|
ESTIMA Y PREDILECCIÓN EN LA AMISTAD

Para
que la amistad sea sólida se necesita que se fundamente en la
mutua estima. No se puede ser amigo de nadie por compasión. Esto
sería beneficencia o benevolencia. Solo de la estima recíproca puede
hacer la confianza y la confidencia. La estima origina la
admiración, el perfume de la amistad.
Naturalmente la estimación
se refiere a los valores más profundos del otro en cuanto persona, y
no al éxito que pueda haber alcanzado o el grado al que haya llegado
dentro de una jerarquía. Según Sócrates, “si dos personas no se
valoran uno a otra en mucho, no podrán llegar a ser amigos”. La
relación amistosa supone reciprocidad: nadie contre amistad con
nadie con la sola finalidad de dar. La amistad supone un
enriquecimiento mutuo; si no sería una relación de bienhechor a
beneficiado.
La estima no es ceguera
sino agudeza de visión. El amigo ve, gracias al amor, lo que otros
no ven por indiferencia, por distracción. El amigo, el verdadero
amigo, no se engaña, juzga con equidad.
La confianza mutua hace
milagros. Aquel en quien confiamos se siente fuertemente obligado
por nuestra confianza y por el deseo de no defraudar. Al que se le
toma en serio termina siendo serio.
La amistad supone
naturalmente, preferencia, supone un amor preferente; supone no sólo
“dilección” (amor) sino (amor de predilección). El corazón humano
necesita ser muy importante para alguien. Tenemos necesidad de
sentirnos amados por alguien más que cualquiera. También aquí se
cumple, a nivel psicológico, la exigencia matrimonial. No es
cuestión de celos, por supuesto. No es cuestión de un amor
excluyente, pero sí preferente.
Saint-Exupéry lo dijo
maravillosamente en El Principito.
“-No eres de aquí –dijo el zorro al
Principito- ¿Qué buscas?
-Busco amigos –dijo el Principito-
¿Qué significa “domesticar”?
-Es una cosa demasiado olvidada
–dijo el zorro- Significa “crear lazos”
-¿Crear lazos?
-Sí –dijo el zorro- Para mí no eres
todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y
no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un
zorro semejante a cien mil zorros. Pero si me domesticas, tendremos
necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré
para ti único en el mundo…
-Empiezo a comprender –dijo el
Principito- Hay una flor… Creo que me ha domesticado…
El zorro calló y miró largo
tiempo al Principito:
-¡Por favor… domestícame! –dijo
-Bien quisiera -respondió el
principito- Pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y
conocer muchas cosas.
-Solo se conocen las cosas que se
domestican –dijo el zorro- Los hombres ya no tienen tiempo de
conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no
existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos (…) Si
quieres un amigo, ¡domestícame!
El Principito se fue a ver
nuevamente las rosas;
-No sois en absoluto parecidas a mi
rosa: no sois nada aún –les dijo- Nadie os ha domesticado y no
habéis domesticado a nadie. Sois como era mi zorro. No era más que
un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo le hice mi amigo y
ahora es único en el mundo para mí..
Y las rosas se sintieron
bien molestas.” |