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Venerables Hermanos,
amadísimos Hijos e Hijas:
¡salud y Bendición Apostólica!
I.
QUIEN ME VE A MI, VE AL PADRE
(cfr. Jn 14, 9)
1. Revelación de la misericordia
«
Dios rico en misericordia » (1) es el que Jesucristo nos ha revelado
como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha manifestado y
nos lo ha hecho conocer.(2) A este respecto, es digno de recordar
aquel momento en que Felipe, uno de los doce apóstoles, dirigiéndose
a Cristo, le dijo: « Señor, muéstranos al Padre y nos basta »; Jesús
le respondió: « ¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me
habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre ».(3)
Estas palabras fueron pronunciadas en el discurso de despedida, al
final de la cena pascual, a la que siguieron los acontecimientos de
aquellos días santos, en que debía quedar corroborado de una vez
para siempre el hecho de que « Dios, que es rico en misericordia,
por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por
nuestros delitos, nos dio vida por Cristo ».(4)
Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II y en
correspondencia con las necesidades particulares de los tiempos en
que vivimos, he dedicado la Encíclica Redemptor Hominis a la verdad
sobre el hombre, verdad que nos es revelada en Cristo, en toda su
plenitud y profundidad. Una exigencia de no menor importancia, en
estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una
vez más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es «
misericordioso y Dios de todo consuelo ».(5) Efectivamente, en la
Constitución Gaudium et Spes leemos: « Cristo, el nuevo Adán...,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación »: y esto lo hace « en la misma revelación
del misterio del Padre y de su amor ».(6) Las palabras citadas son
un claro testimonio de que la manifestación del hombre en la plena
dignidad de su naturaleza no puede tener lugar sin la referencia —no
sólo conceptual, sino también íntegramente existencial— a Dios. EL
hombre y su vocación suprema se desvelan en Cristo mediante la
revelación del misterio del Padre y de su amor.
Por
esto mismo, es conveniente ahora que volvamos la mirada a este
misterio: lo están sugiriendo múltiples experiencias de la Iglesia y
del hombre contemporáneo; lo exigen también las invocaciones de
tantos corazones humanos, con sus sufrimientos y esperanzas, sus
angustias y expectación. Si es verdad que todo hombre es en cierto
sentido la vía de la Iglesia —como dije en la encíclica Redemptor
Hominis—, al mismo tiempo el Evangelio y toda la Tradición nos están
indicando constantemente que hemos de recorrer esta vía con todo
hombre, tal como Cristo la ha trazado, revelando en sí mismo al
Padre junto con su amor.(7) En Cristo Jesús, toda vía hacia el
hombre, cual le ha sido confiado de una vez para siempre a la
Iglesia en el mutable contexto de los tiempos, es simultáneamente un
caminar al encuentro con el Padre y su amor. EL Concilio Vaticano II
ha confirmado esta verdad según las exigencias de nuestros tiempos.
Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la
Iglesia; cuanto más sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más
debe corroborarse y realizarse teocéntricamente, esto es, orientarse
al Padre en Cristo Jesús. Mientras las diversas corrientes del
pasado y presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo
propensas a dividir e incluso contraponer el teocentrismo y el
antropocentrismo, la Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trata de
unirlas en la historia del hombre de manera orgánica y profunda.
Este es también uno de los principios fundamentales, y quizás el más
importante, del Magisterio del último Concilio. Si pues en la actual
fase de la historia de la Iglesia nos proponemos como cometido
preeminente actuar la doctrina del gran Concilio, debemos en
consecuencia volver sobre este principio con fe, con mente abierta y
con el corazón. Ya en mi citada encíclica he tratado de poner de
relieve que el ahondar y enriquecer de múltiples formas la
conciencia de la Iglesia, fruto del mismo Concilio, debe abrir más
ampliamente nuestra inteligencia y nuestro corazón a Cristo mismo.
Hoy quiero añadir que la apertura a Cristo, que en cuanto Redentor
del mundo « revela plenamente el hombre al mismo hombre », no puede
llevarse a efecto más que a través de una referencia cada vez más
madura al Padre y a su amor.
2. Encarnación de la misericordia
Dios, que « habita una luz inaccesible »,(8) habla a la vez al
hombre con el lenguaje de todo el cosmos: « en efecto, desde la
creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y
divinidad, son conocidos mediante las obras ».(9) Este conocimiento
indirecto e imperfecto, obra del entendimiento que busca a Dios por
medio de las criaturas a través del mundo visible, no es aún «
visión del Padre ». « A Dios nadie lo ha visto », escribe San Juan
para dar mayor relieve a la verdad, según la cual « precisamente el
Hijo unigénito que está en el seno del Padre, ése le ha dado a
conocer ».(10) Esta « revelación » manifiesta a Dios en el
insondable misterio de su ser —uno y trino— rodeado de « luz
inaccesible ».(11) No obstante, mediante esta « revelación » de
Cristo conocemos a Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el
hombre: en su « filantropía ».(12) Es justamente ahí donde « sus
perfecciones invisibles » se hacen de modo especial « visibles »,
incomparablemente más visibles que a través de todas las demás «
obras realizadas por él »: tales perfecciones se hacen visibles en
Cristo y por Cristo, a través de sus acciones y palabras y,
finalmente, mediante su muerte en la cruz y su resurrección.
De
este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente
visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el
atributo de la divinidad, que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose
de diversos conceptos y términos, definió « misericordia ». Cristo
confiere un significado definitivo a toda la tradición
véterotestamentaria de la misericordia divina. No sólo habla de ella
y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante
todo, Él mismo la encarna y personifica. Él mismo es, en cierto
sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en Él, Dios
se hace concretamente « visible » como Padre « rico en misericordia
».(13)
La
mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre
del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende
además a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea
misma de la misericordia. La palabra y el concepto de « misericordia
» parecen producir una cierta desazón en el hombre, quien, gracias a
los adelantos tan enormes de la ciencia y de la técnica, como nunca
fueron conocidos antes en la historia, se ha hecho dueño y ha
dominado la tierra mucho más que en el pasado.(14) Tal dominio sobre
la tierra, entendido tal vez unilateral y superficialmente, parece
no dejar espacio a la misericordia. A este respecto, podemos sin
embargo recurrir de manera provechosa a la imagen « de la condición
del hombre en el mundo contemporáneo », tal cual es delineada al
comienzo de la Constitución Gaudium et Spes. Entre otras, leemos
allí las siguientes frases: « De esta forma, el mundo moderno
aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y lo peor, pues
tiene abierto el camino para optar por la libertad y la esclavitud,
entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El
hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente
las fuerzas que él ha desencadenado , y que pueden aplastarle o
salvarle ».(15)
La
situación del mundo contemporáneo pone de manifiesto no sólo
transformaciones tales que hacen esperar en un futuro mejor del
hombre sobre la tierra, sino que revela también múltiples amenazas,
que sobrepasan con mucho las hasta ahora conocidas. Sin cesar de
denunciar tales amenazas en diversas circunstancias (como en las
intervenciones ante la ONU, la UNESCO, la FAO y en otras partes) la
Iglesia debe examinarlas al mismo tiempo a la luz de la verdad
recibida de Dios.
Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como « Padre de la
misericordia »,(16) nos permite « verlo » especialmente cercano al
hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo
mismo de su existencia y de su dignidad. Debido a esto, en la
situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos
ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría
casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son
ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo, el cual, mediante
su Espíritu, actúa en lo íntimo de los corazones humanos. En efecto,
revelado por Él, el misterio de Dios « Padre de la misericordia »
constituye, en el contexto de las actuales amenazas contra el
hombre, como una llamada singular dirigida a la Iglesia.
En
la presente Encíclica deseo acoger esta llamada; deseo recurrir al
lenguaje eterno —y al mismo tiempo incomparable por su sencillez y
profundidad— de la revelación y de la fe, para expresar precisamente
con él una vez más, ante Dios y ante los hombres, las grandes
preocupaciones de nuestro tiempo.
En
efecto, la revelación y la fe nos enseñan no tanto a meditar en
abstracto el misterio de Dios, como « Padre de la misericordia »,
cuanto a recurrir a esta misma misericordia en el nombre de Cristo y
en unión con Él ¿No ha dicho quizá Cristo que nuestro Padre, que «
ve en secreto »,(17) espera, se diría que continuamente, que
nosotros, recurriendo a Él en toda necesidad, escrutemos cada vez
más su misterio: el misterio del Padre y de su amor? (18)
Deseo pues que estas consideraciones hagan más cercano a todos tal
misterio y que sean al mismo tiempo una vibrante llamada de la
Iglesia a la misericordia, de la que el hombre y el mundo
contemporáneo tienen tanta necesidad. Y tienen necesidad, aunque con
frecuencia no lo saben.
