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LOS SANTOS, AMIGOS DE DIOS
Las vidas de
los santos son, ante todo, un testimonio de amistad con Dios. En
ellos se ha hecho realidad la palabra de Jesús: “Nadie tiene amor
mas grande que el que da la vida por sus amigos”.
Los santos han dado su
vida, ante todo y sobre todo por su Amigo Dios, del que un día
quedaron prendados y enamorados, fascinados hasta el límite de
dejarlo todo por El y entregarse completamente a su servicio,
cuidado y deleite. Pero pronto cayeron en la cuenta de que empresa
tan inmensa, como es la de ser amigo de Dios, no es fácil ni posible
hacerla en solitario. Porque Dios es comunidad, familia. Y por lo
tanto sería muy extraño que la santidad que se funda en el amor de
Dios y del hombre, se redujese al rechazo y menosprecio de todo
aquello que no es Dios. El mismo Jesús nos dice que en la medida en
que nos amemos unos a otros como amigos, podremos amar a Dios como
nuestro Amigo. Se ha dicho muchas veces y conviene repetirlo aquí:
el amor a Dios pasa necesariamente por el amor al hombre. “Dices que
amas a Dios, a quien no ves y no amas a tu hermano a quien ves, eres
un hipócrita” (1Jn 4,20). No se puede ser amigo de Dios cerrándose a
la amistad con los hombres. Si la amistad es un valor absoluto de la
vida cristiana, es claro que no se puede crecer en la santidad sin
estar abiertos a la amistad.
La
amistad que vivió colmadamente Jesús ha animado a los santos de
todos los siglos a buscar personas afines, compañeros de viaje por
los caminos del Evangelio, acompañantes en la aventura espiritual,
confidentes con quienes compartir y vivir sus hondas experiencias de
amistad con el Señor y consejeros capaces de discernir con acierto
los caminos a seguir en la búsqueda de Dios.
Si
buceamos un poco por la historia de la santidad, nos daremos cuenta
enseguida que los santos siempre se han dado en racimos, y que el
nexo que les unía, a veces estrechísimo, era una profunda amistad.
Por ejemplo:
San
Juan Crisóstomo y San Basilio estaban ligados por una mistad muy
estrecha.
San
Basilio y San Gregorio Nacianceno. Las cartas que se entrecruzan
rebosan jovialidad, están cargadas de broma y se asemejan a las de
dos jóvenes amigos llenos de humor.
San
Anselmo escribe a Lanfranco: “Cuanto menos puedo gozar de tu
presencia, más abrasa mi alma el deseo de disfrutar de ese placer”.
San
Bernardo se lamenta con estas palabras de la muerte de su amigo
Humberto de Clairvaux: “Corred, corred lágrimas mías, tan ansiosas
de correr. Aquel que os impedía brotar ya no está aquí. No es él
quien ha muerto, sino yo, yo que ahora vivo solamente para morir”.

La amistad de
San Francisco y Santa Clara es sobradamente conocida Un biógrafo de
su tiempo escribe: “La hermana Clara, sabiendo que Francisco estaba
enfermo y temiendo que muriese antes que ella, lloraba amargamente y
sin consuelo porque pensaba que no podría ver, antes de su partida,
a su consolador y maestro”.
Caso
excepcional en la intensidad con que vivió y escribió en el siglo
XII la relación con sus amigos fue San Elredo de Rievauxl. En su
libro “La amistad Espiritual”:
“Me acuerdo
en este momento de dos amigos que, liberados ya de la presente vida,
viven y seguirán siempre vivos para mí. Uno de ellos lo tomé por tal
a los principios de mi conversión por cierta semejanza en nuestros
gustos y costumbres, siendo yo aún un adolescente; el otro lo elegí
casi desde su niñez y, después de haberlo probado muchas veces y de
muy diversos modos, me uní a él con más alto grado de amistad,
cuando ya los años encanecían mis cabellos.
El
primero lo había elegido como compañero y copartícipe de las
delicias del claustro y de las dulzuras espirituales, cuando aún no
estaba oprimido por la solicitud pastoral ni me ataba la
preocupación por los intereses temporales; nada nos pedíamos o
dábamos el uno al otro fuera del afecto y de algunas manifestaciones
del mismo dictadas por la caridad. El segundo, escogido ya desde
joven para tomar parte en mis preocupaciones, fue colaborador de
todas mis fatigas...
De
inferior lo hice mi compañero, de compañero amigo, y de amigo
amicísimo...”
Prosigue su
testimonio dándonos en él una definición existencial y acabada de lo
que es la amistad cristiana:
“Comencé
después a revelarle mis secretos más íntimos y se mostró fiel. Así,
entre nosotros, creció el amor, se encendió nuestro afecto y la
caridad se robusteció hasta llegar a no tener más que un solo
corazón y una sola alma, a un querer y no querer lo mismo. Este amor
carecía de temor, desconocía la ofensa, alejaba la sospecha y
aborrecía la adulación. Nada de simulación entre nosotros, nada
fingido, nada de adulación, nada de dureza inconveniente, ningún
rodeo, ningún recodo, antes por el contrario, todo era patente y
manifiesto.
