Hermanas y
hermanos:
El texto del Evangelio de San Juan que se acaba de proclamar parece
que tiene una intención de señalar tiempo y lugar: "al caer la
tarde del primer día de la semana, estaban reunidos en una casa los
discípulos del Señor con las puertas cerradas".
Curiosamente el Evangelio describe el tiempo de toda esa semana,
pues a los ocho días volvió a repetirse tal circunstancia de estar
todos reunidos; en este caso con el apóstol Tomás, pero también con
las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Cuando un texto bíblico señala hora, tiempo y lugar está diciéndonos
que se refiere no sólo al momento histórico descrito y señalado,
sino que es un texto que está siendo ofrecido por y para nosotros
esta tarde, en la tarde del primer día de la semana, donde estamos
reunidos como los discípulos de Jesús, a los ocho días, en la octava
de Pascua, además, como dice el texto, con las puertas cerradas.
Esta tarde también deseamos que acontezca en nuestro corazón la
escena que describe el Evangelio, en la que el Señor aparece
mostrando sus llagas para certificar que es el que murió
crucificado, el mismo que resucitó de entre los muertos. Pero hay
como una especie de contraste: mientras los discípulos están con las
puertas cerradas, el Maestro se presenta con las heridas abiertas;
mientras los discípulos están metidos en sí mismos por miedo, Jesús
traspasa los muros y muestra, pecho descubierto, la herida de su
costado. Hay como una especie de contraste que quiere ser una
lección simbólica entre la actitud de los apóstoles ensimismados,
encerrados, miedosos y la victoria de Jesucristo que rompe muros y
penetra puertas, no obstante que están cerradas.
¿Qué significa una "puerta cerrada"?, y ¿qué significa una "herida
abierta"?. La puerta cerrada - es verdad que dice el Evangelio que
es necesaria para meterse en oración: "cuando tú vayas a orar,
entra en tu cuarto, cierra la puerta y Dios que ve en lo escondido
te escuchará",- pero esta "puerta cerrada" también está
significando "una especie de seguro": aquel Padre de familia que
está acostado y que llama su amigo para que le dé pan y le responde:
"¿cómo me pides ahora pan si ya mis niños están acostados y la
puerta está cerrada?"
Cerrar la puerta es como defenderse, y quedarse fuera de la puerta
es la mayor intemperie. Fuera de la puerta se quedó Pedro aquella
noche y negó al Señor. Fuera de la puerta estaba el paralítico,
enfermo crónico, a la puerta del templo. "Fuera de la puerta" es,
por tanto, un símbolo de no estar en el lugar de Gracia, en el lugar
donde no se encuentra el banquete. Fuera de la puerta se encontraron
las vírgenes que llegaron tarde:
"no os conozco, no sé quienes
sois".
Hoy el juego simbólico de la puerta está diciéndonos en doble
sentido, o que podemos estar con la puerta cerrada o que podemos
estar fuera de la puerta. Y ¿qué es la puerta abierta?, y ¿qué es la
herida abierta?: creo que más que nunca Jesús esta tarde se nos
ofrece, como Él ha dicho en la parábola: "Yo soy la Puerta". Por
esta Puerta dice Santa Teresa hay que entrar, por la humanidad de
Jesucristo: "me lo ha dicho Dios y estoy segura de que por esta
puerta habremos de entrar, por la sacratísima humanidad de Cristo",
y San Juan de la Cruz volverá en esta imagen de la puerta y de la
llaga a decirnos que éste es el lugar donde entran, donde recoge el
Señor a los que lo buscan.
Esta tarde, entrando en esta Puerta, por esta Puerta o siendo
visitados dentro de nosotros por Aquel que puede penetrar los muros
y las puertas cerradas, se nos ofrece una experiencia o una promesa
que es la promesa "secreto" de los que creen, la promesa del perdón
de los pecados: "recibid el perdón de los pecados, a quienes les
perdonéis los pecados les quedan perdonados". Jesús es capaz de
penetrar en esa oscuridad, en ese miedo, en esa angustia, en esa
desesperanza y ahí nos habla de una nueva creación, no obstante a
ese posible escepticismo, como el de los apóstoles que llevaban toda
la semana, desde la tarde del primer día hasta el octavo día. Ahí
entra el Maestro con las heridas abiertas para decir: «paz, paz a
vosotros, recibid el Espíritu Santo», y sopló sobre los
apóstoles para confiarles el ministerio del perdón.
En esta tarde, en que también invocamos la Divina Misericordia, éste
es el regalo de Pascua más precioso porque hermanos, aquí, como en
aquella escena de Jesús a la puerta del templo, "el que esté sin
pecado que tire la primera piedra". Por ello, porque sentimos
sobre nosotros esta conciencia de pecado, no podemos resolverlo
encerrándonos, no podemos resolverlo metiéndonos en nosotros
cabizbajos, sombríos, desesperanzados; tenemos que protegernos en el
hueco, en la herida, en la Puerta que es el Señor. Desde su costado
abierto Él nos está diciendo: «perdonados te son tus pecados, marcha
en paz; paz a vosotros e id por el mundo anunciando esta verdad».
El cristiano es un hombre igual que los demás, el creyente es igual
que los demás: humano, frágil; pero tiene un secreto: el secreto del
perdón y el secreto de la misericordia, el secreto de la confianza,
de saber que no está, cada vez más hundido por su propia historia,
sino que va liberado en la historia de Jesucristo, de sus llagas
ofrecidas en el perdón de los pecados.
Por ello esta tarde querría invitarte, si estás herido, mira a quien
te ofrece compasivo el sentido luminoso de tu dolor; si estás herido
ábrete a dejarte acompañar por quien te muestra que las llagas se
pueden convertir en trofeos; si estás herido y encerrado déjate
visitar por quien tiene capacidad de convertir tus señales de
sufrimiento en sabiduría. Tú puedes, palpando el dolor del mundo,
confesar: "Señor mío y Dios mío"; tú puedes acercarte a las
heridas de tus hermanos y desde tu experiencia creyente de
misericordia posibilitarles la experiencia de la Pascua por la
proximidad amiga de tu gesto que hace extensivo el del Señor.
Esta tarde no solamente nos beneficiamos de la experiencia de la
misericordia del Señor sino que nos debemos hacernos mensajeros y
misioneros de esta Divina Misericordia.