II. MENSAJE MESIÁNICO
3. Cuando Cristo comenzó a obrar y enseñar
Ante sus conciudadanos en Nazaret, Cristo hace alusión a las
palabras del profeta Isaías: « El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a
los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista;
para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de
gracia del Señor ».(19) Estas frases, según san Lucas, son su
primera declaración mesiánica, a la que siguen los hechos y palabras
conocidos a través del Evangelio. Mediante tales hechos y palabras,
Cristo hace presente al Padre entre los hombres. Es altamente
significativo que estos hombres sean en primer lugar los pobres,
carentes de medios de subsistencia, los privados de libertad, los
ciegos que no ven la belleza de la creación, los que viven en
aflicción de corazón o sufren a causa de la injusticia social, y
finalmente los pecadores. Con relación a éstos especialmente, Cristo
se convierte sobre todo en signo legible de Dios que es amor; se
hace signo del Padre. En tal signo visible, al igual que los hombres
de aquel entonces, también los hombres de nuestros tiempos pueden
ver al Padre.
Es
significativo que, cuando los mensajeros enviados por Juan Bautista
llegaron donde estaba Jesús para preguntarle: « ¿Eres tú el que ha
de venir o tenemos que esperar a otro? »,(20) Él, recordando el
mismo testimonio con que había inaugurado sus enseñanzas en Nazaret,
haya respondido: « Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído:
los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los
sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados »,
para concluir diciendo: « y bienaventurado quien no se escandaliza
de mí ».(21)
Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha
demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el
amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que
forma su humanidad. Este amor se hace notar particularmente en el
contacto con el sufrimiento, la injusticia, la pobreza; en contacto
con toda la « condición humana » histórica, que de distintos modos
manifiesta la limitación y la fragilidad del hombre, bien sea
física, bien sea moral. Cabalmente el modo y el ámbito en que se
manifiesta el amor es llamado « misericordia » en el lenguaje
bíblico.
Cristo pues revela a Dios que es Padre, que es « amor », como dirá
san Juan en su primera Carta;(22) revela a Dios « rico de
misericordia », como leemos en san Pablo.(23) Esta verdad, más que
tema de enseñanza, constituye una realidad que Cristo nos ha hecho
presente. Hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia es
en la conciencia de Cristo mismo la prueba fundamental de su misión
de Mesías; lo corroboran las palabras pronunciadas por Él
primeramente en la sinagoga de Nazaret y más tarde ante sus
discípulos y antes los enviados por Juan Bautista.
En
base a tal modo de manifestar la presencia de Dios que es padre,
amor y misericordia, Jesús hace de la misma misericordia uno de los
temas principales de su predicación. Como de costumbre, también aquí
enseña preferentemente « en parábolas », debido a que éstas expresan
mejor la esencia misma de las cosas. Baste recordar la parábola del
hijo pródigo (24) o la del buen Samaritano (25) y también —como
contraste— la parábola del siervo inicuo.(26) Son muchos los pasos
de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el
amor-misericordia bajo un aspecto siempre nuevo. Basta tener ante
los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada (27)o la
mujer que barre la casa buscando la dracma perdida.(28) EL
evangelista que trata con detalle estos temas en las enseñanzas de
Cristo es san Lucas, cuyo evangelio ha merecido ser llamado « el
evangelio de la misericordia ».
Cuando se habla de la predicación, se plantea un problema de capital
importancia por lo que se refiere al significado de los términos y
al contenido del concepto, sobre todo del concepto de «misericordia
» (en su relación con el concepto de «amor »). Comprender esos
contenidos es la clave para entender la realidad misma de la
misericordia. Y es esto lo que realmente nos importa. No obstante,
antes de dedicar ulteriormente una parte de nuestras consideraciones
a este tema, es decir, antes de establecer el significado de los
vocablos y el contenido propio del concepto de « misericordia », es
necesario constatar que Cristo, al revelar el amor-misericordia de
Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que a su vez se dejasen
guiar en su vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma
parte del núcleo mismo del mensaje mesiánico y constituye la esencia
del ethos evangélico. El Maestro lo expresa bien sea a través del
mandamiento definido por él como « el más grande »,(29) bien en
forma de bendición, cuando en el discurso de la montaña proclama: «
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán
misericordia ».(30)
De
este modo, el mensaje mesiánico acerca de la misericordia conserva
una particular dimensión divino-humana. Cristo —en cuanto
cumplimiento de las profecías mesiánicas—, al convertirse en la
encarnación del amor que se manifiesta con peculiar fuerza respecto
a los que sufren, a los infelices y a los pecadores, hace presente y
revela de este modo más plenamente al Padre, que es Dios « rico en
misericordia ». Asimismo, al convertirse para los hombres en modelo
del amor misericordioso hacia los demás, Cristo proclama con las
obras, más que con las palabras, la apelación a la misericordia que
es una de las componentes esenciales del ethos evangélico. En este
caso no se trata sólo de cumplir un mandamiento o una exigencia de
naturaleza ética, sino también de satisfacer una condición de
capital importancia, a fin de que Dios pueda revelarse en su
misericordia hacia el hombre: ...los misericordiosos... alcanzarán
misericordia.
III. EL ANTIGUO TESTAMENTO
4. El concepto de « misericordia » tiene en
el Antiguo Testamento
una larga y rica historia.
Debemos remontarnos hasta ella para que resplandezca más plenamente
la misericordia revelada por Cristo. Al revelarla con sus obras y
sus enseñanzas, Él se estaba dirigiendo a hombres, que no sólo
conocían el concepto de misericordia, sino que además, en cuanto
pueblo de Dios de la Antigua Alianza, habían sacado de su historia
plurisecular una experiencia peculiar de la misericordia de Dios.
Esta experiencia era social y comunitaria, como también individual e
interior.
Efectivamente, Israel fue el pueblo de la alianza con Dios, alianza
que rompió muchas veces. Cuando a su vez adquiría conciencia de la
propia infidelidad —y a lo largo de la historia de Israel no faltan
profetas y hombres que despiertan tal conciencia— se apelaba a la
misericordia. A este respecto los Libros del Antiguo Testamento nos
ofrecen muchísimos testimonios. Entre los hechos y textos de mayor
relieve se pueden recordar: el comienzo de la historia de los
Jueces,(31) la oración de Salomón al inaugurar el Templo,(32) una
parte de la intervención profética de Miqueas,(33) las consoladoras
garantías ofrecidas por Isaías,(34) la súplica de los hebreos
desterrados,(35) la renovación de la alianza después de la vuelta
del exilio.(36)
Es
significativo que los profetas en su predicación pongan la
misericordia, a la que recurren con frecuencia debido a los pecados
del pueblo, en conexión con la imagen incisiva del amor por parte de
Dios. El Señor ama a Israel con el amor de una peculiar elección,
semejante al amor de un esposo,(37) y por esto perdona sus culpas e
incluso sus infidelidades y traiciones. Cuando se ve de cara a la
penitencia, a la conversión auténtica, devuelve de nuevo la gracia a
su pueblo.(38) En la predicación de los profetas la misericordia
significa una potencia especial del amor, que prevalece sobre el
pecado y la infidelidad del pueblo elegido.
En
este amplio contexto « social », la misericordia aparece como
elemento correlativo de la experiencia interior de las personas en
particular, que versan en estado de culpa o padecen toda clase de
sufrimientos y desventuras. Tanto el mal físico como el mal moral o
pecado hacen que los hijos e hijas de Israel se dirijan al Señor
recurriendo a su misericordia. Así lo hace David, con la conciencia
de la gravedad de su culpa.(39) Y así lo hace también Job, después
de sus rebeliones, en medio de su tremenda desventura.(40) A él se
dirige igualmente Ester, consciente de la amenaza mortal a su
pueblo.(41) En los Libros del Antiguo Testamento podemos ver otros
muchos ejemplos.(42)
En
el origen de esta multiforme convicción comunitaria y personal, como
puede comprobarse por todo el Antiguo Testamento a lo largo de los
siglos, se coloca la experiencia fundamental del pueblo elegido,
vivida en tiempos del éxodo: el Señor vio la miseria de su pueblo,
reducido a la esclavitud, oyó su grito, conoció sus angustias y
decidió liberarlo.(43) En este acto de salvación llevado a cabo por
el Señor, el profeta supo individuar su amor y compasión.(44) Es
aquí precisamente donde radica la seguridad que abriga todo el
pueblo y cada uno de sus miembros en la misericordia divina, que se
puede invocar en circunstancias dramáticas.
