Hay personas que quieren
todo y no renuncian a nada. Dicha actitud se presenta en aquellas
personas que desde su niñez han sido acostumbradas a no renunciar a
nada. Es el caso en que los padres no han sabido negarle nada al
niño. Nunca fueron capaces de decirle “no”. Esta actitud tiene
consecuencias desastrosas para la vida posterior del niño. El niño
mimado en exceso pretenderá siempre que el ambiente que lo rodea sea
una especie de cuna materna. Ello crea actividades antinómicas en la
vida de la persona adulta: ésta quiere gozar de las ventajas de la
familia, pero a la vez, pretende la libertad de la vida de soltero;
quiere ser atendida en todo orden de cosas, pero no realiza esfuerzo
alguno para hacer agradable la vida a los demás y mucho menos para
agradecer lo recibido, los otros, piensa, tienen obligación de darle
todo lo que pide, porque a él “le apetece” y como a él “le apetece”,
a costa de lo que sea. Esta actitud es profundamente egoísta y
egocéntrica y un grave desorden moral.
Ahora bien, la capacidad de renunciar es indispensable para poder
comprender a los demás. Y la comprensión de los demás es
imprescindible para una convivencia armónica. pacífica y
humanizadora. Esta comprensión es imprescindible y necesaria en el
seno de la familia, primera célula humana que es fuente y origen de
la sociedad. Y ésta la forman el esposo, la esposa y los hijos. La
actitud de renuncia la aprenden los hijos de los padres, ellos son
sus modelos y sus espejos en todo y para todo. De ellos depende que
ese gran valor humano, necesario para la convivencia, se instale en
los hijos. Pero detectamos que es demasiado frecuente la situación
insolidaridad y utilización del otro en beneficio propio, por parte
de los esposos. Situaciones de incomprensión, de incomunicación y
egoísmo en los padres suelen ser la principal causa de que los hijos
se vayan cerrando en sí mimos y viva de espaldas a los demás, pero a
costa de ellos.
La relación matrimonial surge del encuentro del “yo” con el “tú”
para formar un “nosotros”. Esta fusión del yo con el tú no significa
de ninguna manera la pérdida de la personalidad. Ello denota sólo
una forma nueva de ser. El “nosotros” exige necesariamente la mutua
comprensión que implica a su vez, la capacidad de renunciar a algo
suyo para ganar otra cosa que, en este caso, es el crecimiento
mutuo, a través del cultivo del auténtico amor. Para ello, el hombre
debe conocer la psicología de la mujer y ésta otro tanto con
respecto al hombre. En efecto, la psicología de la mujer es muy
diferente a la del hombre. La mujer aprecia, juzga, siente, se
emociona, etc., en forma muy peculiar. Dada su estructura orgánica,
esta se proyecta a sus vivencias psicológicas que cambian
periódicamente. Pretender formar a la mujer por parte de su marido a
su imagen y semejanza equivale a destruir lo más valioso que la
mujer posee. Tampoco la mujer puede pretender formar al hombre a su
imagen, pues en este caso transformaría a un hombre viril en un
afeminado.
¡Cuantos matrimonios fracasan por desconocerse mutuamente! El
auténtico conocimiento lleva a la comprensión y esta a la armonía.
El secreto consiste en saber ceder, es decir, renunciar a algo para
ganar otra cosa. No puede haber verdadera intimidad entre los amigos
si no hay verdadera comprensión del uno hacia el otro. Y no solo en
las grandes cosas sino en los pequeños detalles del vivir diario. La
vida real desenvuelve entre las cosas pequeñas... Y son ellas las
que hacen agradable la vida. Además, las personas que está
acostumbrada a renunciar en cosas pequeñas, cuando aparecen
problemas graves los encara con la misma entereza. La comprensión
entre los esposos, a su vez, engendra un ambiente agradable, el
mejor caldo de cultivo para el desarrollo de los hijos.