Tiene sus
raíces en el mismo acto de la creación “Hagamos al hombre a
nuestra imagen y semejanza”. Por la elevación al orden
sobrenatural, el hombre participa de la naturaleza misma de
Dios y su destino definitivo es el de vivir en la intimidad de
Dios. El hombre, por el pecado original, se aleja de Dios,
renuncia a su sublime destino y con ello destroza su propia
dignidad. Jesucristo sale al encuentro del hombre para
ayudarle a recuperar la dignidad perdida. Cristo no sólo nos
indica el camino, sino que El es “el Camino” que nos guía para
volver al Padre.
El, Hijo de Dios Vivo, habla a los hombres también como
Hombre: es su misma vida la que habla, su humildad, su
fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla
además su muerte en la Cruz, esto es, la insondable
profundidad de su sufrimiento y de su abandono.
Cristo, al asumir la naturaleza humana, aparece como el modelo
del hombre.
El hombre, a medida que se acerca a Cristo, acrecienta su
dignidad. El hombre redimido por Cristo tiene “la doble
ciudadanía”. El cristiano es ciudadano de este mundo. Vive
necesariamente en el mundo, pero no pertenece al mundo. Su
destino definitivo es Dios. Hoy, la dignidad del hombre está
amenazada mortalmente. En efecto, el marxismo pretende reducir
al hombre a una cosa. El hombre se realiza en la vida
colectiva de la especie humana y termina por desenvolverse en
ella. Para el marxismo, el hombre es un ser sin interioridad
alguna (sin alma): una célula sumergida toda enteramente en
una masa de devenir. El hombre es tan solo un animal
evolucionado. El hombre es producto de los factores
económicos. Es un ser social y colectivo, que sólo puede
realizarse en una perfecta sociedad comunista. El fin supremo
del hombre marxista es el socialismo.
Al paso de esta denigración del hombre a puro animal
evolucionado, que subyace en todas las ideologías
materialistas y ateas modernas salen las enseñanzas del
Concilio Vaticano II, destacando la dignidad de la persona
humana. El hombre no marcha hacia la nada, ni se refunde en
una materia inconsciente, sino que avanza permanentemente en
busca de la plenitud de su propia vida y del perfeccionamiento
de todas sus posibilidades dentro de la plenitud de la vida de
Dios.
“Dios llamó y llama al hombre para que en una perpetua
asociación de incorruptible vida divina, se adhiera a El con
la totalidad de su naturaleza. Esa victoria la consiguió
Cristo resucitando a la vida y librando al hombre de la muerte
con sus propia muerte” (Gaudium et Spes 18)
Nos enseña San Juan “Dios les dio poder de ser sus hijos” (Jn
11,25).
La dignidad del hombre deriva pues de ser una substancia libre
e inteligente injertada en la vida divina, de ser hijo de Dios
por adopción. Frente a este hecho real, podemos cobrar
conciencia de la tremenda responsabilidad de los que directa o
indirectamente facilitan el avance del ateismo materialista
que, con todos los medios que tiene a su alcance, busca negar
y borrar la vida divina en el hombre y transformarlo en un
instrumento de consumo y un esclavo de la sociedad
materialista.