|
«Oración del soldado desconocido»

¿Me oyes, Dios mío?
Yo nunca jamás he hablado contigo,
pero hoy quiero saludarte.
Tú sabes que desde mi infancia
me han dicho que Tú no existías,
y yo fui tan bruto que me lo creí.
Yo nunca me había dado cuenta
de la hermosura de tu creación.
Hoy, de repente,
al ver las profundidades del firmamento,
al ver ese cielo estrellado encima de mí,
se me han abierto los ojos.
Maravillado, comprendí su luz.
¿Cómo he podido vivir tan cruelmente engañado?
Yo no sé, Señor, si Tú me tiendes la mano,
pero yo te confío este milagro y Tú me vas a
entender:
En lo más hondo de este terrible infierno,
la luz ha brotado en mí y yo te he visto.
No voy a decirte nada más, tan sólo la alegría
de conocerte.
A medianoche, tenemos que pasar al ataque,
pero no tengo miedo:
Tú nos miras.
¡Escucha! Es la señal. ¿Qué puedo hacer?
¡Estaba tan bien contigo!
Quiero decirte una cosa más:
Tú sabes que el combate va a ser malo.
Quizás esta noche llamaré a tu puerta.
Aunque yo nunca haya sido amigo tuyo,
¿me dejarás entrar cuando llegue?
Pero no estoy llorando, ya ves lo que me
ocurre,
mis ojos se han abierto.
Perdóname, Dios. Voy a partir, y seguramente
ya no vuelva;
pero ¡qué milagro!
¡Ya no tengo miedo a la muerte!
Esta oración se encontró
el año 1945 en el bolsillo de un soldado desconocido, muerto en
la batalla. Este soldado era ruso, formado en el ateismo
beligerante del poder soviético. Esta oración es un grito de fe
de un hombre que ha descubierto a Dios a las puertas de la
muerte que se le presenta como inevitable y se abandona gozoso
en la manos de Nuevo Amigo.
|