El evangelio de hoy nos
recuerda la visita que Jesús hizo a Nazaret cuando pasaba por
todos los pueblos de Galilea proclamando el Reino de Dios. Fue a
los suyos, a los que tanto amaba, y los suyos no le recibieron.
Jesús exclama con
tristeza y desilusión: "No desprecian a un profeta más que en su
tierra".
A las gentes de Nazaret
les pasó lo que a muchos de nosotros: les pareció poca cosa, ese
Jesús al que todos conocían, su origen, su familia, sus
limitaciones... Y que "ese" chico tan vulgar se presentara como
profeta, como alguien que tiene algo que decir, les indignó, les
escandalizó, y le volvieron la espalda, era intolerable, falto de
interés. Era un "don nadie". ¡Qué les podía enseñar el hijo de los
pobretones Maria y José!.
Así reaccionamos la
mayoría de nosotros.
Nos gusta el brillo, lo
novedoso, los prestigios humanos, los títulos que acrediten, las
luces que encandilan, las imágenes "modelos". Nos movemos por
prejuicios y criterios sociales.
Dios siempre piensa y
actúa de "otro" modo:
"Dios ha escogido lo que
el mundo considera necio para confusión de los sabios; ha elegido
lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha
escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del
mundo para anular a quienes creen que son algo." (1Cor 1,27-29)
Es una de las más
hermosas lecciones que el Señor Jesús nos ha comunicado. Pero a la
vez una de las menos asimiladas y de las más despreciadas del
Evangelio.
A muchos de nosotros nos
gustaría cancelar estos párrafos, que nos parecen obscenos y
agresivos, del Evangelio. Pero como no podemos, los sesgamos, les
damos la vuelta para no tener que enfrentarnos con ellos.
A la gente de Nazaret les
pasó lo que nos pasa a muchos de nosotros, lo que le pasó a Pedro,
a los discípulos la noche de Getsemaní: quisiéramos un Jesús sin
cruz ni limitaciones, quisiéramos una Iglesia sin pecados, sin
pobretones, sin mediocres, una iglesia de listillos, de
sabihondos, de números uno, de gente guapa, de gente bien, donde
hubiera muchas medallas en las solapas, muchos títulos
nobiliarios, muchos títulos académicos. No acabamos de valorar y
de fiarnos de los pobres, de los don nadie, de la gente
sencilla... buscamos, amamos, valoramos el brillo y el "prestigio"
de este mundo. Quisiéramos unos pastores perfectos, sin defectos,
sin pecados, más parecidos a los ángeles que a los hombres.
¿Qué tesoros de Gracia
perdemos cuando nos dejamos guiar, como los nazaretanos del
Evangelio, por los criterios de este mundo?
Hoy es un buen día,
iluminado por esta Palabra de Jesús, para examinar nuestra fe.