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HORA DE LA MISERICORDIA
La Iglesia ha venerado siempre de un modo
particular la hora de la muerte de Jesús que según el Evangelista
San Juan tuvo lugar en la hora de “nona”, alrededor de las tres de
la tarde. San Lucas nos relata ese momento con un patetismo
grandioso: “Jesús, dando un fuerte grito, dijo: “Padre, en tus manos
entrego mi espíritu”; y diciendo esto, expiró”[1]
En esta hora suprema, en que el amor de Cristo llega a su más alta
cumbre y manifestación, el cielo y la tierra se unen y las
compuertas de la misericordia infinita del Padre se derraman sin
límite sobre toda la creación. Por eso ésta es la gran hora de la
Gran Misericordia. Porque en ella el Cordero de Dios, inmolado sobre
el ara de la cruz, ha redimido, por su sangre derramada, al hombre y
ha reconciliado a la criatura con su Creador.
La Sangre de Jesús empapa la tierra y la limpia y purifica
de toda corrupción, de toda impureza, devolviéndole su santidad
original, de tal modo que de nuevo podemos decir con el escritor
bíblico: “Y vió Dios que todas las cosas eran buenas, eran muy
buenas”[2]
Jesús quiso que la humanidad recogiera, para su bien, la
herencia de esta hora y que pudiera en todo momento recibir sobre sí
el torrente de gracias que manaron de las heridas abiertas de Cristo
y de su Sangre derramada para la salvación de todos.
En Cracovia en el mes de octubre de 1937, Jesús pidió a
Santa Faustina que venerase todos los días, de modo especial, la
hora de su muerte en la cruz. Él mismo la llamó “hora de la gran
misericordia para el mundo”. He aquí las palabras del mismo Jesús
dirigidas a Santa Faustina:
“A las tres de la tarde, invoca Mi Misericordia, en especial
para los pecadores y aunque sólo sea por un brevísimo momento,
sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi abandono en el momento
de Mi agonía. Ésta es la hora de la gran Misericordia para el mundo
entero. Te permitiré penetrar en Mi tristeza mortal. En esta hora
nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi
Pasión”[3]
En otra ocasión, febrero de 1938, el Señor le dice:
“Te recuerdo, hija Mía, que cuantas veces oigas el reloj dando
las tres de la tarde, te sumerjas totalmente en Mi Misericordia,
adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo
entero y especialmente para los pobres pecadores, ya que en ese
momento se abrió la fuente de la Misericordia de par en par para
cada alma. En esa hora puedes obtener todo lo que pidas para ti y
para los demás. En esa hora se derramó la gracia para el mundo
entero: la Misericordia triunfó sobre la justicia. Hija Mía, en esa
hora procura rezar el Vía Crucis en cuanto te lo permitan los
deberes y si no puedes rezar el Vía Crucis, por lo menos entra un
momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a Mi
Corazón que está lleno de Misericordia. Y si no puedes entrar en la
capilla, sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un
brevísimo instante. Exijo el culto a Mi Misericordia de cada
criatura, pero primero de ti, ya que a ti te he dado a conocer este
misterio de modo más profundo”.[4]
En esta hora es necesario venerar y alabar la Misericordia Divina e
implorar las gracias necesarias para todo el mundo, especialmente
para los pecadores. Jesús pone tres condiciones, necesarias, para
que la oración elevada en la hora de la Misericordia sea escuchada:
la oración ha de ser dirigida a Jesús, debe hacerse a las tres de la
tarde, debe apoyarse en los méritos de la pasión de Cristo.[5]
A estas condiciones hay que añadir otras tres más, a saber: la
oración ha de estar de acuerdo con la voluntad de Dios, que sea
hecha con fe y con perseverancia y que esté dispuesta a cumplir con
el mandamiento del amor activo hacia el prójimo, es decir, la
práctica de las obras de misericordia.[6]
EL APOSTOLADO DE LA DIVINA MISERICORDIA
Jesús pidió a Santa Faustina en repetidas ocasiones que se
entregara a la difusión del conocimiento de su Divina Misericordia y
que en todo momento y ocasión la comunicara a las personas con las
que convivía y se relacionaba. La llamó el Apóstol de su
Misericordia.[7]
Este encargo lo hizo extensivo a todos los que se
acercasen a beber de la Fuente de su Misericordia, prometiendo
grandes gracias a aquellos que se dedicaran a propagar la devoción y
el conocimiento de la misericordia divina y la practicasen con sus
obras.[8]
En este apostolado de la Misericordia los sacerdotes son
especialmente llamados por el Señor, dada su misión de pastores del
rebaño de Cristo han de llevar a las ovejas de Jesús a las Fuentes
de la Misericordia, la Palabra de Dios y los Sacramentos.[9]
Además enriqueció la predicación de los sacerdotes sobre la
Misericordia de Dios, con el don o gracia especial de una
excepcional eficacia pastoral.[10]
Jesús vinculó dos promesas a la divulgación de la Divina
Misericordia: la primera, se extiende a toda la vida y consiste en
el especial amparo paternal de Jesús, las protegerá como “una madre
protege a sus hijos”[11]
La segunda, se refiere a la asistencia en la hora de la muerte: “no
será para ellas un juez sino su Salvador misericordioso”[12]
Estas dos promesas vienen a decir que todos aquellos que propaguen
la Divina Misericordia pueden esperar de Jesucristo una protección
especial en esta vida y una misericordia infinita en la hora de la
muerte.
[5] P. I. Ró`zycki. “El creyente ante la Divina
Misericordia”. Ed. Apostolado de la Divina Misericordia, Burgos.
2000, pag. 95
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