Me
parecía que mi corazón era el suyo, y el suyo el mío; él pensaba
otro tanto de mí. Así caminábamos rectamente en la amistad. La
corrección no ocasionaba indignación, ni el consentimiento culpa. Se
mostraba amigo en toda ocasión mirando, en cuanto podía, por mi
tranquilidad y por mi paz. El mismo se exponía a los peligros, se
anteponía a los obstáculos y salía al encuentro de los tropiezos que
surgían...
Era, pues, como mi mano, como mi ojo,
como el báculo de mi senectud; era la almohada de mi espíritu y el
dulce consuelo de mis penas. Su amor me acogía con solicitud cuando
me fatigaba por el trabajo, sus consejos me renovaban cuando me
hallaba sumergido en la tristeza o en la aflicción. Apaciguaba mis
emociones, suavizaba mi cólera. Todo lo que de menos agradable me
acontecía se lo refería, lo que no podía sostener yo solo, lo
soportaba fácilmente apoyándome en él”
Será difícil
encontrar una descripción, existencial, más perfecta y sincera de lo
que es un verdadero amigo, a la medida de Cristo.
Es
proverbial la amistad de Santa Teresa de Jesús con “personas de gran
espíritu”. Repite abundantemente lo provechosa que es la amistad con
los grandes amigos de Dios. Modelo es su amistad con San Juan de la
Cruz, con San Pedro del Alcántara, con su colaboradora incondicional
Dña. Guiomar, con el padre Gracián y con tantas otras personas en
las que, a lo largo de su denso y no fácil itinerario espiritual, se
apoyó firmemente como en “amigos fuertes de Dios”. En el Libro de su
Vida, deja constancia de lo que la amistad significaba en su
universo espiritual, y de cómo la vivió intensa y fielmente hasta
los últimos momentos de su vida. Podríamos decir que Teresa es
maestra de amistad, con Dios y con sus hermanos los hombres.
San
Francisco de Sales, hablando confidencialmente de sí mismo, dice: “No
hay hombre que posea un corazón más tierno y más abierto a la
amistad, o que experimente con más agudeza el dolor de la separación
de quienes ama”.

Santa Teresa del Niño Jesús nos relata en la
“Historia de un alma”:
“Al entrar en el Carmelo encontré en el
noviciado una compañera que tenía ocho años más que yo; a pesar de
la diferencia de edad se entabló entre nosotras una verdadera
intimidad. Con el fin de fomentar una amistad que parecía propicia
para producir frutos de virtud”
San Antonio
María Claret se hizo rodear de amigos que “compartían su mismo
espíritu”. Ellos eran sus confidentes, sus consejeros, sus
confesores. Con sencillez evangélica nos describe el “milagro” de
una comunidad de amigos que surgió en torno a él en el palacio
arzobispal de Santiago de Cuba, cuando era arzobispo. Dice así:
“Yo en
todos ellos (sus amigos) tenía que aprender, pues que me daban
ejemplo de todas las virtudes....
Nuestra casa era la admiración de
cuantos forasteros la visitaban... No podían menos de notar que
nuestra casa era como una colmena, que ya salían unos, ya entraban
otros, según las disposiciones que daba, todos siempre contentos y
alegres. Por manera que los forasteros quedaban asombrados de lo que
veían y alababan a Dios. Yo alguna vez pensaba cómo podría ser
aquello, que reinaba tanta paz, tanta alegría, tan buena armonía en
tantos sujetos, tan distintos, y tanto tiempo, y no podía dar otra
razón que decir: “Aquí está el Dedo de Dios” (Ex. 8,19)”
Un
milagro, eso es la amistad, un signo visible del Amor y la
benevolencia de Dios hacia los hombres. Porque la amistad humana es
una participación de la Amistad Divina, la misma que une al Padre al
Hijo y al Espíritu Santo en un solo corazón, una sola alma y un solo
espíritu.Podemos afirmar sin titubeos que no ha habido una persona
santa que no haya vivido muy en serio la amistad. De otro modo no
podría llamársele tal, dado que la amistad es el alma de la comunión
con Dios y por ende de la relación con nuestros semejantes.
Es ciertamente
lamentable que experiencia tan humana y divina como es la amistad
haya quedado tan arrumbada en el desván de la historia,
especialmente en la Europa calvinista, jansenista y puritana de los
últimos siglos. Hay que reconocer que, sobre todo desde mediados del
siglo XIX hasta la mitad del XX, la amistad fue hondamente devaluada
y hasta perseguida. Pero podemos levantar la cabeza y contemplar
nuevos signos de los tiempos que nos auguran una nueva aurora de
amistad en la Iglesia. A mediados del siglo XX ha empezado a haber
claros en el cielo de la amistad, aunque no está, ni mucho menos,
enteramente limpio. Falta aún mucho por hacer.
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