Durante el
siglo que hemos dejado atrás la humanidad ha sido duramente
probada por una interminable y horrenda serie de guerras,
conflictos, genocidios, "limpiezas étnicas", que han causado
indescriptibles sufrimientos: millones y millones de víctimas,
familias y países destruidos; multitudes de prófugos, miserias,
hambre, enfermedades, subdesarrollo y pérdida de ingentes
recursos. En la raíz de tanto sufrimiento hay una lógica de
violencia, alimentada por el deseo de dominar y de explotar a los
demás, por ideologías de poder o de totalitarismo utópico, por
nacionalismos exacerbados o antiguos odios tribales. A veces, a la
violencia brutal y sistemática, orientada hacia el sometimiento o
incluso el exterminio total de regiones y pueblos enteros, ha sido
necesario oponer una resistencia armada.
El siglo XX
nos deja en herencia, sobre todo, una advertencia: unas guerras
a menudo son causa de otra, ya que alimentan odios profundos,
crean situaciones de injusticia y ofenden la dignidad y los
derechos de las personas. En general, además de ser
extraordinariamente dañinas, no resuelven los problemas que las
originan y, por tanto, resultan inútiles. Con la guerra, la
Humanidad es la que siempre pierde. Sólo desde la paz y con la
paz se puede garantizar el respeto de la dignidad de la persona
humana y de sus derechos inalienables.
En el
inicio de un nuevo siglo, la pobreza de miles de millones de
hombres y mujeres es la cuestión que, más que cualquier otra,
interpela nuestra conciencia humana y cristiana. Es aún más
dramática al ser consciente de que los mayores problemas
económicos de nuestro tiempo no dependen de la falta de recursos,
sino del hecho de que a las actuales estructuras económicas,
sociales y culturales les cuesta hacerse cargo de las exigencias
de un auténtico desarrollo.
Es motivo
de esperanza constatar cómo, a pesar de que hay múltiples y graves
obstáculos, se siguen desarrollando día a día iniciativas y
proyectos de paz, con la generosa colaboración de tantas personas.
La paz es un edificio en continua construcción.
El Papa
Juan XXIII en uno de sus últimos discursos se dirigió una vez más
"a los hombres de buena voluntad" para invitarlos a comprometerse
en un programa de paz fundado en el "evangelio de la obediencia a
Dios, de la misericordia y el perdón", y añadía "entonces, sin
ninguna duda, la paloma luminosa de la paz recorrerá su camino,
encendiendo el gozo y derramando la luz y la gracia en el corazón
de los hombres sobre toda la superficie de la tierra, haciéndoles
descubrir, más allá de toda frontera, rostros de hermanos, rostros
de amigos". ¡Que vosotros podáis descubrir rostros de hermanos y
rostros de amigos!
(Juan Pablo
II, Mensaje para la Jornada de la Paz del año 2000)