Jesús
irrumpe con una pregunta directa a sus adversarios, que no es fácil
de responder:
"¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si
pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto
y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra?" Lc. 15,4
La pregunta es un flecha directa que define
la intención de la parábola. El personaje con el cual hemos de
identificarnos no es la oveja descarriada, sino el pastor que
abandona las otras para rescatar a la extraviada. ¿Por qué tanto en
las predicaciones como en las homilías se insiste en revestirnos con
la piel de la oveja rebelde, en vez de tomar el báculo del pastor
para emprender la búsqueda de la oveja que le falta?.
Definitivamente el protagonista de esta escena no es el ovino
furtivo, sino el pastor que arriesga lo inaudito. En vez de llamar a
esta parábola "La oveja perdida", podríamos bautizarla como "El
pastor temerario".
Jesús está retando a los sabios Escribas y
estrictos Fariseos que nunca se han extraviado, que no pueden
permanecer tranquilos con las mansas ovejas y dóciles corderos, sino
que han de desafiar los desiertos para encontrar la oveja en
peligro. Veamos cómo sucedieron las cosas.
Fue un pequeño descuido del pastor, cierto,
porque él no quería perder a ninguna oveja. Diariamente se esforzaba
y velaba para que todas y cada una comieran. Las protegía del lobo y
las llevaba a los prados de fresca hierba. Era responsable. No
cualquier pastor era capaz de cuidar tantas ovejas. Sin embargo, en
un instante, la oveja número cien decidió apartarse de las demás y
se alejó por el inhóspito desierto donde no hay caminos, y abundan
los peligros inesperados.
Por qué se apartó del rebaño permanece en el
misterio, pero por qué se alejó del pastor es la clave del relato.
Sus motivos tuvo. Tal vez no se sentía amada de forma individual,
sino considerada un simple número. Era la oveja número cien. Cuando
no experimentamos el amor, nos apartamos para provocar un trato
especial y diferente, aunque nos refugiemos en el asilo de la
soledad o junto a los peligrosos barrancos.
En cuando el pastor se da cuenta que falta
una oveja, atisba el horizonte por los cuatros puntos cardinales,
tratando de intuir qué rumbo pudo haber tomado aquella oveja
sedienta de independencia. Entonces surge su carácter temerario.
Abandona imprudentemente a las noventa y nueve para ir a buscar la
oveja que se está jugando la vida. Sus matemáticas no siguen el
patrón capitalista donde la cantidad es lo que cuenta. Para el
pastor esa oveja descarriada es más importante que las otras noventa
y nueve.
El pastor tomó la decisión de no regresar por
las otras noventa y nueve "hasta traer consigo la oveja extraviada.
Para mí, la palabra clave de esta parábola es la proposición
"hasta". Es decir, o si ese día no la encontrase, dejaría expuestas
toda la noche a las otras noventa y nueve. Y si no la halla en una
semana, en tres o seis meses, no regresará por las otras ovejas.
La oveja estaba asustada. Tal vez golpeada y
arañada por las zarzas del desierto. Ciertamente angustiada, balando
sin que nadie sus gemidos oyera. Si ninguno la ayudaba, ella no
podía salvarse por sí misma. Había sufrido una terrible soledad y un
largo aislamiento. No había perdido el camino, porque en el desierto
no hay camino, sino algo todavía peor: la capacidad de regresar.
Estaba en una situación extrema, pues no lograba salir de su
laberinto por sí misma.
"Y cuando la encuentra, la pone contento
sobre sus hombros" Lc. 15, 4
Una vez que el pastor da con la oveja, no la
regaña ni le echa en cara su desobediencia. No la castiga ni la hace
sentir culpable. Tampoco es el momento de la corrección ni le
muestra todo lo que está arriesgando por ella y que por su
imprudencia se le pueden perder las otras noventa y nueve.
Simplemente la pone sobre sus hombres y alegre y contento comienza
el camino de retorno. La carga sobre su espalda rodeando su cuello,
y con sus mejillas le va haciendo caricias.
Esta oveja ya no se puede escapar. No porque
el pastor la tenga cogida por las patas, sino porque ahora se
siente amada de manera singular. El pastor la ha valorado y
le ha dado un tratamiento especial. Nos sentimos amados cuando se
nos hace sentir que somos únicos e irrepetibles y que nadie puede
ocupar nuestro lugar.
La oveja rescatada de ahora en adelante
será distinta a las demás. Todo el rebaño la envidia porque el
pastor fue capaz de arriesgar tanto por ella. Y cuando en los prados
de fresca hierba el zagal levante su cabeza para revisar su grey, a
la primera que procurará será aquella que un día provocó tantos
riesgos. Por su parte, ella ya no tiene la necesidad de llamar la
atención para ser valorada. Ya no es la oveja número cien, sino la
única que fue cargada en los hombros del pastor.
"Y llegando a casa, convoca a los amigos y
vecinos, y les dice: Alegraos conmigo, porque he hallado la
oveja que se me había perdido" Lc. 15, 6.
Cuando el pastor regresa a casa convoca a sus
amigos para que se alegren con él por la oveja encontrada. Es
significativo que no festeja que a pesar de su ausencia no se le
perdieron las noventa y nueve, sino el rescate de la extraviada. El
motivo de su alegría es el hallazgo de la oveja.
Es curioso que Jesús no está identificando
al pastor con Dios, ni consigo mismo, sino que lo propone como
modelo para quienes tienen una responsabilidad con los demás. No
pueden permanecer pasivos, sentados delante del dócil rebaño, sino
que han de tomar la decisión de arriesgar todo con tal de rescatar a
quienes no están en el rebaño. Con estas anotaciones resuena aún más
desafiante su pregunta: ¿Quién de vosotros es capaz de arriesgar
tanto por una oveja perdida?
El ideal cristiano no es ser una oveja
encontrada por el pastor. Esto es sólo el inicio, el primer paso. La
meta es reproducir el atrevimiento del pastor. La intención
propuesta por Jesús en esta parábola no es identificarnos con la
oveja perdida, la cual por sí misma no fue capaz sino de perderse.
Mucho menos nos invita a asemejarnos a las otra noventa y nueve tan
obedientes que ni siquiera pensaron en vagar por el desierto,
aprovechando la ausencia del pastor. No. El modelo a imitar es la
osadia del pastor que se atrevió a tanto por una sola oveja:
¿Nosotros cargaríamos sobre nuestras espaldas el peso de los
extravíos de los demás?
"Habrá más alegría en el cielo por un solo
pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no
tengan necesidad de conversión". Lc. 15, 7.
Este versículo me plantea una incógnita que
no logro despejar: ¿Quién se convirtió?. Ciertamente la oveja no fue
capaz de volver al rebaño. Ella agotó todas sus fuerzas cuando se
alejó y le era imposible el retorno. Ni siquiera volvió caminando,
sino en los hombros del pastor. Por su parte, el pastor tuvo que
cambiar radicalmente. ¿No será más lógico hablar de una nueva
actitud del pastor? ¿El Cielo se puede alegrar por una oveja que no
puede regresar más que por un pastor que fue capaz de convertir a la
oveja número cien en una oveja amada? El zagal, acostumbrado a estar
sentado, tal vez tocando la flauta, ha sufrido un cambio
radical. De ahora en adelante las ovejas saben que cuentan con un
pastor temerario que no dudará en arriesgar todo el rebaño con tal
de rescatar a alguna de ellas.
La intención de la pregunta de Jesús
permanece: ¿Nosotros somos capaces de hacer lo mismo para rescatar
la oveja perdida? ¿Somos tan temerarios de provocar una gran fiesta
todos los días en los Cielos?