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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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EL CRISTIANO SER SOCIAL POR DOBLE TÍTULO

La sociabilidad del hombre no es algo accesorio a la vida del ser humano. Todo hombre por el hecho de serlo está llamado a ser social. La sociabilidad es algo inherente a su naturaleza misma. Ninguna persona humana puede y debe desentenderse de los demás seres que le rodean.

La sociedad se constituye –afirma Juan Pablo II- con el trabajo de todos los hombres sintiéndola como propia, los individuos tienen para con la sociedad una doble relación, buscando con lealtad el bien común; y de participación, siendo artífices de su desarrollo y grandeza.

Estas exigencias de la vida social rigen para toda la humanidad. Pero el cristiano, en función de su doble vocación histórico-trascendental, debe ampliar su convivencia social. El cristiano por un lado ha de desarrollar su dimensión espacio-temporal y por otra ha de proyectarse hacia Dios. Pero siendo dos dimensiones distintas han estar guiadas y ordenadas por la misma ley. La ley suprema del cristiano es el Amor: "Un solo mandamiento os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn 13,34). Amor que va más allá de los límites del ego, de los que nos aman, amor que se transforma en Caridad universal (1Cor 13,1ss).

Sostiene San Juan: "Dios es caridad y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él" (1Jn 4,16). En otra parte dice Cristo: "En esto conocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis" (Jn 13,15)

El Concilio Vaticano II dice que La presencia de los cristianos en los grupos humanos ha de estar animada por la caridad con que Dios nos amó, que quiere que también nosotros nos amemos unos a otros con la misma caridad.

La caridad cristiana o es universal o no es cristiana. Se extiende a todos, sin distinción de razas, de condición social o de religión; no espera lucro ni agradecimiento alguno, pues como Dios nos amó con amor gratuito, así los cristianos han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándose con el mismo amor con que Dios le amó.

La caridad pues es la base de la sociedad, para los cristianos, y del orden moral. Es la virtud que más acerca al hombre a Dios y a los hombres entre sí.

Cada persona humana es única, irrepetible. No se dan dos iguales. La convivencia exige buscar la unidad en la convivencia social, respetando la diversidad de personas. Y para ello, la necesidad de conocerse mutuamente. Pero para conocer al otro hay que mirarlo con simpatía, más aún, con amor, en el sentido amplio de la palabra. El odio no sólo no enfoca en plena luz al otro, sino que lo deforma. El amor facilita el conocimiento y el conocimiento nos lleva al amor. Solo el que ama es capaz de descubrir en el prójimo todos los valores que posee, con sus variados matices. Juan Pablo II sostiene que la posibilidad de abrirse con amor a las obras de misericordia hacia el prójimo, es fruto de luchas prolongadas con uno mismo.

La verdadera paz, que tanto anhela la actual sociedad, sólo florecerá si el amor triunfa sobre el odio. Y ello es posible solamente si el Mensaje de Cristo, a través de su Iglesia, es puesto en práctica en su total pureza por quienes son y se confiesan cristianos.

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