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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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AMISTAD, LA REVOLUCIÓN DE JESÚS

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            En una sociedad en la que los lazos de la sangre tienen un valor sagrado, Jesús apuesta decididamente por la prioridad del amor de amistad a los lazos de la sangre.

         Jesús está pregonando entusiasmado su mensaje en medio de la muchedumbre que le ha cercado e impide totalmente el acceso a él. Alguien del público le advierte: “acaban de llegar tus parientes, tu madre y tus hermanos que quieren verte”. Jesús aprovecha la oportunidad para proclamar algo que podría parecer escandaloso en una sociedad en la que los lazos carnales tienen un valor sacral. “Estos son mi padre, mi madre, mis hermanos –dice Jesús señalando a los que le escuchan ávidamente-.  El que hace la voluntad de mi Padre, esos son mi madre y mis hermanos” (Mt 12,49-50). Lo que importa, sobre todo, no es la comunidad de carne y sangre, la coincidencia en unos rasgos fisiológicos, de unos parecidos somáticos, el pertenecer a una misma etnia, o un mismo pueblo, tribu o clan. Para Jesús lo único verdaderamente importante y determinante en el orden de la relación humana. No es la comunidad de la carne sino la comunidad del espíritu lo que importa, la comunión de sentimientos y afectos, el tener un alma común, el participar del mismo espíritu del Señor.

         ¡Contundente Jesús! ¿Cómo no iban a significar más para Jesús sus seguidores que los parientes que “le consideraban un loco” (Mc 3,21), y que de ninguna manera creían en El?(Jn 7,5).

         “Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”, grita entusiasmada una aldeana en medio de la multitud; pero Jesús le replica: “Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 11,28).

         María la madre de Jesús, es “la bendita entre todas las mujeres”. Jesús se siente profundamente ligado a ella, pero no tanto por los lazos de la carne, sino por la íntima comunión espiritual que les une. María es bienaventurada “porque escucha la palabra del Maestro y la pone en práctica”. “Su madre conservaba todas estas cosas en el corazón” (Lc 2,51). Para Jesús ni los lazos maternales, tan sagrados siempre, significan nada frente al valor de la relación cordial entre amigos.

         El maestro advierte a sus seguidores que su seguimiento puede acarrearles conflictos familiares, rupturas dolorosas. Los evangelistas se refieren a ellos cuando ya han tenido lugar. A causa de la opción por él, los propios familiares se convertirán en enemigos: “Se dividirán el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la nuera contra la suegra y la suegra contra la nuera” (Lc 12,53). ¿Se quedarán entonces sin familia, al descampado, en absoluta orfandad?

         San Pedro recuerda a su Maestro, a propósito de la advertencia de Jesús sobre la dificultad que tienen los ricos para salvarse: “Maestro, mira, nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido” (Lc 18,28). A ello responde Jesús: “Os lo aseguro: No hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madre e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura la vida eterna” (Mc 10,29-30)

         Jesús habla de la nueva familia que cuando escriben los evangelistas ya está formada también por algunos que han sido desechados por la familia carnal por su pertenencia a la “nueva secta”, absurda y peligrosa para ellos, como Jesús mismo fue desechado por sus propios familiares como hombre que había perdido el sentido y desvariaba con locuras mesiánicas.

         En la nueva familia, formada por personas vinculadas no por lazos de carne y sangre sino de fe, todos se sienten hermanos según la indicación de Jesús: “Todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8); las personas mayores son como padres y madres para los demás y los otros como hermanos según indica Pablo a Timoteo (1Tim 5,1-2). De este modo se cumple ya en esta vida la promesa mesiánica de Jesús. Quien dejó algunos hermanos, encuentra muchos más.

         El evangelista Lucas presenta a la comunidad de Jerusalén como una verdadera familia en la que todos forman “un solo corazón y una sola alma” (He 4,32). Hay un parentesco carnal y un parentesco psicológico; en el primero, los parientes comparten, tienen en común unos caracteres morfológicos, hereditarios a nivel somático provenientes de la pertenencia al mismo árbol genealógico; en el segundo comparten unas mismas características espirituales y psicológicas, fruto de las opciones personales que les llevan a tener una especie de alma gemela. Este parentesco, por supuesto, es el más vital y decisivo para la existencia.

         En los grupos, tanto matrimoniales como de otras clases, constatamos a diario que numerosas parejas y personas se sienten más vinculadas, tienen más confidencias y cuentan con más confianza con los otros miembros del grupo al que pertenecen que con los propios hermanos o sobrinos. Los ejemplos que yo podría citar serían interminables. A la hora de tender una mano para atender a un enfermo, a la hora de pedir algún favor o incluso dinero en caso de apuro, cuentan más los amigos que los familiares, a veces incluso que los mismos padres. Numerosas veces oigo en los diversos grupos que animo: “Vosotros sois para mí mi familia”. Así es como también en nuestros días tiene cabal cumplimiento la promesa de Jesús a los que le siguen.

         El mismo refranero refrenda esta experiencia tan frecuente. Y así dice un proverbio árabe: “Se puede vivir sin un hermano, pero no si un amigo”. Y un proverbio africano: “Más  vale un amigo que un hermano”. El hermano te puede dejar en la estacada, el amigo verdadero jamás.

         “No hay mejor pariente que un buen amigo”, sentencia un refrán español. Y otro: “Hará por ti la amistad lo que la sangre no hará”. Un aforismo oriental asegura: “Más vale un amigo en la aldea que dieciséis hermanos en la corte”.

         Como conclusión de lo dicho hasta ahora podemos afirmar que: más vale la amistad sin lazos de sangre que la sangre sin lazos de amistad. Pero la más fuerte amistad es la que está atada con los dos vínculos, como en el caso de Jesús y su madre María; como en el caso de san Agustín y su madre santa Mónica; como en el caso de los hermanos san Benito y santa Escolástica. Pero el parentesco más fuerte les venía por ser amigos. Sin duda, para Cristo el pariente más próximo es el amigo. Porque “No hay amor más grande (ni el de padres-hijos, ni el de hermanos y parientes) que aquel que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13-14) Esta fue y sigue siendo aún, dos mil dos años después, una gran revolución que Jesús, de parte de Dios Padre, introduce en el orden de las relaciones y los afectos humanos.

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