A
esto se añade el hecho de que la miseria del hombre es también su
pecado. El pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria desde
los tiempos del éxodo, cuando levantó el becerro de oro. Sobre este
gesto de ruptura de la alianza, triunfó el Señor mismo,
manifestándose solemnemente a Moisés como « Dios de ternura y de
gracia, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad ».(45) Es
en esta revelación central donde el pueblo elegido y cada uno de sus
miembros encontrarán, después de toda culpa, la fuerza y la razón
para dirigirse al Señor con el fin de recordarle lo que Él había
revelado de sí mismo (46) y para implorar su perdón.
Y
así, tanto en sus hechos como en sus palabras, el Señor ha revelado
su misericordia desde los comienzos del pueblo que escogió para sí
y, a lo largo de la historia, este pueblo se ha confiado
continuamente, tanto en las desgracias como en la toma de conciencia
de su pecado, al Dios de las misericordias. Todos los matices del
amor se manifiestan en la misericordia del Señor para con los suyos:
él es su padre,(47) ya que Israel es su hijo primogénito;(48) él es
también esposo de la que el profeta anuncia con un nombre nuevo,
ruhama, «muy amada », porque será tratada con misericordia.(49)
Incluso cuando, exasperado por la infidelidad de su pueblo, el Señor
decide acabar con él, siguen siendo la ternura y el amor generoso
para con el mismo lo que le hace superar su cólera.(50) Es fácil
entonces comprender por qué los Salmistas, cuando desean cantar las
alabanzas más sublimes del Señor, entonan himnos al Dios del amor,
de la ternura, de la misericordia y de la fidelidad.(51)
De
todo esto se deduce que la misericordia no pertenece únicamente al
concepto de Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo
el pueblo de Israel y también de sus propios hijos e hijas: es el
contenido de la intimidad con su Señor, el contenido de su diálogo
con Él. Bajo este aspecto precisamente la misericordia es expresada
en los Libros del Antiguo Testamento con una gran riqueza de
expresiones. Sería quizá difícil buscar en estos Libros una
respuesta puramente teórica a la pregunta sobre en qué consiste la
misericordia en sí misma. No obstante, ya la terminología que en
ellos se utiliza, puede decirnos mucho a tal respecto.(52)
El
Antiguo Testamento proclama la misericordia del Señor sirviéndose de
múltiples términos de significado afín entre ellos; se diferencian
en su contenido peculiar, pero tienden —podríamos decir— desde
angulaciones diversas hacia un único contenido fundamental para
expresar su riqueza trascendental y al mismo tiempo acercarla al
hombre bajo distintos aspectos. EL Antiguo Testamento anima a los
hombres desventurados, en primer lugar a quienes versan bajo el peso
del pecado —al igual que a todo Israel que se había adherido a la
alianza con Dios— a recurrir a la misericordia y les concede contar
con ella: la recuerda en los momentos de caída y de desconfianza.
Seguidamente, de gracias y gloria cada vez que se ha manifestado y
cumplido, bien sea en la vida del pueblo, bien en la vida de cada
individuo.
De
este modo, la misericordia se contrapone en cierto sentido a la
justicia divina y se revela en multitud de casos no sólo más
poderosa, sino también más profunda que ella. Ya el Antiguo
Testamento enseña que, si bien la justicia es auténtica virtud en el
hombre y, en Dios, significa la más « grande » que ella: es superior
en el sentido de que es primario y fundamental. El amor, por así
decirlo, condiciona a la justicia y en definitiva la justicia es
servidora de la caridad. La primacía y la superioridad del amor
respecto a la justicia (lo cual es característico de toda la
revelación) se manifiestan precisamente a través de la misericordia.
Esto pareció tan claro a los Salmistas y a los Profetas que el
término mismo de justicia terminó por significar la salvación
llevada a cabo por el Señor y su misericordia.(53) La misericordia
difiere de la justicia pero no está en contraste con ella, siempre
que admitamos en la historia del hombre —como lo hace el Antiguo
Testamento— la presencia de Dios, el cual ya en cuanto creador se ha
vinculado con especial amor a su criatura. EL amor, por su
naturaleza, excluye el odio y el deseo de mal, respecto a aquel que
una vez ha hecho donación de sí mismo: nihil odisti eorum quae
fecisti: « nada aborreces de lo que has hecho ».(54) Estas palabras
indican el fundamento profundo de la relación entre la justicia y la
misericordia en Dios, en sus relaciones con el hombre y con el
mundo. Nos están diciendo que debemos buscar las raíces vivificantes
y las razones íntimas de esta relación, remontándonos al « principio
», en el misterio mismo de la creación. Ya en el contexto de la
Antigua Alianza anuncian de antemano la plena revelación de Dios que
« es amor ».(55)
Con
el misterio de la creación está vinculado el misterio de la
elección, que ha plasmado de manera peculiar la historia del pueblo,
cuyo padre espiritual es Abraham en virtud de su fe. Sin embargo,
mediante este pueblo que camina a lo largo de la historia, tanto de
la Antigua como de la Nueva Alianza, ese misterio de la elección se
refiere a cada hombre, a toda la gran familia humana: « Con amor
eterno te amé, por eso te he mantenido mi favor ».(56) « Aunque se
retiren los montes..., no se apartará de ti mi amor, ni mi alianza
de paz vacilará ».(57) Esta verdad, anunciada un día a Israel, lleva
dentro de sí la perspectiva de la historia entera del hombre:
perspectiva que es a la vez temporal y escatológica.(58) Cristo
revela al Padre en la misma perspectiva y sobre un terreno ya
preparado, como lo demuestran amplias páginas de los escritos del
Antiguo Testamento. Al final de tal revelación, en la víspera de su
muerte, dijo Él al apóstol Felipe estas memorables palabras: «
¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El
que me ha visto a mí, ha visto al Padre ».(59)
IV. LA PARÁBOLA DEL HIJO PRODIGO
5. Analogía
Ya
en los umbrales del Nuevo Testamento resuena en el evangelio de san
Lucas una correspondencia singular entre dos términos referentes a
la misericordia divina, en los que se refleja intensamente toda la
tradición véterotestamentaria. Aquí hallan expresión aquellos
contenidos semánticos vinculados a la terminología diferenciada de
los Libros Antiguos. He ahí a María que, entrando en casa de
Zacarías, proclama con toda su alma la grandeza del Señor « por su
misericordia », de la que « de generación en generación » se hacen
partícipes los hombres que viven en el temor de Dios. Poco después,
recordando la elección de Israel, ella proclama la misericordia, de
la que « se recuerda » desde siempre el que la escogió a ella.(60)
Sucesivamente, al nacer Juan Bautista, en la misma casa su padre
Zacarías, bendiciendo al Dios de Israel, glorifica la misericordia
que ha concedido « a nuestros padres y se ha recordado de su santa
alianza ».(61) En las enseñanzas de Cristo mismo, esta imagen
heredada del Antiguo Testamento se simplifica y a la vez se
profundiza. Esto se ve quizá con más evidencia en la parábola del
hijo pródigo,(62) donde la esencia de la misericordia divina, aunque
la palabra « misericordia » no se encuentre allí, es expresada de
manera particularmente límpida. A ello contribuye no sólo la
terminología, como en los libros veterotestamentarios, sino la
analogía que permite comprender más plenamente el misterio mismo de
la misericordia en cuanto drama profundo, que se desarrolla entre el
amor del padre y la prodigalidad y el pecado del hijo.
Aquel hijo, que recibe del padre la parte de patrimonio que le
corresponde y abandona la casa para malgastarla en un país lejano, «
viviendo disolutamente », es en cierto sentido el hombre de todos
los tiempos, comenzando por aquél que primeramente perdió la
herencia de la gracia y de la justicia original. La analogía en este
punto es muy amplia. La parábola toca indirectamente toda clase de
rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo
pecado. En esta analogía se pone menos de relieve la infidelidad del
pueblo de Israel, respecto a cuanto ocurría en la tradición
profética, aunque también a esa infidelidad se puede aplicar la
analogía del hijo pródigo. Aquel hijo, « cuando hubo gastado
todo..., comenzó a sentir necesidad », tanto más cuanto que
sobrevino una gran carestía « en el país », al que había emigrado
después de abandonar la casa paterna. En este estado de cosas «
hubiera querido saciarse » con algo, incluso « con las bellotas que
comían los puercos » que él mismo pastoreaba por cuenta de « uno de
los habitantes de aquella región ». Pero también esto le estaba
prohibido.
