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-------------------------------  Actualizado el miércoles 09 de abril de 2003   ---------------------------

"ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO"

HORA DE LA MISERICORDIA

      La Iglesia ha venerado siempre de un modo particular la hora de la muerte de Jesús que según el Evangelista San Juan tuvo lugar en la hora de “nona”, alrededor de las tres de la tarde.  San Lucas nos relata ese momento con un patetismo grandioso: “Jesús, dando un fuerte grito, dijo: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”; y diciendo esto, expiró”[1]

      En esta hora suprema, en que el amor de Cristo llega a su más alta cumbre y manifestación, el cielo y la tierra se unen y las compuertas de la misericordia infinita del Padre se derraman sin límite sobre toda la creación. Por eso ésta es la gran hora de la Gran Misericordia. Porque en ella el Cordero de Dios, inmolado sobre el ara de la cruz, ha redimido, por su sangre derramada, al hombre y ha reconciliado a la criatura con su Creador.

        La Sangre de Jesús empapa la tierra y la limpia y purifica de toda corrupción, de toda impureza, devolviéndole su santidad original, de tal modo que de nuevo podemos decir con el escritor bíblico: “Y vió Dios que todas las cosas  eran buenas, eran muy buenas”[2]

         Jesús quiso que la humanidad recogiera, para su bien, la herencia de esta hora y que pudiera en todo momento recibir sobre sí el torrente de gracias que manaron de las heridas abiertas de Cristo y de su Sangre derramada para la salvación de todos.

         En Cracovia en el mes de octubre de 1937, Jesús pidió a Santa Faustina que venerase todos los días, de modo especial, la hora de su muerte en la cruz. Él mismo la llamó “hora de la gran misericordia para el mundo”. He aquí las palabras del mismo Jesús dirigidas a Santa Faustina:

      “A las tres de la tarde, invoca  Mi Misericordia, en especial para los pecadores y aunque sólo sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi abandono en el momento de Mi agonía. Ésta es la hora de la gran Misericordia para el mundo entero. Te permitiré penetrar en Mi tristeza mortal. En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión”[3]

        En otra ocasión, febrero de 1938,  el Señor le dice:

       “Te recuerdo, hija Mía, que cuantas veces oigas el reloj dando las tres de la tarde, te sumerjas totalmente en Mi Misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y especialmente para los pobres pecadores, ya que en ese momento se abrió la fuente de la Misericordia de par en par para cada alma. En esa hora puedes obtener todo lo que pidas para ti y para los demás. En esa hora se derramó la gracia para el mundo entero: la Misericordia triunfó sobre la justicia. Hija Mía, en esa hora procura rezar el Vía Crucis en cuanto te lo permitan los deberes y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi Corazón que está lleno de Misericordia. Y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante. Exijo el culto a Mi Misericordia de cada criatura, pero primero de ti, ya que a ti te he dado a conocer este misterio de modo más profundo”.[4]

       En esta hora es necesario venerar y alabar la Misericordia Divina e implorar las gracias necesarias para todo el mundo, especialmente para los pecadores. Jesús pone tres condiciones, necesarias, para que la oración elevada en la hora de la Misericordia sea escuchada: la oración ha de ser dirigida a Jesús, debe hacerse a las tres de la tarde, debe apoyarse en los méritos de la pasión de Cristo.[5] A estas condiciones hay que añadir otras tres más, a saber:  la oración ha de estar de acuerdo con la voluntad de Dios, que sea hecha con fe y  con perseverancia y que esté dispuesta a cumplir con el mandamiento del amor activo hacia el prójimo, es decir, la práctica de las obras de misericordia.[6]

 

EL APOSTOLADO DE LA DIVINA MISERICORDIA

          Jesús pidió a Santa Faustina en repetidas ocasiones que se entregara a la difusión del conocimiento de su Divina Misericordia y que en todo momento y ocasión la comunicara a las personas con las que convivía y se relacionaba. La llamó el Apóstol de su Misericordia.[7]

          Este encargo lo hizo extensivo a todos los que se acercasen a beber de la Fuente de su Misericordia, prometiendo grandes gracias a aquellos que se dedicaran a propagar la devoción y el conocimiento de la misericordia divina y la practicasen con sus obras.[8]

          En este apostolado de la Misericordia los sacerdotes son especialmente llamados por el Señor, dada su misión de pastores del rebaño de Cristo han de llevar a las ovejas de Jesús a las Fuentes de la Misericordia, la Palabra de Dios y los Sacramentos.[9] Además enriqueció la predicación de los sacerdotes sobre la Misericordia de Dios, con el don o gracia especial de una excepcional eficacia pastoral.[10]

          Jesús vinculó dos promesas a la divulgación de la Divina Misericordia: la primera, se extiende a toda la vida y consiste en el especial amparo paternal de Jesús, las protegerá como “una madre protege a sus hijos”[11] La segunda, se refiere a la asistencia en la hora de la muerte: “no será para ellas un juez sino su Salvador misericordioso”[12]

         Estas dos promesas  vienen a decir que todos aquellos que propaguen la Divina Misericordia pueden esperar de Jesucristo una protección especial en esta vida y una misericordia infinita en la hora de la muerte.


 


[1] Luc. 23,46

[2] Gen.1, 1-31

[3] Diario, 1320

[4] Diario, 1572

[5] P. I. Ró`zycki. “El creyente ante la Divina Misericordia”. Ed. Apostolado de la Divina Misericordia, Burgos. 2000, pag. 95

[6] Ibid.

[7] Diario, 1142

[8] Diario, 378

[9] Diario, 570

[10] Diario, 1521

[11] Diario, 1075

[12] Ibid

 

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