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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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LA DIGNIDAD DEL HOMBRE
 

 

Tiene sus raíces en el mismo acto de la creación “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Por la elevación al orden sobrenatural, el hombre participa de la naturaleza misma de Dios y su destino definitivo es el de vivir en la intimidad de Dios. El hombre, por el pecado original, se aleja de Dios, renuncia a su sublime destino y con ello destroza su propia dignidad. Jesucristo sale al encuentro del hombre para ayudarle a recuperar la dignidad perdida. Cristo no sólo nos indica el camino, sino que El es “el Camino” que nos guía para volver al Padre.
El, Hijo de Dios Vivo, habla a los hombres también como Hombre: es su misma vida la que habla, su humildad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla además su muerte en la Cruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono.
Cristo, al asumir la naturaleza humana, aparece como el modelo del hombre.
El hombre, a medida que se acerca a Cristo, acrecienta su dignidad. El hombre redimido por Cristo tiene “la doble ciudadanía”. El cristiano es ciudadano de este mundo. Vive necesariamente en el mundo, pero no pertenece al mundo. Su destino definitivo es Dios. Hoy, la dignidad del hombre está amenazada mortalmente. En efecto, el marxismo pretende reducir al hombre a una cosa. El hombre se realiza en la vida colectiva de la especie humana y termina por desenvolverse en ella. Para el marxismo, el hombre es un ser sin interioridad alguna (sin alma): una célula sumergida toda enteramente en una masa de devenir. El hombre es tan solo un animal evolucionado. El hombre es producto de los factores económicos. Es un ser social y colectivo, que sólo puede realizarse en una perfecta sociedad comunista. El fin supremo del hombre marxista es el socialismo.
Al paso de esta denigración del hombre a puro animal evolucionado, que subyace en todas las ideologías materialistas y ateas modernas salen las enseñanzas del Concilio Vaticano II, destacando la dignidad de la persona humana. El hombre no marcha hacia la nada, ni se refunde en una materia inconsciente, sino que avanza permanentemente en busca de la plenitud de su propia vida y del perfeccionamiento de todas sus posibilidades dentro de la plenitud de la vida de Dios.
“Dios llamó y llama al hombre para que en una perpetua asociación de incorruptible vida divina, se adhiera a El con la totalidad de su naturaleza. Esa victoria la consiguió Cristo resucitando a la vida y librando al hombre de la muerte con sus propia muerte” (Gaudium et Spes 18)
Nos enseña San Juan “Dios les dio poder de ser sus hijos” (Jn 11,25).
La dignidad del hombre deriva pues de ser una substancia libre e inteligente injertada en la vida divina, de ser hijo de Dios por adopción. Frente a este hecho real, podemos cobrar conciencia de la tremenda responsabilidad de los que directa o indirectamente facilitan el avance del ateismo materialista que, con todos los medios que tiene a su alcance, busca negar y borrar la vida divina en el hombre y transformarlo en un instrumento de consumo y un esclavo de la sociedad materialista.
 

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