La
analogía se desplaza claramente hacia el interior del hombre. El
patrimonio que aquel tal había recibido de su padre era un recurso
de bienes materiales, pero más importante que estos bienes
materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna. La situación
en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes
materiales, le debía hacer consciente, por necesidad, de la pérdida
de esa dignidad. Él no había pensado en ello anteriormente, cuando
pidió a su padre que le diese la parte de patrimonio que le
correspondía, con el fin de marcharse. Y parece que tampoco sea
consciente ahora, cuando se dice a sí mismo: « ¡Cuántos asalariados
en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de
hambre! ». Él se mide a sí mismo con el metro de los bienes que
había perdido y que ya « no posee », mientras que los asalariados en
casa de su padre los « poseen ». Estas palabras se refieren ante
todo a una relación con los bienes materiales. No obstante, bajo
estas palabras se esconde el drama de la dignidad perdida, la
conciencia de la filiación echada a perder.
Es
entonces cuando toma la decisión: « Me levantaré e iré a mi padre y
le diré: Padre, he pecado, contra el cielo y contra ti; ya no soy
digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros
».(63) Palabras, éstas, que revelan más a fondo el problema central.
A través de la compleja situación material, en que el hijo pródigo
había llegado a encontrarse debido a su ligereza, a causa del
pecado, había ido madurando el sentido de la dignidad perdida.
Cuando él decide volver a la casa paterna y pedir a su padre que lo
acoja —no ya en virtud del derecho de hijo, sino en condiciones de
mercenario— parece externamente que obra por razones del hambre y de
la miseria en que ha caído; pero este motivo está impregnado por la
conciencia de una pérdida más profunda: ser un jornalero en la casa
del propio padre es ciertamente una gran humillación y vergüenza. No
obstante, el hijo pródigo está dispuesto a afrontar tal humillación
y vergüenza. Se da cuenta de que ya no tiene ningún otro derecho,
sino el de ser mercenario en la casa de su padre. Su decisión es
tomada en plena conciencia de lo que merece y de aquello a lo que
puede aún tener derecho según las normas de la justicia.
Precisamente este razonamiento demuestra que, en el centro de la
conciencia del hijo pródigo, emerge el sentido de la dignidad
perdida, de aquella dignidad que brota de la relación del hijo con
el padre. Con esta decisión emprende el camino.
En
la parábola del hijo pródigo no se utiliza, ni siquiera una sola
vez, el término « justicia »; como tampoco, en el texto original, se
usa la palabra « misericordia »; sin embargo, la relación de la
justicia con el amor, que se manifiesta como misericordia está
inscrito con gran precisión en el contenido de la parábola
evangélica. Se hace más obvio que el amor se transforma en
misericordia, cuando hay que superar la norma precisa de la
justicia: precisa y a veces demasiado estrecha. El hijo pródigo,
consumadas las riquezas recibidas de su padre, merece —a su vuelta—
ganarse la vida trabajando como jornalero en la casa paterna y
eventualmente conseguir poco a poco una cierta provisión de bienes
materiales; pero quizá nunca en tanta cantidad como había
malgastado. Tales serían las exigencias del orden de la justicia;
tanto más cuanto que aquel hijo no sólo había disipado la parte de
patrimonio que le correspondía, sino que además había tocado en lo
más vivo y había ofendido a su padre con su conducta. Esta, que a su
juicio le había desposeído de la dignidad filial, no podía ser
indiferente a su padre; debía hacerle sufrir y en algún modo incluso
implicarlo. Pero en fin de cuentas se trataba del propio hijo y tal
relación no podía ser alienada, ni destruida por ningún
comportamiento. El hijo pródigo era consciente de ello y es
precisamente tal conciencia lo que le muestra con claridad la
dignidad perdida y lo que le hace valorar con rectitud el puesto que
podía corresponderle aún en casa de su padre.
6. Reflexión particular sobre la dignidad
humana
Esta imagen concreta del estado de ánimo del hijo pródigo nos
permite comprender con exactitud en qué consiste la misericordia
divina. No hay lugar a dudas de que en esa analogía sencilla pero
penetrante la figura del progenitor nos revela a Dios como Padre. El
comportamiento del padre de la parábola, su modo de obrar que pone
de manifiesto su actitud interior, nos permite hallar cada uno de
los hilos de la visión véterotestamentaria de la misericordia, en
una síntesis completamente nueva, llena de sencillez y de
profundidad. El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel
al amor que desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se
expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en
acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el
patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con
aquella festosidad tan generosa respecto al disipador después de su
vuelta, de tal manera que suscita contrariedad y envidia en el
hermano mayor, quien no se había alejado nunca del padre ni había
abandonado la casa.
La
fidelidad a sí mismo por parte del padre —un comportamiento ya
conocido por el término veterotestamentario « hesed »— es expresada
al mismo tiempo de manera singularmente impregnada de amor. Leemos
en efecto que cuando el padre divisó de lejos al hijo pródigo que
volvía a casa, « le salió conmovido al encuentro, le echó los brazos
al cuello y lo besó ».(64) Está obrando ciertamente a impulsos de un
profundo afecto, lo cual explica también su generosidad hacia el
hijo, aquella generosidad que indignará tanto al hijo mayor. Sin
embargo las causas de la conmoción hay que buscarlas más en
profundidad. Sí, el padre es consciente de que se ha salvado un bien
fundamental: el bien de la humanidad de su hijo. Si bien éste había
malgastado el patrimonio, no obstante ha quedado a salvo su
humanidad. Es más, ésta ha sido de algún modo encontrada de nuevo.
Lo dicen las palabras dirigidas por el padre al hijo mayor: « Había
que hacer fiesta y alegrarse porque este hermano tuyo había muerto y
ha resucitado, se había perdido y ha sido hallado ».(65) En el mismo
capítulo XV del evangelio de san Lucas, leemos la parábola de la
oveja extraviada (66) y sucesivamente de la dracma perdida.(67) Se
pone siempre de relieve la misma alegría, presente en el caso del
hijo pródigo. La fidelidad del padre a sí mismo está totalmente
centrada en la humanidad del hijo perdido, en su dignidad. Así se
explica ante todo la alegre conmoción por su vuelta a casa.
Prosiguiendo, se puede decir por tanto que el amor hacia el hijo, el
amor que brota de la esencia misma de la paternidad, obliga en
cierto sentido al padre a tener solicitud por la dignidad del hijo.
Esta solicitud constituye la medida de su amor, como escribirá san
Pablo: « La caridad es paciente, es benigna..., no es interesada, no
se irrita..., no se alegra de la injusticia, se complace en la
verdad..., todo lo espera, todo lo tolera » y « no pasa jamás ».(68)
La misericordia —tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola
del hijo pródigo— tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo
Testamento se llama ágape. Tal amor es capaz de inclinarse hacia
todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda
miseria moral o pecado. Cuando esto ocurre, el que es objeto de
misericordia no se siente humillado, sino como hallado de nuevo y «
revalorizado ». El padre le manifiesta, particularmente, su alegría
por haber sido « hallado de nuevo » y por « haber resucitado ». Esta
alegría indica un bien inviolado: un hijo, por más que sea pródigo,
no deja de ser hijo real de su padre; indica además un bien hallado
de nuevo, que en el caso del hijo pródigo fue la vuelta a la verdad
de sí mismo.
Lo
que ha ocurrido en la relación del padre con el hijo, en la parábola
de Cristo, no se puede valorar « desde fuera ». Nuestros prejuicios
en torno al tema de la misericordia son a lo más el resultado de una
valoración exterior. Ocurre a veces que, siguiendo tal sistema de
valoración, percibimos principalmente en la misericordia una
relación de desigualdad entre el que la ofrece y el que la recibe.
Consiguientemente estamos dispuestos a deducir que la misericordia
difama a quien la recibe y ofende la dignidad del hombre. La
parábola del hijo pródigo demuestra cuán diversa es la realidad: la
relación de misericordia se funda en la común experiencia de aquel
bien que es el hombre, sobre la común experiencia de la dignidad que
le es propia. Esta experiencia común hace que el hijo pródigo
comience a verse a sí mismo y sus acciones con toda verdad
(semejante visión en la verdad es auténtica humildad); en cambio
para el padre, y precisamente por esto, el hijo se convierte en un
bien particular: el padre ve el bien que se ha realizado con una
claridad tan límpida, gracias a una irradiación misteriosa de la
verdad y del amor, que parece olvidarse de todo el mal que el hijo
había cometido.
