos, sin distinción de
razas, de condición social o de religión; no espera lucro ni
agradecimiento alguno, pues como Dios nos amó con amor gratuito, así
los cristianos han de vivir preocupados por el hombre mismo,
amándose con el mismo amor con que Dios le amó.
La caridad pues es la base
de la sociedad, para los cristianos, y del orden moral. Es la virtud
que más acerca al hombre a Dios y a los hombres entre sí.
Cada persona humana es
única, irrepetible. No se dan dos iguales. La convivencia exige
buscar la unidad en la convivencia social, respetando la diversidad
de personas. Y para ello, la necesidad de conocerse mutuamente. Pero
para conocer al otro hay que mirarlo con simpatía, más aún, con
amor, en el sentido amplio de la palabra. El odio no sólo no enfoca
en plena luz al otro, sino que lo deforma. El amor facilita el
conocimiento y el conocimiento nos lleva al amor. Solo el que ama es
capaz de descubrir en el prójimo todos los valores que posee, con
sus variados matices. Juan Pablo II sostiene que la posibilidad de
abrirse con amor a las obras de misericordia hacia el prójimo, es
fruto de luchas prolongadas con uno mismo.
La verdadera paz, que tanto
anhela la actual sociedad, sólo florecerá si el amor triunfa sobre
el odio. Y ello es posible solamente si el Mensaje de Cristo, a
través de su Iglesia, es puesto en práctica en su total pureza por
quienes son y se confiesan cristianos.