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-------------------------------  Actualizado el miércoles 07 de julio de 2004   --------------------------

"ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO"

El Pastor que busca a la oveja 100

    Jesús irrumpe con una pregunta directa a sus adversarios, que no es fácil de responder:

"¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra?" Lc. 15,4

    La pregunta es un flecha directa que define la intención de la parábola. El personaje con el cual hemos de identificarnos no es la oveja descarriada, sino el pastor que abandona las otras para rescatar a la extraviada. ¿Por qué tanto en las predicaciones como en las homilías se insiste en revestirnos con la piel de la oveja rebelde, en vez de tomar el báculo del pastor para emprender la búsqueda de la oveja que le falta?. Definitivamente el protagonista de esta escena no es el ovino furtivo, sino el pastor que arriesga lo inaudito. En vez de llamar a esta parábola "La oveja perdida", podríamos bautizarla como "El pastor temerario".

     Jesús está retando a los sabios Escribas y estrictos Fariseos que nunca se han extraviado, que no pueden permanecer tranquilos con las mansas ovejas y dóciles corderos, sino que han de desafiar los desiertos para encontrar la oveja en peligro. Veamos cómo sucedieron las cosas.

     Fue un pequeño descuido del pastor, cierto, porque él no quería perder a ninguna oveja. Diariamente se esforzaba y velaba para que todas y cada una comieran. Las protegía del lobo y las llevaba a los prados de fresca hierba. Era responsable. No cualquier pastor era capaz de cuidar tantas ovejas. Sin embargo, en un instante, la oveja número cien decidió apartarse de las demás y se alejó por el inhóspito desierto donde no hay caminos, y abundan los peligros inesperados.

     Por qué se apartó del rebaño permanece en el misterio, pero por qué se alejó del pastor es la clave del relato. Sus motivos tuvo. Tal vez no se sentía amada de forma individual, sino considerada un simple número. Era la oveja número cien. Cuando no experimentamos el amor, nos apartamos para provocar un trato especial y diferente, aunque nos refugiemos en el asilo de la soledad o junto a los peligrosos barrancos.

     En cuando el pastor se da cuenta que falta una oveja, atisba el horizonte por los cuatros puntos cardinales, tratando de intuir qué rumbo pudo haber tomado aquella oveja sedienta de independencia. Entonces surge su carácter temerario. Abandona imprudentemente a las noventa y nueve para ir a buscar la oveja que se está jugando la vida. Sus matemáticas no siguen el patrón capitalista donde la cantidad es lo que cuenta. Para el pastor esa oveja descarriada es más importante que las otras noventa y nueve.

     Deja materialmente las noventa y nueve en el desierto. Ni siquiera se toma la molestia de encerrarlas en el aprisco o encargarlas a otro pastor. Para él vale tanto rescatar a tiempo la oveja en peligro, que corre el riesgo de abandonar a las otras en medio del desierto, sufriendo las inclemencias del tiempo y los imprevisibles peligros de las fieras salvajes. Y lo peor, si estando él al cuidado del rebaño se le extravió una oveja; con su ausencia, se le pueden perder todas. Definitivamente su actitud parece demasiado imprudente. La situación se agrava si respondemos a las siguientes preguntas: ¿Cuál oveja se perdió, la lista o la tonta, la que seguía la ley del regaño o la que tenía criterios independientes, la obediente o la desobediente? ¿Valía la pena arriesgar las buenas por culpa de la rebelde? ¿No sería oportuno aprovechar la ocasión para que las demás aprendieran la lección y jamás intentaran imitarla?

El pastor tomó la decisión de no regresar por las otras noventa y nueve "hasta traer consigo la oveja extraviada. Para mí, la palabra clave de esta parábola es la proposición "hasta". Es decir, o si ese día no la encontrase, dejaría expuestas toda la noche a las otras noventa y nueve. Y si no la halla en una semana, en tres o seis meses, no regresará por las otras ovejas.

     La oveja estaba asustada. Tal vez golpeada y arañada por las zarzas del desierto. Ciertamente angustiada, balando sin que nadie sus gemidos oyera. Si ninguno la ayudaba, ella no podía salvarse por sí misma. Había sufrido una terrible soledad y un largo aislamiento. No había perdido el camino, porque en el desierto no hay camino, sino algo todavía peor: la capacidad de regresar. Estaba en una situación extrema, pues no lograba salir de su laberinto por sí misma. 

"Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros" Lc. 15, 4

    Una vez que el pastor da con la oveja, no la regaña ni le echa en cara su desobediencia. No la castiga ni la hace sentir culpable. Tampoco es el momento de la corrección ni le muestra todo lo que está arriesgando por ella y que por su imprudencia se le pueden perder las otras noventa y nueve. Simplemente la pone sobre sus hombres y alegre y contento comienza el camino de retorno. La carga sobre su espalda rodeando su cuello, y con sus mejillas le va haciendo caricias.

     Esta oveja ya no se puede escapar. No porque el pastor la tenga cogida por las patas, sino porque ahora se siente amada de manera singular. El pastor la ha valorado y le ha dado un tratamiento especial. Nos sentimos amados cuando se nos hace sentir que somos únicos e irrepetibles y que nadie puede ocupar nuestro lugar.

     La oveja rescatada de ahora en adelante será distinta a las demás. Todo el rebaño la envidia porque el pastor fue capaz de arriesgar tanto por ella. Y cuando en los prados de fresca hierba el zagal levante su cabeza para revisar su grey, a la primera que procurará será aquella que un día provocó tantos riesgos. Por su parte, ella ya no tiene la necesidad de llamar la atención para ser valorada. Ya no es la oveja número cien, sino la única que fue cargada en los hombros del pastor.

"Y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido" Lc. 15, 6.

    Cuando el pastor regresa a casa convoca a sus amigos para que se alegren con él por la oveja encontrada. Es significativo que no festeja que a pesar de su ausencia no se le perdieron las noventa y nueve, sino el rescate de la extraviada. El motivo de su alegría es el hallazgo de la oveja.

     Es curioso que Jesús no está identificando al pastor con Dios, ni consigo mismo, sino que lo propone como modelo para quienes tienen una responsabilidad con los demás. No pueden permanecer pasivos, sentados delante del dócil rebaño, sino que han de tomar la decisión de arriesgar todo con tal de rescatar a quienes no están en el rebaño. Con estas anotaciones resuena aún más desafiante su pregunta: ¿Quién de vosotros es capaz de arriesgar tanto por una oveja perdida?

     El ideal cristiano no es ser una oveja encontrada por el pastor. Esto es sólo el inicio, el primer paso. La meta es reproducir el atrevimiento del pastor. La intención propuesta por Jesús en esta parábola no es identificarnos con la oveja perdida, la cual por sí misma no fue capaz sino de perderse. Mucho menos nos invita a asemejarnos a las otra noventa y nueve tan obedientes que ni siquiera pensaron en vagar por el desierto, aprovechando la ausencia del pastor. No. El modelo a imitar es la osadia del pastor que se atrevió a tanto por una sola oveja: ¿Nosotros cargaríamos sobre nuestras espaldas el peso de los extravíos de los demás? 

"Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión". Lc. 15, 7.

    Este versículo me plantea una incógnita que no logro despejar: ¿Quién se convirtió?. Ciertamente la oveja no fue capaz de volver al rebaño. Ella agotó todas sus fuerzas cuando se alejó y le era imposible el retorno. Ni siquiera volvió caminando, sino en los hombros del pastor. Por su parte, el pastor tuvo que cambiar radicalmente. ¿No será más lógico hablar de una nueva actitud del pastor? ¿El Cielo se puede alegrar por una oveja que no puede regresar más que por un pastor que fue capaz de convertir a la oveja número cien en una oveja amada? El zagal, acostumbrado a estar sentado, tal vez tocando la flauta, ha sufrido un cambio radical. De ahora en adelante las ovejas saben que cuentan con un pastor temerario que no dudará en arriesgar todo el rebaño con tal de rescatar a alguna de ellas.

     La intención de la pregunta de Jesús permanece: ¿Nosotros somos capaces de hacer lo mismo para rescatar la oveja perdida? ¿Somos tan temerarios de provocar una gran fiesta todos los días en los Cielos?

 

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