La
parábola del hijo pródigo expresa de manera sencilla, pero profunda
la realidad de la conversión. Esta es la expresión más concreta de
la obra del amor y de la presencia de la misericordia en el mundo
humano. El significado verdadero y propio de la misericordia en el
mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más
penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la
misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando
revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal
existentes en el mundo y en el hombre. Así entendida, constituye el
contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza
constitutiva de su misión. Así entendían también y practicaban la
misericordia sus discípulos y seguidores. Ella no cesó nunca de
revelarse en sus corazones y en sus acciones, como una prueba
singularmente creadora del amor que no se deja « vencer por el mal
», sino que « vence con el bien al mal »,(69)
Es
necesario que el rostro genuino de la misericordia sea siempre
desvelado de nuevo. No obstante múltiples prejuicios, ella se
presenta particularmente necesaria en nuestros tiempos.
V.EL MISTERIO PASCUAL
7. Misericordia revelada en la cruz y en la
resurrección
El
mensaje mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres
terminan con la cruz y la resurrección. Debemos penetrar hasta lo
hondo en este acontecimiento final que, de modo especial en el
lenguaje conciliar, es definido mysterium paschale, si queremos
expresar profundamente la verdad de la misericordia, tal como ha
sido hondamente revelada en la historia de nuestra salvación. En
este punto de nuestras consideraciones, tendremos que acercarnos más
aún al contenido de la Encíclica Redemptor Hominis. En efecto, si la
realidad de la redención, en su dimensión humana desvela la grandeza
inaudita del hombre, que mereció tener tan gran Redentor,(70) al
mismo tiempo yo diría que la dimensión divina de la redención nos
permite, en el momento más empírico e « histórico », desvelar la
profundidad de aquel amor que no se echa atrás ante el
extraordinario sacrificio del Hijo, para colmar la fidelidad del
Creador y Padre respecto a los hombres creados a su imagen y ya
desde el « principio » elegidos, en este Hijo, para la gracia y la
gloria.
Los
acontecimientos del Viernes Santo y, aun antes, la oración en
Getsemaní, introducen en todo el curso de la revelación del amor y
de la misericordia, en la misión mesiánica de Cristo, un cambio
fundamental. El que « pasó haciendo el bien y sanando »,(71) «
curando toda clase de dolencias y enfermedades »,(72) él mismo
parece merecer ahora la más grande misericordia y apelarse a la
misericordia cuando es arrestado, ultrajado, condenado, flagelado,
coronado de espinas; cuando es clavado en la cruz y expira entre
terribles tormentos.(73) Es entonces cuando merece de modo
particular la misericordia de los hombres, a quienes ha hecho el
bien, y no la recibe. Incluso aquellos que están más cercanos a Él,
no saben protegerlo y arrancarlo de las manos de los opresores. En
esta etapa final de la función mesiánica se cumplen en Cristo las
palabras pronunciadas por los profetas, sobre todo Isaías, acerca
del Siervo de Yahvé: « por sus llagas hemos sido curados ».(74)
Cristo, en cuanto hombre que sufre realmente y de modo terrible en
el Huerto de los Olivos y en el Calvario, se dirige al Padre, a
aquel Padre, cuyo amor ha predicado a los hombres, cuya misericordia
ha testimoniado con todas sus obras. Pero no le es ahorrado
—precisamente a él— el tremendo sufrimiento de la muerte en cruz: «
a quien no conoció el pecado, Dios le hizo pecado por nosotros
»,(75) escribía san Pablo, resumiendo en pocas palabras toda la
profundidad del misterio de la cruz y a la vez la dimensión divina
de la realidad de la redención. Justamente esta redención es la
revelación última y definitiva de la santidad de Dios, que es la
plenitud absoluta de la perfección: plenitud de la justicia y del
amor, ya que la justicia se funda sobre el amor, mana de él y tiende
hacia él. En la pasión y muerte de Cristo —en el hecho de que el
Padre no perdonó la vida a su Hijo, sino que lo « hizo pecado por
nosotros » (76)— se expresa la justicia absoluta, porque Cristo
sufre la pasión y la cruz a causa de los pecados de la humanidad.
Esto es incluso una « sobreabundancia » de la justicia, ya que los
pecados del hombre son « compensados » por el sacrificio del
Hombre-Dios. Sin embargo, tal justicia, que es propiamente justicia
« a medida » de Dios, nace toda ella del amor: del amor del Padre y
del Hijo, y fructifica toda ella en el amor. Precisamente por esto
la justicia divina, revelada en la cruz de Cristo, es « a medida »
de Dios, porque nace del amor y se completa en el amor, generando
frutos de salvación. La dimensión divina de la redención no se actúa
solamente haciendo justicia del pecado, sino restituyendo al amor su
fuerza creadora en el interior del hombre, gracias a la cual él
tiene acceso de nuevo a la plenitud de vida y de santidad, que viene
de Dios. De este modo la redención comporta la revelación de la
misericordia en su plenitud
El
misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la
misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer
la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde
el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo.
Cristo que sufre, habla sobre todo al hombre, y no solamente al
creyente. También el hombre no creyente podrá descubrir en Él la
elocuencia de la solidaridad con la suerte humana, como también la
armoniosa plenitud de una dedicación desinteresada a la causa del
hombre, a la verdad y al amor. La dimensión divina del misterio
pascual llega sin embargo a mayor profundidad aún. La cruz colocada
sobre el Calvario, donde Cristo tiene su último diálogo con el
Padre, emerge del núcleo mismo de aquel amor, del que el hombre,
creado a imagen y semejanza de Dios, ha sido gratificado según el
eterno designio divino. Dios, tal como Cristo ha revelado, no
permanece solamente en estrecha vinculación con el mundo, en cuanto
Creador y fuente última de la existencia. Él es además Padre: con el
hombre, llamado por Él a la existencia en el mundo visible, está
unido por un vínculo más profundo aún que el de Creador. Es el amor,
que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la vida misma
de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto el que ama desea
darse a sí mismo.
La
Cruz de Cristo sobre el Calvario surge en el camino de aquel
admirabile commercium, de aquel admirable comunicarse de Dios al
hombre en el que está contenida a su vez la llamada dirigida al
hombre, a fin de que, donándose a sí mismo a Dios y donando consigo
mismo todo el mundo visible, participe en la vida divina, y para que
como hijo adoptivo se haga partícipe de la verdad y del amor que
está en Dios y proviene de Dios. Justamente en el camino de la
elección eterna del hombre a la dignidad de hijo adoptivo de Dios,
se alza en la historia la Cruz de Cristo, Hijo unigénito que, en
cuanto « luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero »,(77) ha
venido para dar el testimonio último de la admirable alianza de Dios
con la humanidad, de Dios con el hombre, con todo hombre. Esta
alianza tan antigua como el hombre —se remonta al misterio mismo de
la creación— restablecida posteriormente en varias ocasiones con un
único pueblo elegido, es asimismo la alianza nueva y definitiva,
establecida allí, en el Calvario, y no limitada ya a un único
pueblo, a Israel, sino abierta a todos y cada uno.
¿Qué nos está diciendo pues la cruz de Cristo, que es en cierto
sentido la última palabra de su mensaje y de su misión mesiánica? Y
sin embargo ésta no es aún la última palabra del Dios de la alianza:
esa palabra será pronunciada en aquella alborada, cuando las mujeres
primero y los Apóstoles después, venidos al sepulcro de Cristo
crucificado, verán la tumba vacía y proclamarán por vez primera: «
Ha resucitado ». Ellos lo repetirán a los otros y serán testigos de
Cristo resucitado. No obstante, también en esta glorificación del
hijo de Dios sigue estando presente la cruz, la cual —a través de
todo el testimonio mesiánico del Hombre-Hijo— que sufrió en ella la
muerte, habla y no cesa nunca de decir que Dios-Padre, que es
absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre, ya que « tanto
amó al mundo —por tanto al hombre en el mundo— que le dio a su Hijo
unigénito, para que quien crea en él no muera, sino que tenga la
vida eterna ».(78) Creer en el Hijo crucificado significa « ver al
Padre »,(79) significa creer que el amor está presente en el mundo y
que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre,
la humanidad, el mundo están metidos. Creer en ese amor significa
creer en la misericordia. En efecto, es ésta la dimensión
indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la vez el modo
específico de su revelación y actuación respecto a la realidad del
mal presente en el mundo que afecta al hombre y lo asedia, que se
insinúa asimismo en su corazón y puede hacerle « perecer en la
gehenna ».(80)
8. Amor mas fuerte que la muerte mas fuerte
que el pecado
La
cruz de Cristo en el Calvario es asimismo testimonio de la fuerza
del mal contra el mismo Hijo de Dios, contra aquél que, único entre
los hijos de los hombres, era por su naturaleza absolutamente
inocente y libre de pecado, y cuya venida al mundo estuvo exenta de
la desobediencia de Adán y de la herencia del pecado original. Y he
ahí que, precisamente en Él, en Cristo, se hace justicia del pecado
a precio de su sacrificio, de su obediencia « hasta la muerte »,(81)
Al que estaba sin pecado, « Dios lo hizo pecado en favor nuestro
».(82) Se hace también justicia de la muerte que, desde los
comienzos de la historia del hombre, se había aliado con el pecado.
