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AMISTAD, LA
REVOLUCIÓN DE JESÚS
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En una sociedad en la que los lazos
de la sangre tienen un valor sagrado, Jesús apuesta decididamente
por la prioridad del amor de amistad a los lazos de la sangre.
Jesús está pregonando entusiasmado su mensaje en medio de la
muchedumbre que le ha cercado e impide totalmente el acceso a él.
Alguien del público le advierte: “acaban de llegar tus parientes, tu
madre y tus hermanos que quieren verte”. Jesús aprovecha la
oportunidad para proclamar algo que podría parecer escandaloso en
una sociedad en la que los lazos carnales tienen un valor sacral.
“Estos son mi padre, mi madre, mis hermanos –dice Jesús señalando a
los que le escuchan ávidamente-. El que hace la voluntad de mi
Padre, esos son mi madre y mis hermanos” (Mt 12,49-50). Lo que
importa, sobre todo, no es la comunidad de carne y sangre, la
coincidencia en unos rasgos fisiológicos, de unos parecidos
somáticos, el pertenecer a una misma etnia, o un mismo pueblo, tribu
o clan. Para Jesús lo único verdaderamente importante y determinante
en el orden de la relación humana. No es la comunidad de la carne
sino la comunidad del espíritu lo que importa, la comunión de
sentimientos y afectos, el tener un alma común, el participar del
mismo espíritu del Señor.
¡Contundente Jesús! ¿Cómo no iban a significar más para Jesús sus
seguidores que los parientes que “le consideraban un loco” (Mc
3,21), y que de ninguna manera creían en El?(Jn 7,5).
“Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te
amamantaron”, grita entusiasmada una aldeana en medio de la
multitud; pero Jesús le replica: “Bienaventurados más bien los que
escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,28).
María la madre de Jesús, es “la bendita entre todas las mujeres”.
Jesús se siente profundamente ligado a ella, pero no tanto por los
lazos de la carne, sino por la íntima comunión espiritual que les
une. María es bienaventurada “porque escucha la palabra del Maestro
y la pone en práctica”. “Su madre conservaba todas estas cosas en el
corazón” (Lc 2,51). Para Jesús ni los lazos maternales, tan sagrados
siempre, significan nada frente al valor de la relación cordial
entre amigos.
El maestro advierte a sus seguidores que su seguimiento puede
acarrearles conflictos familiares, rupturas dolorosas. Los
evangelistas se refieren a ellos cuando ya han tenido lugar. A causa
de la opción por él, los propios familiares se convertirán en
enemigos: “Se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el
padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la nuera
contra la suegra y la suegra contra la nuera” (Lc 12,53). ¿Se
quedarán entonces sin familia, al descampado, en absoluta orfandad?
San Pedro recuerda a su Maestro, a propósito de la advertencia de
Jesús sobre la dificultad que tienen los ricos para salvarse:
“Maestro, mira, nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te
hemos seguido” (Lc 18,28). A ello responde Jesús: “Os lo aseguro: No
hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o
padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, que no reciba
ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y
madre e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura la
vida eterna” (Mc 10,29-30)
Jesús habla de la nueva familia que cuando escriben los evangelistas
ya está formada también por algunos que han sido desechados por la
familia carnal por su pertenencia a la “nueva secta”, absurda y
peligrosa para ellos, como Jesús mismo fue desechado por sus propios
familiares como hombre que había perdido el sentido y desvariaba con
locuras mesiánicas.
En la nueva familia, formada por personas vinculadas no por lazos de
carne y sangre sino de fe, todos se sienten hermanos según la
indicación de Jesús: “Todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8); las
personas mayores son como padres y madres para los demás y los otros
como hermanos según indica Pablo a Timoteo (1Tim 5,1-2). De este
modo se cumple ya en esta vida la promesa mesiánica de Jesús. Quien
dejó algunos hermanos, encuentra muchos más.
El evangelista Lucas presenta a la comunidad de Jerusalén como una
verdadera familia en la que todos forman “un solo corazón y una sola
alma” (He 4,32). Hay un parentesco carnal y un parentesco
psicológico; en el primero, los parientes comparten, tienen en común
unos caracteres morfológicos, hereditarios a nivel somático
provenientes de la pertenencia al mismo árbol genealógico; en el
segundo comparten unas mismas características espirituales y
psicológicas, fruto de las opciones personales que les llevan a
tener una especie de alma gemela. Este parentesco, por supuesto, es
el más vital y decisivo para la existencia.
En los grupos, tanto matrimoniales como de otras clases, constatamos
a diario que numerosas parejas y personas se sienten más vinculadas,
tienen más confidencias y cuentan con más confianza con los otros
miembros del grupo al que pertenecen que con los propios hermanos o
sobrinos. Los ejemplos que yo podría citar serían interminables. A
la hora de tender una mano para atender a un enfermo, a la hora de
pedir algún favor o incluso dinero en caso de apuro, cuentan más los
amigos que los familiares, a veces incluso que los mismos padres.
Numerosas veces oigo en los diversos grupos que animo: “Vosotros
sois para mí mi familia”. Así es como también en nuestros días tiene
cabal cumplimiento la promesa de Jesús a los que le siguen.
El mismo refranero refrenda esta experiencia tan frecuente. Y así
dice un proverbio árabe: “Se puede vivir sin un hermano, pero no si
un amigo”. Y un proverbio africano: “Más vale un amigo que un
hermano”. El hermano te puede dejar en la estacada, el amigo
verdadero jamás.
“No hay mejor pariente que un buen amigo”, sentencia un refrán
español. Y otro: “Hará por ti la amistad lo que la sangre no hará”.
Un aforismo oriental asegura: “Más vale un amigo en la aldea que
dieciséis hermanos en la corte”.
Como conclusión de lo dicho hasta ahora podemos afirmar que: más
vale la amistad sin lazos de sangre que la sangre sin lazos de
amistad. Pero la más fuerte amistad es la que está atada con los dos
vínculos, como en el caso de Jesús y su madre María; como en el caso
de san Agustín y su madre santa Mónica; como en el caso de los
hermanos san Benito y santa Escolástica. Pero el parentesco más
fuerte les venía por ser amigos. Sin duda, para Cristo el pariente
más próximo es el amigo. Porque “No hay amor más grande (ni el de
padres-hijos, ni el de hermanos y parientes) que aquel que da la
vida por sus amigos” (Jn 15, 13-14) Esta fue y sigue siendo aún, dos
mil dos años después, una gran revolución que Jesús, de parte de
Dios Padre, introduce en el orden de las relaciones y los afectos
humanos. |