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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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LOS SANTOS, AMIGOS DE DIOS

 

Las vidas de los santos son, ante todo, un testimonio de  amistad con Dios. En ellos se ha hecho realidad la palabra de Jesús: “Nadie tiene amor mas grande que el que da la vida por sus amigos”.

         Los santos han dado su vida, ante todo y sobre todo por su Amigo Dios, del que un día quedaron prendados y enamorados, fascinados hasta el límite de dejarlo todo por El y entregarse completamente a su servicio, cuidado y deleite. Pero pronto cayeron en la cuenta de que empresa tan inmensa, como es la de ser amigo de Dios, no es fácil ni posible hacerla en solitario. Porque Dios es comunidad, familia.  Y por lo tanto sería muy extraño que la santidad que se funda en el amor de Dios y del hombre, se redujese al rechazo y menosprecio de todo aquello que no es Dios. El mismo Jesús nos dice que en la medida en que nos amemos unos a otros como amigos, podremos amar a Dios como nuestro Amigo. Se ha dicho muchas veces y conviene repetirlo aquí: el amor a Dios pasa necesariamente por el amor al hombre. “Dices que amas a Dios, a quien no ves y no amas a tu hermano a quien ves, eres un hipócrita” (1Jn 4,20). No se puede ser amigo de Dios cerrándose a la amistad con los hombres. Si la amistad es un valor absoluto de la vida cristiana, es claro que no se puede crecer en la santidad sin estar abiertos a la amistad.

         La amistad que vivió colmadamente Jesús ha animado a los santos de todos los siglos a buscar personas afines, compañeros de viaje por los caminos del Evangelio, acompañantes en la aventura espiritual, confidentes con quienes compartir y vivir sus hondas experiencias de amistad con el Señor y consejeros capaces de discernir con acierto los caminos a seguir en la búsqueda de Dios.

         Si buceamos un poco por la historia de la santidad, nos daremos cuenta enseguida que los santos siempre se han dado en racimos, y que el nexo que les unía, a veces estrechísimo, era una profunda amistad. Por ejemplo:

         San Juan Crisóstomo y San Basilio estaban ligados por una mistad muy estrecha.

         San Basilio y San Gregorio Nacianceno. Las cartas que se entrecruzan rebosan jovialidad, están cargadas de broma y se asemejan a las de dos jóvenes amigos llenos de humor.

         San Anselmo escribe a Lanfranco: “Cuanto menos puedo gozar de tu presencia, más abrasa mi alma el deseo de disfrutar de ese placer”.

         San Bernardo se lamenta con estas palabras de la muerte de su amigo Humberto de Clairvaux: “Corred, corred lágrimas mías, tan ansiosas de correr. Aquel que os impedía brotar ya no está aquí. No es él quien ha muerto, sino yo, yo que ahora vivo solamente para morir”.

        

La amistad de San Francisco y Santa Clara es sobradamente conocida Un biógrafo de su tiempo escribe: “La hermana Clara, sabiendo que Francisco estaba enfermo y temiendo que muriese antes que ella, lloraba amargamente y sin consuelo porque pensaba que no podría ver, antes de su partida, a su consolador y maestro”.

        

Caso excepcional en la intensidad con que vivió y escribió en el siglo XII la relación con sus amigos fue San Elredo de Rievauxl. En su libro “La amistad Espiritual”:

 

“Me acuerdo en este momento de dos amigos que, liberados ya de la presente vida, viven y seguirán siempre vivos para mí. Uno de ellos lo tomé por tal a los principios de mi conversión por cierta semejanza en nuestros gustos y costumbres, siendo yo aún un adolescente; el otro lo elegí casi desde su niñez y, después de haberlo probado muchas veces y de muy diversos modos, me uní a él con más alto grado de amistad, cuando ya los años encanecían mis cabellos.

         El primero lo había elegido como compañero y copartícipe de las delicias del claustro y de las dulzuras espirituales, cuando aún no estaba oprimido por la solicitud pastoral ni me ataba la preocupación por los intereses temporales; nada nos pedíamos o dábamos el uno al otro fuera del afecto y de algunas manifestaciones del mismo dictadas por la caridad. El segundo, escogido ya desde joven para tomar parte en mis preocupaciones, fue colaborador de todas mis fatigas...

         De inferior lo hice mi compañero, de compañero amigo, y de amigo amicísimo...”

 

Prosigue su testimonio dándonos en él una definición existencial y acabada de lo que es la amistad cristiana:

 

“Comencé después a revelarle mis secretos más íntimos y se mostró fiel. Así, entre nosotros, creció el amor, se encendió nuestro afecto y la caridad se robusteció hasta llegar a no tener más que un solo corazón y una sola alma, a un querer y no querer lo mismo. Este amor carecía de temor, desconocía la ofensa, alejaba la sospecha y aborrecía la adulación. Nada de simulación entre nosotros, nada fingido, nada de adulación, nada de dureza inconveniente, ningún rodeo, ningún recodo, antes por el contrario, todo era patente y manifiesto.