Este hacer justicia de la muerte se lleva a cabo bajo el precio de
la muerte del que estaba sin pecado y del único que podía —mediante
la propia muerte— infligir la muerte a la misma muerte.(83) De este
modo la cruz de Cristo, sobre la cual el Hijo, consubstancial al
Padre, hace plena justicia a Dios, es también una revelación radical
de la misericordia, es decir, del amor que sale al encuentro de lo
que constituye la raíz misma del mal en la historia del hombre: al
encuentro del pecado y de la muerte.
La
cruz es la inclinación más profunda de la Divinidad hacia el hombre
y todo lo que el hombre —de modo especial en los momentos difíciles
y dolorosos— llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del
amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena
del hombre, es el cumplimiento, hasta el final, del programa
mesiánico que Cristo formuló una vez en la sinagoga de Nazaret (84)
y repitió más tarde ante los enviados de Juan Bautista.(85) Según
las palabras ya escritas en la profecía de Isaías,(86) tal programa
consistía en la revelación del amor misericordioso a los pobres, los
que sufren, los prisioneros, los ciegos, los oprimidos y los
pecadores. En el misterio pascual es superado el límite del mal
múltiple, del que se hace partícipe el hombre en su existencia
terrena: la cruz de Cristo, en efecto, nos hace comprender las
raíces más profundas del mal que ahondan en el pecado y en la
muerte; y así la cruz se convierte en un signo escatológico
Solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación
definitiva del mundo, el amor vencerá en todos los elegidos las
fuentes más profundas del mal, dando como fruto plenamente maduro el
reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa. El
fundamento de tal cumplimiento escatológico está encerrado ya en la
cruz de Cristo y en su muerte. El hecho de que Cristo « ha
resucitado al tercer día » (87) constituye el signo final de la
misión mesiánica, signo que corona la entera revelación del amor
misericordioso en el mundo sujeto al mal. Esto constituye a la vez
el signo que preanuncia « un cielo nuevo y una tierra nueva »,(88)
cuando Dios « enjugará las lágrimas de nuestros ojos; no habrá ya
muerte, ni luto, ni llanto, ni afán, porque las cosas de antes han
pasado ».(89)
En
el cumplimiento escatológico, la misericordia se revelará como amor,
mientras que en la temporalidad, en la historia del hombre —que es a
la vez historia de pecado y de muerte— el amor debe revelarse ante
todo como misericordia y actuarse en cuanto tal. El programa
mesiánico de Cristo, —programa de misericordia— se convierte en el
programa de su pueblo, el de su Iglesia. Al centro del mismo está
siempre la cruz, ya que en ella la revelación del amor
misericordioso alcanza su punto culminante. Mientras « las cosas de
antes no hayan pasado »,(90) la cruz permanecerá como ese « lugar »,
al que aún podrían referirse otras palabras del Apocalipsis de Juan:
« Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y
abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo ».(91)
De manera particular Dios revela asimismo su misericordia, cuando
invita al hombre a la « misericordia » hacia su Hijo, hacia el
Crucificado.
Cristo, en cuanto crucificado, es el Verbo que no pasa;(92) es el
que está a la puerta y llama al corazón de todo hombre,(93) sin
coartar su libertad, tratando de sacar de esa misma libertad el amor
que es no solamente un acto de solidaridad con el Hijo del Hombre
que sufre, sino también, en cierto modo, « misericordia »
manifestada por cada uno de nosotros al Hijo del Padre eterno. En
este programa mesiánico de Cristo, en toda la revelación de la
misericordia mediante la cruz, ¿cabe quizá la posibilidad de que sea
mayormente respetada y elevada la dignidad del hombre, dado que él,
experimentando la misericordia, es también en cierto sentido el que
« manifiesta contemporáneamente la misericordia »?
En
definitiva, ¿no toma quizá Cristo tal posición respecto al hombre,
cuando dice: « cada vez que habéis hecho estas cosas a uno de
éstos..., lo habéis hecho a mí »?(94) Las palabras del sermón de la
montaña: « Bienaventurados los misericordiosos porque alcanzarán
misericordia »,(95) ¿no constituyen en cierto sentido una síntesis
de toda la Buena Nueva, de todo el « cambio admirable » (admirabile
commercium) en ella encerrado, que es una ley sencilla, fuerte y «
dulce » a la vez de la misma economía de la salvación? Estas
palabras del sermón de la montaña, al hacer ver las posibilidades
del « corazón humano » en su punto de partida (« ser misericordiosos
»), ¿no revelan quizá, dentro de la misma perspectiva, el misterio
profundo de Dios: la inescrutable unidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo, en la que el amor, conteniendo la justicia, abre el
camino a la misericordia, que a su vez revela la perfección de la
justicia?
El
misterio pascual es Cristo en el culmen de la revelación del
inescrutable misterio de Dios. Precisamente entonces se cumplen
hasta lo último las palabras pronunciadas en el Cenáculo: « Quien me
ha visto a mí, ha visto al Padre ».(96) Efectivamente, Cristo, a
quien el Padre « no perdonó » (97) en bien del hombre y que en su
pasión así como en el suplicio de la cruz no encontró misericordia
humana, en su resurrección ha revelado la plenitud del amor que el
Padre nutre por Él y, en Él, por todos los hombres. « No es un Dios
de muertos, sino de vivos ».(98) En su resurrección Cristo ha
revelado al Dios de amor misericordioso, precisamente porque ha
aceptado la cruz como vía hacia la resurrección. Por esto —cuando
recordamos la cruz de Cristo, su pasión y su muerte— nuestra fe y
nuestra esperanza se centran en el Resucitado: en Cristo que « la
tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado... se
presentó en medio de ellos » en el Cenáculo, « donde estaban los
discípulos,... alentó sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu
Santo; a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados y a
quienes los retengáis les serán retenidos ».(99)
Este es el Hijo de Dios que en su resurrección ha experimentado de
manera radical en sí mismo la misericordia, es decir, el amor del
Padre que es más fuerte que la muerte. Y es también el mismo Cristo,
Hijo de Dios, quien al término —y en cierto sentido, más allá del
término— de su misión mesiánica, se revela a sí mismo como fuente
inagotable de la misericordia, del mismo amor que, en la perspectiva
ulterior de la historia de la salvación en la Iglesia, debe
confirmarse perennemente más fuerte que el pecado. El Cristo pascual
es la encarnación definitiva de la misericordia, su signo viviente:
histórico-salvífico y a la vez escatológico. En el mismo espíritu,
la liturgia del tiempo pascual pone en nuestros labios las palabras
del salmo: « Cantaré eternamente las misericordias del Señor ».(100)
9. La Madre de la Misericordia
En
estas palabras pascuales de la Iglesia resuenan en la plenitud de su
contenido profético las ya pronunciadas por María durante la visita
hecha a Isabel, mujer de Zacarías: « Su misericordia de generación
en generación ».(101) Ellas, ya desde el momento de la encarnación,
abren una nueva perspectiva en la historia de la salvación. Después
de la resurrección de Cristo, esta perspectiva se hace nueva en el
aspecto histórico y, a la vez, lo es en sentido escatológico. Desde
entonces se van sucediendo siempre nuevas generaciones de hombres
dentro de la inmensa familia humana, en dimensiones crecientes; se
van sucediendo además nuevas generaciones del Pueblo de Dios,
marcadas por el estigma de la cruz y de la resurrección, « selladas
» (102) a su vez con el signo del misterio pascual de Cristo,
revelación absoluta de la misericordia proclamada por María en el
umbral de la casa de su pariente: « su misericordia de generación en
generación ».(103)
Además María es la que de manera singular y excepcional ha
experimentado —como nadie— la misericordia y, también de manera
excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la
propia participación en la revelación de la misericordia divina. Tal
sacrificio está estrechamente vinculado con la cruz de su Hijo, a
cuyos pies ella se encontraría en el Calvario. Este sacrificio suyo
es una participación singular en la revelación de la misericordia,
es decir, en la absoluta fidelidad de Dios al propio amor, a la
alianza querida por Él desde la eternidad y concluida en el tiempo
con el hombre, con el pueblo, con la humanidad; es la participación
en la revelación definitivamente cumplida a través de la cruz. Nadie
ha experimentado, como la Madre del Crucificado el misterio de la
cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el
amor: el « beso » dado por la misericordia a la justicia.(104) Nadie
como ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella
dimensión verdaderamente divina de la redención, llevada a efecto en
el Calvario mediante la muerte de su Hijo, junto con el sacrificio
de su corazón de madre, junto con su « fiat » definitivo.
