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LA FIESTA DE LA DIVINA MISERICORDIA
La
fiesta es, de entre todas las formas de la devoción a la Divina
Misericordia, la que tiene mayor rango. Jesús habló por primera vez
a Santa Faustina de instituir esta fiesta el 22 de febrero de 1931
en Plock el mismo día en que le pidió que pintara su imagen y le
dijo: “Yo deseo que haya una Fiesta de la Divina Misericordia.
Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con
solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección;
ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia”[1]
Durante los años posteriores, Jesús le repitió a Santa Faustina este
deseo en catorce ocasiones, definiendo precisamente la ubicación de
esta fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, el motivo y el
objetivo de instituirla, el modo de prepararla y celebrarla, así
como las gracias a ella vinculada.
El tema de la Divina Misericordia está presente durante
todo el año litúrgico. La elección del segundo domingo de Pascua,
que concluye la octava de la Resurrección del Señor, indica la
estrecha relación que existe entre el misterio pascual de la
Salvación y la fiesta de la Misericordia. La Pasión, Muerte y
Resurrección de Cristo son, en efecto, la más grande manifestación
de la Divina Misericordia de Dios Padre hacia los hombres,
especialmente hacia los pecadores. Esta relación está subrayada por
la novena que precede a la fiesta, que se inicia el Viernes Santo y
se prolonga hasta el domingo segundo de Pascua.
Jesús mismo le explicó a Santa Faustina el motivo por el
cual establece esta fiesta: “Las almas mueren a pesar de mi dolorosa
pasión...Si no adoran Mi Misericordia, morirán para siempre”[2]
La fiesta de la Misericordia ha de ser no sólo un día de
particular veneración de Dios en este misterio, sino sobre todo un
día de gracia para todos los hombres, un día de reconciliación con
Dios y con los hermanos por medio del sacramento de la penitencia:
“En aquel día (dice el Señor) quien se acerque a la Fuente de la
Vida (los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía),
conseguirá la remisión total de las culpas y de las penas”[3].
La Comunión ha de ser recibida el mismo día de la fiesta de
la Misericordia, mientras que la confesión puede hacerse durante los
siete días previos a la comunión o los siete posteriores a ella.
Además de esta gracia extraordinaria, el Señor promete:
“Derramaré todo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al
manantial de Misericordia. En ese día están abiertas todas las
compuertas Divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que
ningún alma tema acercarse a Mí, aunque sus pecados sean como
escarlata serán perdonados”[4]
Cristo vinculó esta abundancia de gracias y beneficios sólo
a ésta y no a las otras formas de devoción a la Divina Misericordia.
La misma Santa Faustina fue testigo, en espíritu, de la celebración
de la fiesta antes de que ésta fuera instituida y aprobada por la
Iglesia. Escribe el 23 de marzo de 1937:
“Fui súbitamente como sumergida en la presencia de Dios y me vi en
nuestra capilla en donde la celebración de la Iglesia Universal así
como la ceremonia en Roma estaban reunidas y asistí a ellas
simultáneamente. Lo escribo como fue: vi a Nuestro Señor expuesto en
nuestra capilla, que estaba abarrotada de gente. Todo el mundo tomó
parte en la ceremonia y muchas personas fueron escuchadas en sus
oraciones ese día. Esa misma fiesta tuvo lugar en Roma, en un
espléndido santuario dedicado a la Divina Misericordia en donde el
Papa estaba presente con un clero innumerable. Vi repentinamente a
San Pedro entre el altar y el Santo Padre. ¿Qué le dijo? No lo oí,
pero noté que Su Santidad había comprendido.”
Esta profecía se cumplía pasados 56 años, el 23 de abril de 1993,
segundo domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia. En ese
día S.S. el Papa Juan Pablo II celebra la Misa Solemne y bendice la
Imagen que preside el Santuario de la Divina Misericordia en Roma.
El 1 de septiembre de 1994 la Sagrada Congregación para el Culto
Divino decretaba la institución de la Misa votiva de la Divina
Misericordia para la Iglesia Universal. El 30 de abril del Año
Jubilar de la Encarnación del Verbo, en la plaza de San Pedro, en la
Ciudad del Vaticano, Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina
Kowalska y en esa circunstancia su Santidad decretó, para toda la
Iglesia Universal, que el segundo domingo de Pascua se llame Domingo
de la Misericordia y lo instituyó como Fiesta de la Divina
Misericordia.
Con ello cumplía el Papa, en nombre de toda la Iglesia, una petición
que hizo Jesucristo a Santa Faustina en sus manifestaciones.
Jesús habló en repetidas ocasiones a Santa Faustina sobre la
importancia de esta fiesta:
“Esta fiesta ha salido de las entrañas de Mi Misericordia y está
confirmada en el abismo de Mis gracias. Toda alma que cree y tiene
confianza en Mi Misericordia, la obtendrá”.[5]
“Hija Mía, di que esta fiesta ha brotado de las entrañas de Mi
misericordia para el consuelo del mundo entero”.[6]
“No encontrará alma alguna la justificación hasta que no se dirija
con confianza a Mi Misericordia y por eso el primer domingo después
de Pascua ha de ser la fiesta de la Misericordia. Ese día los
sacerdotes han de hablar a las almas sobre Mi Misericordia infinita.
Te nombro dispensadora de Mi Misericordia”.[7]
“Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última
tabla de salvación, es decir, la fiesta de la Misericordia”.[8]
“Deseo conceder el perdón total a las almas que se acerquen a la
confesión y reciban la Santa Comunión el día de la fiesta de Mi
Misericordia”.[9]
"...El primer domingo después de Pascua es la Fiesta de la
Misericordia, pido se rinda culto a Mi Misericordia con la solemne
celebración de esta Fiesta y con el culto a la imagen concederé
muchas gracias a las almas; ella ha de recordar a los hombres las
exigencias de Mi Misericordia (el testimonio con obras de
misericordia), porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es
inútil".[10]
Son ya infinidad de personas que a lo largo y ancho de la Iglesia se
han reconciliado con Dios y con el prójimo en esta fiesta de la
Misericordia y han recibido en su corazón el torrente de gracias
prometidas por Jesús a cuantos se acerquen a Él, fuente inagotable
de amor y misericordia, en este día. No dejéis pasar esta “tabla de
salvación”[11]
que Dios os está ofreciendo benévolo y amoroso, esta gracia divina
de su infinita Misericordia.
En la actualidad la Fiesta de la Divina Misericordia está
constituida en más de 15 países y se está extendiendo rápidamente en
muchísimas diócesis, parroquias, capillas, santuarios.
En todo el mundo se va extendiendo el Apostolado de la Divina
Misericordia, movimiento eclesial de evangelización de laicos,
sacerdotes, religiosos, cuyo fin es el de llevar al mayor número de
almas el Amor Misericordioso de Jesucristo y colaborar con la
Iglesia en la nueva evangelización a la que Juan Pablo II nos ha
convocado. El lema de este Movimiento es la palabra de Jesús:
“Sed Misericordiosos como vuestro Padre Celestial es Misericordioso”[12]
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