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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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LA LIBERTAD HUMANA VALOR INVIOLABLE

La libertad humana es aquella energía por la cual, el hombre puesto ante dos caminos que solicitan su conformidad, puede optar y elegir por uno de ellos, descartando el otro.

La libertad nos capacita también para dirigir y utilizar nuestros impulsos. En este caso recibe el nombre de "libertad interior". La libertad interior implica un poder de subordinación de los instintos y de las tendencias y pulsiones a una escala de valores. La libertad interior es la que permite el libre acceso al Valor Supremo, a pesar de las continuas solicitudes y exigencias de los instintos y tendencias "inferiores".

A la luz del evangelio la auténtica libertad consiste en romper las ataduras del pecado: "En verdad os digo que el que comete pecado es siervo del pecado" (Jn. 8,35). Pero también en optar por el bien aun a costa de nuestro sufrimiento. El mayor ejercicio que el hombre puede hacer de su libertad y donde esta adquiere su más alta dimensión y dignidad es en el amor oblativo, es decir dar la vida por el ser amado.

La libertad es un don de Dios y una conquista a la vez, del hombre. En efecto, el ejercicio de la libertad choca permanentemente con las incomprensiones, injusticias, inclinaciones al mal y mil otros problemas que hay que resolver para poder salvaguardarla. Podemos decir que desde que el hombre nace su libertad se encuentra en situación de riesgo, hasta el momento mismo de su muerte. Se fiel a la libertad es un duro trabajo, y defenderla de las continuas agresiones y tentaciones es la tarea más ardua y difícil del vivir humano. Mantenerse libre de toda influencia y condicionamiento, de todo sometimiento interno y externo. No someterse a nada ni a nadie a la fuerza, es la conquista más alta del hombre en este mundo. Podemos decir con toda verdad que el don más sublime que Dios ha entregado al hombre es su libertad. En esto el hombre es imagen de Dios, en su capacidad de optar, por la Vida o por la muerte.

Todo seguidor de Cristo está sometido continuamente a una tensión entre dos polos: seguir el camino de Dios o seguir el camino del hombre. Es así que Dios señala al hombre el camino a seguir. El hombre es libre de aceptarlo o rechazarlo. Es el mayor poder que Dios ha otorgado al hombre sobre la tierra. El hombre tiene el poder de dar Vida o de provocar la muerte y la destrucción de cuanto le rodea. Tiene el poder de ascender a lo más alto de los cielos o de descender a lo más profundo del abismo. En sus manos está la Salvación y la muerte eterna.

Si el hombre utiliza la libertad y procede conforma la sabiduría que viene del Espíritu Santo, configura su manera de ser conforme al supremo modelo que es Cristo y con ello su modo de proceder , conquistando la libertad y la dignidad de Hijo de Dios. Si el hombre rechaza la Voluntad de Dios y los dones que con ella se le ofrecen, los pierde definitivamente y se condena a sí mismo a una agonía y muerte eterna. En ambos casos la responsabilidad es exclusivamente del hombre.

La Libertad es el don más supremo que el hombre ha recibido de Dios, es, pues, el punto de partida de su grandeza y dignidad o de su miseria. Si la libertad del hombre colabora con la Gracia de Dios, puede llegar a conquistar las más altas cotas de dignidad y nobleza: hijo de Dios, hermano de Jesucristo y, por ende, coheredero de su misma Gloria. Por el contrario, si el hombre se deja dominar en su libertad por el pecado (todo lo que se opone a la Voluntad de Dios) puede llegar a la degradación más absoluta. Podemos decir que el valor de cada hombre es proporcional al grado de libertad que es capaz de ejercer.

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