María pues es la que conoce más a fondo el misterio de la
misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este
sentido la llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la
misericordia o Madre de la divina misericordia; en cada uno de estos
títulos se encierra un profundo significado teológico, porque
expresan la preparación particular de su alma, de toda su
personalidad, sabiendo ver primeramente a través de los complicados
acontecimientos de Israel, y de todo hombre y de la humanidad entera
después, aquella misericordia de la que « por todas la generaciones
» (105) nos hacemos partícipes según el eterno designio de la
Santísima Trinidad.
Los
susodichos títulos que atribuimos a la Madre de Dios nos hablan no
obstante de ella, por encima de todo, como Madre del Crucificado y
del Resucitado; como de aquella que, habiendo experimentado la
misericordia de modo excepcional, « merece » de igual manera tal
misericordia a lo largo de toda su vida terrena, en particular a los
pies de la cruz de su Hijo; finalmente, como de aquella que a través
de la participación escondida y, al mismo tiempo, incomparable en la
misión mesiánica de su Hijo ha sido llamada singularmente a acercar
los hombres al amor que Él había venido a revelar: amor que halla su
expresión más concreta en aquellos que sufren, en los pobres, los
prisioneros, los que no ven, los oprimidos y los pecadores, tal como
habló de ellos Cristo, siguiendo la profecía de Isaías, primero en
la sinagoga de Nazaret (106) y más tarde en respuesta a la pregunta
hecha por los enviados de Juan Bautista.(107)
Precisamente, en este amor « misericordioso », manifestado ante todo
en contacto con el mal moral y físico, participaba de manera
singular y excepcional el corazón de la que fue Madre del
Crucificado y del Resucitado —participaba María—. En ella y por
ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y
de la humanidad. Tal revelación es especialmente fructuosa, porque
se funda, por parte de la Madre de Dios, sobre el tacto singular de
su corazón materno, sobre su sensibilidad particular, sobre su
especial aptitud para llegar a todos aquellos que aceptan más
fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre. Es éste uno
de los misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan
íntimamente vinculado con el misterio de la encarnación.
«
Esta maternidad de María en la economía de la gracia —tal como se
expresa el Concilio Vaticano II— perdura sin cesar desde el momento
del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que
mantuvo sin vacilar al pie de la cruz hasta la consumación perpetua
de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos, no ha dejado esta
misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa
obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno
cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan
en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria
bienaventurada ».(108)
VI. « MISERICORDIA... DE GENERACIÓN EN
GENERACIÓN »
10. Imagen de nuestra generación
Tenemos pleno derecho a creer que también nuestra generación está
comprendida en las palabras de la Madre de Dios, cuando glorificaba
la misericordia, de la que « de generación en generación » son
partícipes cuantos se dejan guiar por el temor de Dios. Las palabras
del Magnificat mariano tienen un contenido profético, que afecta no
sólo al pasado de Israel, sino también al futuro del Pueblo de Dios
sobre la tierra. Somos en efecto todos nosotros, los que vivimos hoy
en la tierra, la generación que es consciente del aproximarse del
tercer milenio y que siente profundamente el cambio que se está
verificando en la historia.
La
presente generación se siente privilegiada porque el progreso le
ofrece tantas posibilidades, insospechadas hace solamente unos
decenios. La actividad creadora del hombre, su inteligencia y su
trabajo, han provocado cambios profundos, tanto en el dominio de la
ciencia y de la técnica como en la vida social y cultural. El hombre
ha extendido su poder sobre la naturaleza; ha adquirido un
conocimiento más profundo de las leyes de su comportamiento social.
Ha visto derrumbarse o atenuarse los obstáculos y distancias que
separan hombres y naciones por un sentido acrecentado de lo
universal, por una conciencia más clara de la unidad del género
humano, por la aceptación de la dependencia recíproca dentro de una
solidaridad auténtica, finalmente por el deseo —y la posibilidad— de
entrar en contacto con sus hermanos y hermanas por encima de las
divisiones artificiales de la geografía o las fronteras nacionales o
raciales. Los jóvenes de hoy día, sobre todo, saben que los
progresos de la ciencia y de la técnica son capaces de aportar no
sólo nuevos bienes materiales, sino también una participación más
amplia a su conocimiento.
Él
desarrollo de la informática, por ejemplo, multiplicará la capacidad
creadora del hombre y le permitirá el acceso a las riquezas
intelectuales y culturales de otros pueblos. Las nuevas técnicas de
la comunicación favorecerán una mayor participación en los
acontecimientos y un intercambio creciente de las ideas. Las
adquisiciones de la ciencia biológica, psicológica o social ayudarán
al hombre a penetrar mejor en la riqueza de su propio ser. Y si es
verdad que ese progreso sigue siendo todavía muy a menudo el
privilegio de los países industrializados, no se puede negar que la
perspectiva de hacer beneficiarios a todos los pueblos y a todos los
países no es ya una simple utopía, dado que existe una real voluntad
política a este respecto.
Pero al lado de todo esto —o más bien en todo esto— existen al mismo
tiempo dificultades que se manifiestan en todo crecimiento. Existen
inquietudes e imposibilidades que atañen a la respuesta profunda que
el hombre sabe que debe dar. El panorama del mundo contemporáneo
presenta también sombras y desequilibrios no siempre superficiales.
La Constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II no
es ciertamente el único documento que trata de la vida de la
generación contemporánea, pero es un documento de particular
importancia. « En verdad, los desequilibrios que sufre el mundo
moderno —leemos en ella— están conectados con ese otro desequilibrio
fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos
los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A
fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se
siente sin embargo ilimitado en sus deseos y llamado a una vida
superior. Atraído por muchas solicitaciones tiene que elegir y
renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que
no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello
siente en sí mismo la división que tantas y tan graves discordias
provoca en la sociedad ».(109)
Hacia el final de la exposición introductoria de la misma, leemos: «
... ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos
los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las
cuestiones más fundamentales: ¿qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido
del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos
hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas
a tan caro precio? ».(110)
En
el marco de estos quince años, a partir de la conclusión del
Concilio Vaticano II, ¿se ha hecho quizá menos inquietante aquel
cuadro de tensiones y de amenazas propias de nuestra época? Parece
que no. Al contrario, las tensiones y amenazas que en el documento
conciliar parecían solamente delinearse y no manifestar hasta el
fondo todo el peligro que escondían dentro de sí, en el espacio de
estos años se han ido revelando mayormente, han confirmado aquel
peligro y no permiten nutrir las ilusiones de un tiempo.
11. Fuentes de inquietud
De
ahí que aumente en nuestro mundo la sensación de amenaza. Aumenta el
temor existencial ligado sobre todo —como ya insinué en la Encíclica
Redemptor Hominis— a la perspectiva de un conflicto que, teniendo en
cuenta los actuales arsenales atómicos, podría significar la
autodestrucción parcial de la humanidad. Sin embargo, la amenaza no
concierne únicamente a lo que los hombres pueden hacer a los
hombres, valiéndose de los medios de la técnica militar; afecta
también a otros muchos peligros, que son el producto de una
civilización materialística, la cual —no obstante declaraciones «
humanísticas »— acepta la primacía de las cosas sobre la persona. EL
hombre contemporáneo tiene pues miedo de que con el uso de los
medios inventados por este tipo de civilización, cada individuo, lo
mismo que los ambientes, las comunidades, las sociedades, las
naciones, pueda ser víctima del atropello de otros individuos,
ambientes, sociedades. La historia de nuestro siglo ofrece
abundantes ejemplos. A pesar de todas las declaraciones sobre los
derechos del hombre en su dimensión integral, esto es, en su
existencial corporal y espiritual, no podemos decir que estos
ejemplos sean solamente cosa del pasado.
