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-------------------------------  Actualizado el martes 06 de julio de 2004   --------------------------

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Saber renunciar para poder amar

Hay personas que quieren todo y no renuncian a nada. Dicha actitud se presenta en aquellas personas que desde su niñez han sido acostumbradas a no renunciar a nada. Es el caso en que los padres no han sabido negarle nada al niño. Nunca fueron capaces de decirle “no”. Esta actitud tiene consecuencias desastrosas para la vida posterior del niño. El niño mimado en exceso pretenderá siempre que el ambiente que lo rodea sea una especie de cuna materna. Ello crea actividades antinómicas en la vida de la persona adulta: ésta quiere gozar de las ventajas de la familia, pero a la vez, pretende la libertad de la vida de soltero; quiere ser atendida en todo orden de cosas, pero no realiza esfuerzo alguno para hacer agradable la vida a los demás y mucho menos para agradecer lo recibido, los otros, piensa, tienen obligación de darle todo lo que pide, porque a él “le apetece” y como a él “le apetece”, a costa de lo que sea. Esta actitud es profundamente egoísta y egocéntrica y un grave desorden moral.


Ahora bien, la capacidad de renunciar es indispensable para poder comprender a los demás. Y la comprensión de los demás es imprescindible para una convivencia armónica. pacífica y humanizadora. Esta comprensión es imprescindible y necesaria en el seno de la familia, primera célula humana que es fuente y origen de la sociedad. Y ésta la forman el esposo, la esposa y los hijos. La actitud de renuncia la aprenden los hijos de los padres, ellos son sus modelos y sus espejos en todo y para todo. De ellos depende que ese gran valor humano, necesario para la convivencia, se instale en los hijos. Pero detectamos que es demasiado frecuente la situación insolidaridad y utilización del otro en beneficio propio, por parte de los esposos. Situaciones de incomprensión, de incomunicación y egoísmo en los padres suelen ser la principal causa de que los hijos se vayan cerrando en sí mimos y viva de espaldas a los demás, pero a costa de ellos.


La relación matrimonial surge del encuentro del “yo” con el “tú” para formar un “nosotros”. Esta fusión del yo con el tú no significa de ninguna manera la pérdida de la personalidad. Ello denota sólo una forma nueva de ser. El “nosotros” exige necesariamente la mutua comprensión que implica a su vez, la capacidad de renunciar a algo suyo para ganar otra cosa que, en este caso, es el crecimiento mutuo, a través del cultivo del auténtico amor. Para ello, el hombre debe conocer la psicología de la mujer y ésta otro tanto con respecto al hombre. En efecto, la psicología de la mujer es muy diferente a la del hombre. La mujer aprecia, juzga, siente, se emociona, etc., en forma muy peculiar. Dada su estructura orgánica, esta se proyecta a sus vivencias psicológicas que cambian periódicamente. Pretender formar a la mujer por parte de su marido a su imagen y semejanza equivale a destruir lo más valioso que la mujer posee. Tampoco la mujer puede pretender formar al hombre a su imagen, pues en este caso transformaría a un hombre viril en un afeminado.


¡Cuantos matrimonios fracasan por desconocerse mutuamente! El auténtico conocimiento lleva a la comprensión y esta a la armonía.


El secreto consiste en saber ceder, es decir, renunciar a algo para ganar otra cosa. No puede haber verdadera intimidad entre los amigos si no hay verdadera comprensión del uno hacia el otro. Y no solo en las grandes cosas sino en los pequeños detalles del vivir diario. La vida real desenvuelve entre las cosas pequeñas... Y son ellas las que hacen agradable la vida. Además, las personas que está acostumbrada a renunciar en cosas pequeñas, cuando aparecen problemas graves los encara con la misma entereza. La comprensión entre los esposos, a su vez, engendra un ambiente agradable, el mejor caldo de cultivo para el desarrollo de los hijos.
 

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