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ADVIENTO

Un año más la Iglesia nos llama a iniciar nuestra preparación para
el nacimiento de Jesús, el Cristo. Nunca agradeceremos suficiente a
la Iglesia que cada año nos recuerde que toda nuestra, vida en este
mundo, es adviento, preparación y espera esperanzada de la llegada
del Reino de la Paz, de la Justicia, de la Misericordia, de la
Verdad, del Amor.
El Adviento es una llamada del Espíritu a renovar
nuestra fe y confianza en la permanente venida de Dios a los
hombres. Desde la Encarnación del Verbo en el seno de Maria Dios no
ha dejado nunca de venir a nosotros. Viene en cada instante, está a
la puerta de cada corazón, llamando, y si alguien le abre entra en
él y se inicia el banquete del Amor y de la Vida. Dios nunca se
aleja de nosotros, somos nosotros los que nos alejamos de El.
Celebrar el Adviento es pues tomar
conciencia de nuestra situación de pecado y lejanía de la Voluntad
de Dios, levantarse y ponerse en camino al encuentro de Aquel que
está viniendo continuamente. Optar seriamente por abrirse a El y
dejar que su Voluntad entre en nosotros y nos vaya transformando el
corazón, desde dentro, para que nuestra fe y nuestra esperanza sean
coherentes y colaboren con el Señor en la transformación del mundo.
Adviento es abrirse a la Gran Misericordia
del Padre que se nos entrega en “un niño envuelto en pañales y
acostado en un pesebre” (Lc2,12).
Adviento es recibir la Misericordia Divina
y comunicarla a cuantos conviven con nosotros y más allá, hasta
donde podamos llegar.
Adviento es anunciar a los hombres y mujeres,
especialmente a los sufrientes, con nuestras palabras y nuestras
obras, que Dios es Amor y Misericordia. Que Dios vive en medio de
nosotros. Que Dios es la única esperanza del mundo y la única
posibilidad de salvación y de felicidad plena para el hombre.
El verdadero adviento se realiza en nuestro
corazón, ese es el escenario donde Dios quiere encontrarse con el
hombre y el hombre se encuentra con Dios.
Diego
Martínez, Pbro.
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