El
hombre tiene precisamente miedo de ser víctima de una opresión que
lo prive de la libertad interior, de la posibilidad de manifestar
exteriormente la verdad de la que está convencido, de la fe que
profesa, de la facultad de obedecer a la voz de la conciencia que le
indica la recta vía a seguir. Los medios técnicos a disposición de
la civilización actual, ocultan, en efecto, no sólo la posibilidad
de una auto-destrucción por vía de un conflicto militar, sino
también la posibilidad de una subyugación « pacífica » de los
individuos, de los ambientes de vida, de sociedades enteras y de
naciones, que por cualquier motivo pueden resultar incómodos a
quienes disponen de medios suficientes y están dispuestos a servirse
de ellos sin escrúpulos. Se piense también en la tortura, todavía
existente en el mundo, ejercida sistemáticamente por la autoridad
como instrumento de dominio y de atropello político, y practicada
impunemente por los subalternos.
Así
pues, junto a la conciencia de la amenaza biológica, crece la
conciencia de otra amenaza, que destruye aún más lo que es
esencialmente humano, lo que está en conexión íntima con la dignidad
de la persona, con su derecho a la verdad y a la libertad.
Todo esto se desarrolla sobre el fondo de un gigantesco
remordimiento constituido por el hecho de que, al lado de los
hombres y de las sociedades bien acomodadas y saciadas, que viven en
la abundancia, sujetas al consumismo y al disfrute, no faltan dentro
de la misma familia humana individuos ni grupos sociales que sufren
el hambre. No faltan niños que mueren de hambre a la vista de sus
madres. No faltan en diversas partes del mundo, en diversos sistemas
socioeconómicos, áreas enteras de miseria, de deficiencia y de
subdesarrollo. Este hecho es universalmente conocido. El estado de
desigualdad entre hombres y pueblos no sólo perdura, sino que va en
aumento. Sucede todavía que, al lado de los que viven acomodados y
en la abundancia, existen otros que viven en la indigencia, sufren
la miseria y con frecuencia mueren incluso de hambre; y su número
alcanza decenas y centenares de millones. Por esto, la inquietud
moral está destinada a hacerse más profunda. Evidentemente, un
defecto fundamental o más bien un conjunto de defectos, más aún, un
mecanismo defectuoso está en la base de la economía contemporánea y
de la civilización materialista, que no permite a la familia humana
alejarse, yo diría, de situaciones tan radicalmente injustas
Esta imagen del mundo de hoy, donde existe tanto mal físico y moral
como para hacer de él un mundo enredado en contradicciones y
tensiones y, al mismo tiempo, lleno de amenazas dirigidas contra la
libertad humana, la conciencia y la religión, explica la inquietud a
la que está sujeto el hombre contemporáneo Tal inquietud es
experimentada no sólo por quienes son marginados u oprimidos, sino
también por quienes disfrutan de los privilegios de la riqueza, del
progreso, del poder. Y. si bien no faltan tampoco quienes buscan
poner al descubierto las causas de tales inquietudes o reaccionar
con medios inmediatos puestos a su alcance por la técnica, la
riqueza o el poder, sin embargo en lo más profundo del ánimo humano
esa inquietud supera todos los medios provisionales. Afecta —como
han puesto justamente de relieve los análisis del Concilio Vaticano
II— los problemas fundamentales de toda la existencia humana Esta
inquietud está vinculada con el sentido mismo de la existencia del
hombre en el mundo; es inquietud para el futuro del hombre y de toda
la humanidad, y exige resoluciones decisivas que ya parecen
imponerse al género humano.
12. ¿ Basta la justicia ?
No
es difícil constatar que el sentido de la justicia se ha despertado
a gran escala en el mundo contemporáneo; sin duda, ello pone
mayormente de relieve lo que está en contraste con la justicia tanto
en las relaciones entre los hombres, los grupos sociales o las «
clases », como entre cada uno de los pueblos y estados, y entre los
sistemas políticos, más aún, entre los diversos mundos Esta
corriente profunda y multiforme, en cuya base la conciencia humana
contemporánea ha situado la justicia, atestigua el carácter ético de
las tensiones y de las luchas que invaden el mundo
La
Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo este profundo y
ardiente deseo de una vida justa bajo todos los aspectos y no se
abstiene ni siquiera de someter a reflexión los diversos aspectos de
la justicia, tal como lo exige la vida de los hombres y de las
sociedades Prueba de ello es el campo de la doctrina social católica
ampliamente desarrollada en el arco del último siglo. Siguiendo las
huellas de tal enseñanza procede la educación y la formación de las
conciencias humanas en el espíritu de la justicia, lo mismo que las
iniciativas concretas, sobre todo en el ámbito del apostolado de los
seglares, que se van desarrollando en tal sentido
No
obstante, sería difícil no darse uno cuenta de que no raras veces
los programas que parten de la idea de justicia y que deben servir a
ponerla en práctica en la convivencia de los hombres, de los grupos
y de las sociedades humanas, en la práctica sufren deformaciones.
Por más que sucesivamente recurran a la misma idea de justicia, sin
embargo la experiencia demuestra que otras fuerzas negativas, como
son el rencor, el odio e incluso la crueldad han tomado la delantera
a la justicia. En tal caso el ansia de aniquilar al enemigo, de
limitar su libertad y hasta de imponerle una dependencia total, se
convierte en el motivo fundamental de la acción; esto contrasta con
la esencia de la justicia, la cual tiende por naturaleza a
establecer la igualdad y la equiparación entre las partes en
conflicto. Esta especie de abuso de la idea de justicia y la
alteración práctica de ella atestiguan hasta qué punto la acción
humana puede alejarse de la misma justicia, por más que se haya
emprendido en su nombre. No en vano Cristo contestaba a sus oyentes,
fieles a la doctrina del Antiguo Testamento, la actitud que ponían
de manifiesto las palabras: « Ojo por ojo y diente por diente
».(111) Tal era la forma de alteración de la justicia en aquellos
tiempos; las formas de hoy día siguen teniendo en ella su modelo. En
efecto, es obvio que, en nombre de una presunta justicia (histórica
o de clase, por ejemplo), tal vez se aniquila al prójimo, se le
mata, se le priva de la libertad, se le despoja de los elementales
derechos humanos. La experiencia del pasado y de nuestros tiempos
demuestra que la justicia por si sola no es suficiente y que, más
aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma,
si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar
la vida humana en sus diversas dimensiones. Ha sido ni más ni menos
la experiencia histórica la que entre otras cosas ha llevado a
formular esta aserción: summum ius, summa iniuria. Tal afirmación no
disminuye el valor de la justicia ni atenúa el significado del orden
instaurado sobre ella; indica solamente, en otro aspecto, la
necesidad de recurrir a las fuerzas del espíritu, más profundas aún,
que condicionan el orden mismo de la justicia.
Teniendo a la vista la imagen de la generación a la que
pertenecemos, la Iglesia comparte la inquietud de tantos hombres
contemporáneos. Por otra parte, debemos preocuparnos también por el
ocaso de tantos valores fundamentales que constituyen un bien
indiscutible no sólo de la moral cristiana, sino simplemente de la
moral humana, de la cultura moral, como el respeto a la vida humana
desde el momento de la concepción, el respeto al matrimonio en su
unidad indisoluble, el respeto a la estabilidad de la familia. El
permisivismo moral afecta sobre todo a este ámbito más sensible de
la vida y de la convivencia humana. A él van unidas la crisis de la
verdad en las relaciones interhumanas, la falta de responsabilidad
al hablar, la relación meramente utilitaria del hombre con el
hombre, la disminución del sentido del auténtico bien común y la
facilidad con que éste es enajenado. Finalmente, existe la
desacralización que a veces se transforma en « deshumanización »: el
hombre y la sociedad para quienes nada es « sacro » van decayendo
oralmente, a pesar de las apariencias.
VII. LA MISERICORDIA DE DIOS EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA
En
relación con esta imagen de nuestra generación, que no deja de
suscitar una profunda inquietud, vienen a la mente las palabras que,
con motivo de la encarnación del Hijo de Dios, resonaron en el
Magnificat de María y que cantan la misericordia... de generación en
generación ». Conservando siempre en el corazón la elocuencia de
estas palabras inspiradas y aplicándolas a las experiencias y
sufrimientos propios de la gran familia humana, es menester que la
Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta
de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda
su misión, siguiendo las huellas de la tradición de la Antigua y
Nueva Alianza, en primer lugar del mismo Cristo y de sus Apóstoles.
La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada
en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesán |