El mundo en el cual estamos
viviendo es como una riada después de una gran inundación; riada,
producto de nuestros males, nuestro pecado, nuestras faltas de fe,
personales y sociales. Hay guerras, diferencias sociales bárbaras,
opresiones, abortos... injusticias, violencia. Cantidad de cosas que
están mal, y algunas son hechas voluntariamente, premeditadamente,
argumentando el bien de la persona o el grupo. Vuelve a crecer la
ignorancia, el analfabetismo, la esclavitud de tantas nuevas y
sofisticadas maneras. Comparar nuestro mundo con una riada llena de
barro, de suciedad, que va arrasándolo todo, no es exagerado. Aunque
bien hay que afirmar que en medio de la riada hay mucho bien y
esperanza. Hay gente que no se da cuenta de que está en medio de la
riada y no se da cuenta, piensa que es normal, e incluso le gusta;
va nadando en medio de ella y ni se imagina que puede haber otro
mundo, un mundo donde no exista esa suciedad, ni ese peligro, ni la
angustia de ir río abajo sin saber a donde y contra qué se va a
estrellar.
Los creyentes en Cristo
somos aquellos a los que el Señor ha sacado de la riada, con el
esfuerzo de su Amor hasta la muerte, y los ha puesto en tierra
firme; nos ha salvado de un mundo incontrolado, que nos arrastra y
contra el que no podemos hacer nada. Los cristianos bautizados ya
estamos, en gran parte, fuera de la riada; estamos en la ribera y
empezamos a caminar en tierra seca.
Los cristianos, discípulos
y enviados de Cristo, lo somos, también, para ayudar a muchos otros,
a todos cuantos quieran, a salir de la riada y caminar hacia el
"mundo nuevo".
Pero puede ocurrir que
cuando queremos sacar a alguien de la riada, con la ayuda de Jesús,
pasen dos cosas:
- Que esa persona tenga las manos tan
llenas de barro escurridizo y gelatinoso, que, por más que uno la
quiera agarrar, resulta que la piel resbala y no hay manera...:
vuelve al agua.
- Que haya personas que no acepten la
opción de ser rescatados y que naden hacia el centro de la
corriente, para evitar ser salvados. Están contentos de estar en
la riada y de ser arrastrados por ella.
¿Qué significa esto? Las
personas llenas de barro escurridizo son las que van por el mundo
con el defecto –lo tenemos todos en parte- de la frivolidad,
que se trata de no dar a las cosas, personas o acontecimientos, la
importancia que tienen; no darles la importancia cuando sí la
tienen. Hay que dejar pues de ser frívolo, para poder ser
rescatado. Hay que detenerse en los temas importantes de la vida,
en los asuntos que afectan a las personas, enfocarlos con hondura,
sabiendo que hay solución, que todas las cosas tienen un sentido:
hay que ser serio. La vida es algo muy serio. Este tomarse la vida
propia y de los demás en serio, no es contrario a la alegría y al
humor. Alguien ha dicho que "no hay nada más serio que el buen
humor". La verdadera alegría siempre es contraria a la frivolidad.
El frívolo no crea alegría a su alrededor, ni la tiene él. El
frívolo es ligero, superficial y por lo mismo trágico y triste.
Cualquier cosa menos alegre.
La persona frívola,
además, no es responsable, no se quiere hacer responsable; por eso
trata los asuntos superficialmente, no se encara con la realidad
de las cosas. No usa la libertad, o no quiere ser libre. Renunciar
a la frivolidad es ayudar a que Cristo pueda liberarnos y
llevarnos a la verdadera responsabilidad. Muchas veces no se
quiere pensar en profundidad para no tener que asumir la
responsabilidad de los asuntos, de los problemas y de nuestras
propias equivocaciones.