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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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EL NOBEL DE LA PAZ 2003
 


 

La prensa internacional, hace un par de meses, daba como segura la nominación de Juan Pablo II al prestigioso premio Nobel de la Paz. Por razones que desconocemos, pero que suponemos, no ha sido así. En muchos de nosotros se ha producido una lógica frustración por ello porque si alguien, desde el inicio de su pontificado ha trabajado, incansable y apasionadamente, por la paz universal ha sido Juan Pablo II. Con independencia del criterio y del fallo último de la Academia sueca, la humanidad entera, a todos los niveles, ha proclamado que él es el gran artífice de la paz y le ha otorgado ese reconocimiento en la infinidad de artículos de prensa, programas de radio y televisión de todo el mundo que se le han dedicado en estos días en que la Iglesia celebra con gozo exultante los 25 años de su elección como Papa.

La paz ha sido un de los principales objetivos de su trabajo pastoral, la paz, ante todo, en el seno de la Iglesia de Cristo. El diálogo ecuménico, iniciado por Juan XXIII y Pablo VI ha tenido un gran empuje durante este Pontificado, no siempre con el éxito esperado, pero ni los momentos más difíciles han podido detener a Juan Pablo II en su búsqueda de la unidad, en la caridad y en el amor, caminos estos para llegar a la unidad de la fe que es el fin último. El diálogo interreligioso abierto en la magna asamblea de oración de Asís en el año 1986, convocada por el Santo Padre y secundada una inmensa mayoría de los líderes religiosos de todo el mundo abrió una puerta de esperanza para toda la humanidad. La religión que a lo largo de siglos ha sido una de las causas principales de luchas y enfrentamientos horrendos, es ahora una vía privilegiada para buscar la unidad y la paz de todos los pueblos a favor de la humanidad.

La proclamación de que la guerra nunca ha sido ni será la solución de los problemas y que nunca debe buscarse la paz por medio de la violencia ha sido continua e inquebrantable en Juan Pablo II, manteniéndose firme ante las más difíciles y comprometidas situaciones políticas y diplomáticas, ofreciendo siempre el diálogo y la mediación de la Iglesia para solucionar las situaciones conflictivas. La sabia y prudentísima pero eficaz intervención que propició la caída del "muro" que dividía Europa y el mundo en dos bloques fratricidas y que mantenía a las sociedades en un estado de ansiedad y miedo continuo a una tercera guerra mundial. Sus viajes a lo largo y ancho del mundo proclamando la paz y la fraternidad universales, por encima de credos, de ideologías, de fronteras de cualquier tipo. La infinidad de documentos y discursos llamando a los hombres de cualquier religión y pensamiento a la unidad y la reconciliación. Sería interminable enumerar las acciones realizadas por Juan Pablo II a favor de la paz.

La autoridad moral de Juan Pablo II en el ámbito de la Paz es indiscutible a nivel internacional. Y no puede ni debe ser de otro modo, porque él, como todo cristiano, ha sido constituido por Cristo en el bautismo "heraldo y constructor de Paz" de la Paz que viene de Dios que es la paz verdadera, la única que puede ensanchar el corazón del hombre, de todos los hombres. Porque el hombre ha sido creado por Dios para la Paz y sin ella todo esfuerzo humano por construir un mundo mejor es inútil. El primer objetivo, el más importante, en el orden del progreso, en todas las dimensiones, es la paz, que ha de empezar a construirse en el corazón del individuo y solo desde ahí, como de una fuente, irá extendiéndose a todas las demás realidades humanas.

Esperemos que España, a la que tanto ama Juan Pablo II, tenga la altura de espíritu suficiente como para pedir para él el premio "Príncipe de Asturias" de la Paz. Sería un gesto de noble gratitud.

Diego Martínez, Pbro.
 

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