Jesús,
Amigo,
el Jardín se ha oscurecido,
las rosas han perdido su lozanía y su perfume
ya los pájaros no cantan,
el cielo es pesado, plúmbeo,
como una losa marina,
la tierra no respira,
mi corazón está yerto,
sin paisaje, sin música, sin color.
El desierto ha tomado el
espacio de mis praderas,
de mis campos y mis valles,
humedales ubérrimos de vida y alegría.
Y a pesar de tanta sequedad,
tu Voz resuena fuerte en mi corazón:
“Ven, sígueme”
y ¡hay tanta nostalgia de Ti en mi alma!!!.
Me he puesto en camino,
solo con mi cayado, viejo y nudoso, arqueado y deforme,
cual Cruz cansada de batallas incontables.
Sí Jesús, quiero seguirte. Porque te necesito.
Para que vuelva a brillar la luz de mi mañana,
y cantar la alondra de tu amanecer.
Llévame, Jesús, contigo
al Desierto,
para que mi yermo se pueble de ángeles compañeros
que me conduzcan y me enseñen
que en la soledad y el silencio,
y en la sequedad de esta estepa,
me aguardas Tú con las manos henchidas
de portentos de Amor y de Besos.