         Me parecía que mi corazón era el suyo, y el suyo el mío; él pensaba otro tanto de mí. Así caminábamos rectamente en la amistad. La corrección no ocasionaba indignación, ni el consentimiento culpa. Se mostraba amigo en toda ocasión mirando, en cuanto podía, por mi tranquilidad y por mi paz. El mismo se exponía a los peligros, se anteponía a los obstáculos y salía al encuentro de los tropiezos que surgían...

         Era, pues, como mi mano, como mi ojo, como el báculo de mi senectud; era la almohada de mi espíritu y el dulce consuelo de mis penas. Su amor me acogía con solicitud cuando me fatigaba por el trabajo, sus consejos me renovaban cuando me hallaba sumergido en la tristeza o en la aflicción. Apaciguaba mis emociones, suavizaba mi cólera. Todo lo que de menos agradable me acontecía se lo refería, lo que no podía sostener yo solo, lo soportaba fácilmente apoyándome en él”[1]

 

Será difícil encontrar una descripción, existencial, más perfecta y sincera de lo que es un verdadero amigo, a la medida de Cristo.

         Es proverbial la amistad de Santa Teresa de Jesús con “personas de gran espíritu”. Repite abundantemente lo provechosa que es la amistad con los grandes amigos de Dios. Modelo es su amistad con San Juan de la Cruz, con San Pedro del Alcántara, con su colaboradora incondicional Dña. Guiomar, con el padre Gracián y con tantas otras personas en las que, a lo largo de su denso y no fácil itinerario espiritual, se apoyó firmemente como en “amigos fuertes de Dios”. En el Libro de su Vida, deja constancia de lo que la amistad significaba en su universo espiritual, y de cómo la vivió intensa y fielmente hasta los últimos momentos de su vida. Podríamos decir que Teresa es maestra de amistad, con Dios y con sus hermanos los hombres.

         San Francisco de Sales, hablando confidencialmente de sí mismo, dice: “No hay hombre que posea un corazón más tierno y más abierto a la amistad, o que experimente con más agudeza el dolor de la separación de quienes ama”.

        

Santa Teresa del Niño Jesús nos relata en la “Historia de un alma”: “Al entrar en el Carmelo encontré en el noviciado una compañera que tenía ocho años más que yo; a pesar de la diferencia de edad se entabló entre nosotras una verdadera intimidad. Con el fin de fomentar una amistad que parecía propicia para producir frutos de virtud”[2]

 

 

San Antonio María Claret se hizo rodear de amigos que “compartían su mismo espíritu”. Ellos eran sus confidentes, sus consejeros, sus confesores. Con sencillez evangélica nos describe el “milagro” de una comunidad de amigos que surgió en torno a él en el palacio arzobispal de Santiago de Cuba, cuando era arzobispo. Dice así:

 

“Yo en todos ellos (sus amigos) tenía que aprender, pues que me daban ejemplo de todas las virtudes....

         Nuestra casa era la admiración de cuantos forasteros la visitaban... No podían menos de notar que nuestra casa era como una colmena, que ya salían unos, ya entraban otros, según las disposiciones que daba, todos siempre contentos y alegres. Por manera que los forasteros quedaban asombrados de lo que veían y alababan a Dios. Yo alguna  vez pensaba cómo podría ser aquello, que reinaba tanta paz, tanta alegría, tan buena armonía en tantos sujetos, tan distintos,  y tanto tiempo, y no podía dar otra razón que decir: “Aquí está el Dedo de Dios” (Ex. 8,19)”[3]

 

         Un milagro, eso es la amistad, un signo visible del Amor y la benevolencia de Dios hacia los hombres. Porque la amistad humana es una participación de la Amistad Divina, la misma que une al Padre al Hijo y al Espíritu Santo en un solo corazón, una sola alma y un solo espíritu.Podemos afirmar sin titubeos que no ha habido una persona santa que no haya vivido muy en serio la amistad. De otro modo no podría llamársele tal, dado que la amistad es el alma de la comunión con Dios y por ende de la relación con nuestros semejantes.

Es ciertamente lamentable que experiencia tan humana y divina como es la amistad haya quedado tan arrumbada en el desván de la historia, especialmente en la Europa calvinista, jansenista y puritana de los últimos siglos. Hay que reconocer que, sobre todo desde mediados del siglo XIX hasta la mitad del XX, la amistad fue hondamente devaluada y hasta perseguida. Pero podemos levantar la cabeza y contemplar nuevos signos de los tiempos que nos auguran una nueva aurora de amistad en la Iglesia. A mediados del siglo XX ha empezado  a haber claros en el cielo de la amistad, aunque no está, ni mucho menos, enteramente limpio. Falta aún mucho por hacer.

                  

 

 

 


 

[1] San Elredo de Rievauxl. o.c., nn. 199-208, 147-150

[2] Santa Teresa del Niño Jesús, Historia de un Alma, X, 216

[3] San Antonio María Claret, Autobiografía, nn. 607-609

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