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EL NOBEL DE LA
PAZ 2003

La prensa
internacional, hace un par de meses, daba como segura la nominación
de Juan Pablo II al prestigioso premio Nobel de la Paz. Por razones
que desconocemos, pero que suponemos, no ha sido así. En muchos de
nosotros se ha producido una lógica frustración por ello porque si
alguien, desde el inicio de su pontificado ha trabajado, incansable
y apasionadamente, por la paz universal ha sido Juan Pablo II. Con
independencia del criterio y del fallo último de la Academia sueca,
la humanidad entera, a todos los niveles, ha proclamado que él es el
gran artífice de la paz y le ha otorgado ese reconocimiento en la
infinidad de artículos de prensa, programas de radio y televisión de
todo el mundo que se le han dedicado en estos días en que la Iglesia
celebra con gozo exultante los 25 años de su elección como Papa.
La paz ha sido
un de los principales objetivos de su trabajo pastoral, la paz, ante
todo, en el seno de la Iglesia de Cristo. El diálogo ecuménico,
iniciado por Juan XXIII y Pablo VI ha tenido un gran empuje durante
este Pontificado, no siempre con el éxito esperado, pero ni los
momentos más difíciles han podido detener a Juan Pablo II en su
búsqueda de la unidad, en la caridad y en el amor, caminos estos
para llegar a la unidad de la fe que es el fin último. El diálogo
interreligioso abierto en la magna asamblea de oración de Asís en el
año 1986, convocada por el Santo Padre y secundada una inmensa
mayoría de los líderes religiosos de todo el mundo abrió una puerta
de esperanza para toda la humanidad. La religión que a lo largo de
siglos ha sido una de las causas principales de luchas y
enfrentamientos horrendos, es ahora una vía privilegiada para buscar
la unidad y la paz de todos los pueblos a favor de la humanidad.
La
proclamación de que la guerra nunca ha sido ni será la solución de
los problemas y que nunca debe buscarse la paz por medio de la
violencia ha sido continua e inquebrantable en Juan Pablo II,
manteniéndose firme ante las más difíciles y comprometidas
situaciones políticas y diplomáticas, ofreciendo siempre el diálogo
y la mediación de la Iglesia para solucionar las situaciones
conflictivas. La sabia y prudentísima pero eficaz intervención que
propició la caída del "muro" que dividía Europa y el mundo en dos
bloques fratricidas y que mantenía a las sociedades en un estado de
ansiedad y miedo continuo a una tercera guerra mundial. Sus viajes a
lo largo y ancho del mundo proclamando la paz y la fraternidad
universales, por encima de credos, de ideologías, de fronteras de
cualquier tipo. La infinidad de documentos y discursos llamando a
los hombres de cualquier religión y pensamiento a la unidad y la
reconciliación. Sería interminable enumerar las acciones realizadas
por Juan Pablo II a favor de la paz.
La autoridad
moral de Juan Pablo II en el ámbito de la Paz es indiscutible a
nivel internacional. Y no puede ni debe ser de otro modo, porque él,
como todo cristiano, ha sido constituido por Cristo en el bautismo
"heraldo y constructor de Paz" de la Paz que viene de Dios que es la
paz verdadera, la única que puede ensanchar el corazón del hombre,
de todos los hombres. Porque el hombre ha sido creado por Dios para
la Paz y sin ella todo esfuerzo humano por construir un mundo mejor
es inútil. El primer objetivo, el más importante, en el orden del
progreso, en todas las dimensiones, es la paz, que ha de empezar a
construirse en el corazón del individuo y solo desde ahí, como de
una fuente, irá extendiéndose a todas las demás realidades humanas.
Esperemos que
España, a la que tanto ama Juan Pablo II, tenga la altura de
espíritu suficiente como para pedir para él el premio "Príncipe de
Asturias" de la Paz. Sería un gesto de noble gratitud.
Diego
Martínez, Pbro.
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